Amigos del alma

Junio 30, 2010

Amigos del alma

 

 

          Hay algo lleno de misterio, y de grandeza, en la amistad que echa raíces en el alma de unos hombres hacia otros, de unas personas con otras.

 

¿Por qué somos amigos de unos seres humanos con quienes quizá no nos unen ni vínculos de profesión, ni de edad, ni de carácter, ni de pensamiento, ni de intereses económicos, sociales, políticos?

 

En tantas ocasiones oímos lamentos por la falta de personas en quienes se pueda confiar, con quienes sea posible abrir el alma, ante quienes surja natural el actuar, el hablar sin estar midiendo las palabras más allá de la normal y delicada cortesía entre personas educadas, y manifestarnos así en libertad, sin el mínimo temor a ser juzgados.

 

Y aumentan las quejas si descubrimos que nadie es capaz de decirnos a la cara algo que él considere un bien para nosotros, y hacerlo con cariño y afecto, por muy fuerte que nos puede parecer lo que nos dice, y por muy mal que podamos reaccionar en un primer momento. Lamentamos, en definitiva, la falta de amigos.

Quizá las relaciones con tantos conocidos no han pasado de un nivel de superficialidad en el que no se da ni comunión vital, ni palpitar de corazones, de empeños, de alegría, de penas. Lo que quizá hemos denominado alguna vez amistad, no ha pasado de ser un nombre más en el vocabulario de cada día, sin particular significado.

 

Hay una cierta variedad en el ser amigos; al menos en el significado que le damos corrientemente a la palabra. Hay amistades que surgen desde la infancia, en los encuentros escolares y en la calle; hay amistades que van cuajando en las aulas universitarias, en ese intercambio cultural, sentimental, de ideas y de creencias, que se fragua en el convivencia cuando la universidad es algo más que una transmisión de informaciones. Hay amistades que se fundamentan en la comunión de intereses políticos, ideológicos, sociales, artísticos,…

 

Yo escribo hoy de una amistad que vale la pena; esa relación inefable que hace posible considerar a otro mortal “un amigo del alma”.

 

Después de decir que “cuando los hombres se aman unos a otros, no es necesaria la justicia”, Aristóteles continúa: “La amistad no sólo es necesaria, sino que, además es bella y honrosa. Alabamos a los que aman a sus amigos, porque el cariño que se dispensa a los amigos nos parece uno de los más nobles sentimientos que nuestro corazón puede abrigar”.

 

Y, luego, añade: “la amistad es una de las necesidades más apremiantes de la vida; nadie aceptaría estar sin amigos, aun cuando poseyera todos los demás bienes”. Esta es la “amistad del alma”, que hasta el mismo Jesucristo convirtió para siempre en divina, al decir a los apóstoles: “Os llamo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer”.

¿Quién es “un amigo del alma”? Quien puede llamarte en cualquier momento para hacerte partícipe de una alegría o de una pena, sin vergüenza alguna en abrir a nuestra mirada sus heridas. Quien puede recurrir a ti con serenidad, y con la seguridad de saberse acogido, para solicitar un consejo, una sugerencia, transmitirte una angustia o adelantarse para que seas tú quien le haga partícipe de sus temores.

 

Un “amigo del alma” es un ser humano con quien podemos compartir la soledad, sin agobios, sin complejos, y sin buscar compasiones inútiles. Quien puede pedir un favor sin sentirse humillado, y sin la carga de saberse abatido pensando ya en la urgencia de la devolución. Quien tiene la libertad de decir con franqueza algo que sabe que es para el bien del amigo, aunque el decirlo comporte fatiga, sacrificio, dolor.

 

El hombre siempre vale más que cualquiera de sus obras y de los acontecimientos humanos en los que se haya visto envuelto. “Quien halla un amigo encuentra un tesoro”, dice la Escritura. En el corazón de un amigo del alma el hombre descubre un tesoro de sabiduría humana, de delicadeza, de piedad, de sencillez, de saber sufrir y soportar el dolor, de alegrías, que le hace llevadero el vivir y gozoso el caminar.

             

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LA FAMILIA: argumento siempre vivo

Junio 18, 2010

LA FAMILIA: UN ARGUMENTO PARA CERRAR Y ABRIR EL SIGLO

El reto estaba sobre la mesa, y era de órdago a la grande: encontrar un tema para cerrar y abrir siglo. Y aún siendo de órdago a la grande, el reto parecía lo más natural. Proliferan por doquier encuestas sobre las esperanzas de cada cual en torno al siglo XXI, y la futurología se ha descubierto en nueva primavera en estos finales y albores de siglo. Un argumento, por tanto, debería existir.

La imaginación no acepta, de ordinario y de improviso, semejantes desafíos. La creación, siendo en el tiempo y para durar en el tiempo, necesita el transcurrir del tiempo, medido en meses, en horas, en instantes, o como se desee, para germinar y desarrollarse por los cauces adecuados. Y sólo en la paz del tiempo dominado alcanza a concebir frutos adecuados.

¿La Ilusión, la Esperanza, la Alegría? ¿La Nueva Humanidad? ¿El Superhombre? ¿Hacia una Gobierno Mundial? ¿Las catástrofes, la Muerte? ¿El fin de las ideologías? ¿El concluir de la Historia? ¿Entra también Dios en el siglo XXI, o se queda en puertas? ¿Llegará el fin de todas las guerras y asentará la paz sus reales en nuestro planeta? ¿Desaparecerá por fin el hambre del mundo?

Soñar, después de todo y vista la horizontalidad de las perspectivas existenciales con que nos acercamos al treinta y uno de diciembre, cuesta poco y puede incluso ser gratificante.

Puestos a escoger, me quedo con la realidad, que es más rica y más enriquecedora que cualquier sueño. Y de entre esas realidades he elegido, para tema final de siglo, una que permanece siempre. ¿Cómo la elegí?

Cualquier tema hubiera cabido dentro de esa especie de marco sin límites como es el de un “argumento para cerrar y abrir siglo”; y sin embargo, considero que el escogido es quizá el único que hace posible que los demás puedan siquiera existir.

Después de recibir el reto, y al regresar a casa conduciendo con serenidad y paz en medio del tráfico, se cruzó en mi camino, y en maniobra ciertamente arriesgada, un coche ya algo destartalado, más añoso que reciente, con señales bien patentes de refriegas callejeras más o menos violentas.

Conducía el vehículo un hombre que no había llegado todavía a esa edad en la que el ser humano comienza a darse cuenta de que las carreteras, las calles, y las demás vías de comunicación, sirven para llegar a algún lugar, y no están pensadas para quedarse en ellas. A su lado una mujer más joven que él, con un niño en brazos, y con un rostro que no podía ocultar un cierta mezcla de enfado y de susto. En el asiento trasero, cuatro criaturas, dirigidas por la mayor, una niña de quizá siete años, procuraban estar quietas y moverse lo menos posible.

No me enfadé, cedí todas las preferencias que me correspondían por derecho al padre de familia, y sonreí al arriesgado e imprudente conductor. Mi gesto dio resultado: el hombre pidió disculpas con un gesto amable y humilde, de esos gestos que nacen en la paz y dan paz, y sin más incidentes llegué a casa.

Y fui consciente de que ya disponía del argumento para el trabajo al que había sido retado. Ya no le dí más vueltas a la cabeza en busca de la mayor conquista o de la mayor vergüenza del siglo XX, y dejé a un lado las aventuras extraterrestres, el avance de la medicina, las derrotas -acompañadas de crímenes que han abierto horizontes inmensos a la crueldad humana- de comunismos, de socialismos y de fascismos de todos los colores, el agostamiento de los restos de la Ilustración, los procesos de independencia de todas y de cada una de las colonias, las sucesión ininterrumpida de guerras mundiales, fratricidas, tribales, etc., la guerra oculta y más sucia que jamás hemos inventado los hombres: el aborto; la cuasi-alfabetización del planeta no obstante las persistentes desigualdades sociales, culturales, etc.

Escogí LA FAMILIA. Ninguna realidad más arraigada en la tierra, ninguna realidad con más historia a sus espaldas ni más perspectivas en su futuro. Sobre ella el hombre ha construido la primera agrupación tribal, el último imperio egipcio, la más reciente monarquía europea. Y la familia seguirá proveyendo hombres y mujeres que gobiernen los conglomerados políticos que iremos constituyendo los hombres en nuestro caminar terreno. Ninguna realidad como la familia más reacia al igualitarismo, a la uniformidad; más rica en su diversidad y en su variedad; mejor defensora de la persona y de la personalidad del hombre.

Cada familia es irrepetible. En ella se engendra la vida y la muerte. En ella se aprende a amar, a vivir la libertad. Siempre es nueva sin dejar de ser ancestral; siempre parece que está a punto de cumplir su función en este juego del mundo, y la sonrisa de un padre ante su hijo recién nacido vuelve a darle vida.

He buscado cantos a la familia, y quizá en pocas materias han sido tan parcas las alabanzas y los elogios de los poetas como sobre las familias. ¿Miedo? ¿Pudor? Quizá el reconocimiento de no encontrar palabras adecuadas para penetrar los misterios del convivir humano; quizá una cierta humildad ante la magnitud de un argumento que va más allá del amor entre un hombre y una mujer; quizá la incapacidad de descubrir que en la familia ha puesto Dios el hogar del amor en el mundo, o bien un respeto casi sagrado a una realidad que el hombre reconoce no haber creado.

De otro lado, es la honra, el buen nombre, la dignidad de la familia, el espíritu que late en tantas obras de nuestro teatro clásico. Es el amor que origina una familia, la fortaleza que sostiene en sus avatares a los personajes de “Los Novios” de Manzoni. Es el amor a su casa, a su patria, la luz que guía los movimientos de Ulises hacia Itaca.

En otras ocasiones, las tragedias narradas en el seno de la familia han originado como un cierto malestar en torno al hogar. Poemas como el de Alvargonzález, obras de teatro como “La reunión de familia”,  de T. S. Eliot, o novelas como “La familia de Pascual Duarte”, de Cela, no son ciertamente un canto de exaltación de las virtudes familiares. Los odios fraternos han sido más cantados y descritos que los sacrificios y grandezas fraternas.

Ni siquiera muchos filósofos, que no han dejado de ensalzar la amistad que une a los padres con los hijos, a los hijos con los padres, a los hermanos entre sí, consiguen penetrar la verdadera importancia de la familia, que apenas viene a ser como un dato más entre los sumandos que configuran al hombre como individuo, como persona. Pocos se han parado a considerar que detrás, y en el centro de la verdad sobre el hombre está, ciertamente, la familia.

Y más allá de la creación literaria, algunos hombres han intentado levantar sociedades y civilizaciones prescindiendo incluso de Dios; y hasta se les ha pasado por la cabeza, en los nacionalsocialismos y comunismos de este siglo, el prescindir de la familia. Pronto han tenido que rectificar el rumbo, aun a su pesar. Como reacción, ¿quizá venganza contra la naturaleza, y contra su Creador?, han pretendido arrancar a los hijos del seno de sus madres, han establecido el aborto generalizado, en el afán de que la familia pierda su verdadero rostro, su verdadero significado.

La familia, sin embargo, sobrevive siempre. Cambia de constitución interna; las relaciones de marido y mujer adquieren nuevos matices; la situación de hijos, de hermanos se adapta a formas diferentes. Es siempre la misma familia, el idéntico vínculo entre un hombre y una mujer que se abre a sus hijos, y que se convierte en una manantial del que se alimentan todos.

Al tratar de analizar el “ambiente espiritual de nuestro tiempo”, y en su esfuerzo para descubrir en que momento de su caminar histórico el hombre ha comenzado a perder el sentido de la totalidad de su existencias, a convertirse en un ser-masa, Karl Jaspers se atreve a decir: “Quien ha abandonado los vínculos de la familia y del ser-mismo en vez de erguirse sobre sus raíces a una totalidad, sólo podrá vivir en el esperado y siempre ausente espíritu de una totalidad de masas”.

Y antes, señala la acción de los poderes totalitarios que “procuran fomentar el egoísmo del individuo contra la familia, rebajar su solidaridad, azuzar a los hijos contra los padres. En vez de considerar la educación escolar como una extensión de la doméstica, se considera aquélla como la esencial y la finalidad es evidente: quitar los hijos a los padres para hacer de ellos sólo hijos de la totalidad. En vez de mantener el estremecimiento original ante el divorcio y la erótica poligámica y el horror ante el aborto provocado, el homosexualismo y el suicidio como extralimitaciones del hombre, se facilita, más bien, todo esto íntimamente o en todo caso se condena con la moral farisaica de siempre o se toma con indiferencia y con la actitud propia de lo que se refiere a la existencia total de las masas”.

Los psiquiatras hablan de los daños psíquicos de las familias rotas; y queda todavía por conocerse el comportamiento de tantos “huérfanos de padres vivos”, que pululan hoy por los caminos del mundo.

No es suficiente alabar la  familia como estructura central de la sociedad, de cualquier sociedad; y tampoco es suficiente descubrir la capacidad de identidad de sí mismo que la familia transmite a todos sus componentes, no obstante las divergencias y las situaciones controvertidas que en algunas puedan darse. Si la familia se considera solamente como una cierta institución social, como una organización en el engranaje de la sociedad, o incluso como una simple entidad de trabajo o de seguridad en los primeros años de la vida, no sólo se oculta su grandeza, sino que se desconoce la riqueza que entraña.

Un cristiano sabe que Dios ha establecido la familia desde el comienzo de la aventura humana en la tierra, y sobre ella ha asentado el andar de toda la creación. No sólo en el sentido más inmediato del “creced y multiplicaos”, sino en el más escondido y profundo de cauce para transmitir, de generación en generación, las riquezas que el ser humano engendra y guarda en su corazón.

Sin la familia, hace ya mucho tiempo que el fuego del hogar se habría extinguido para siempre; y con el fuego, el amor, el verdadero amor, el que se vive y no el que “se hace”, no encontraría ya lugar en los corazones de los hombres.

Las verdaderas riquezas de una familia cristiana tienen sus raíces en la unión que la gracia del Sacramento crea entre todos sus miembros, y que, de alguna manera, es “una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y el amor”. Y Juan Pablo II interpreta así ese texto del Concilio Vaticano II: “En las palabras del Concilio, señala Juan Pablo II, la “comunión” de las personas deriva, en cierto modo, del misterio del “Nosotros” trinitario, y por tanto, la “comunión conyugal” se refiere también a este misterio. La familia, que se inicia con el amor del hombre y la mujer, surge radicalmente del misterio de Dios. Esto corresponde a la esencia más íntima del hombre y de la mujer, y a su natural y auténtica dignidad de personas” (Carta a las Familias”, n. 8).

Esta realidad humana-divina de la familia es el fundamento de todos los bienes que la familia origina en la sociedad, en la vida de cada uno de sus miembros, y en el conjunto de la convivencia social, cultural y política de los hombres. Lo entendió muy bien Josemaría Escrivá: “Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar”.

Si hemos superado, o si al menos estamos en trance de conseguirlo, el trauma de la guerra civil ha sido gracias a la familia; y de manera particular, de esas familias que han tenido combatientes y bajas de los dos bandos. Los vínculos de la sangre han conseguido, con tiempo, con paciencia y con un poco de buena voluntad, hacer posible la reconciliación aunque quizá sin llegar todavía hasta las más hondas raíces del perdón.

“Y ese hombre/ ve en torno de la mesa/ a sus seres queridos. No pregunta/ sino invita, no enseña/ vasos de pesadumbre ni vajilla de plata./ Apenas habla, y menos/ de su destierro…Ya nunca/ forastero, en familia,/ no con docilidad, con aventura,/ da las gracias muy a solas,/ como mendigo. Y sabe,/ comprende al fin. Y mira alegremente,/ con esa intimidad de la llaneza/ que es la única eficacia,/ los rostros y las cosas,/ la verdad de su vida/ recién ganada aquí, entre las paredes/ de una juventud libre y un hogar sin fronteras”.

Quizá no todos los seres humanos puedan hacer suyas esas palabras de Claudio Rodríguez en su “Oda a la hospitalidad”. Quienes las hagan, conseguirán verlas vida en el corazón de la familia.

Tres, cuatro, cinco, siete, nueve,… hijos. Cada familia es única e irrepetible. Hay madres, y padres, que tienen cuerpo y corazón para más o para menos hijos. Así escribí en “El latir de las horas” a propósito de las reacciones de una madre y de una familia a la llegada de un cuarto hijo: “¿Valía realmente la pena? ¿Tendría fuerzas suficientes para seguir siendo madre, cuando ya se preparaba para ser abuela? Prefirió dejar para el momento del parto la alegría de descubrir si era hijo o hija; y volvió a tomar con decisión el curso de los días, sacando fuerzas de flaqueza, y agradeciendo a Dios el fortalecido vigor de la sangre que sentía correr por sus venas. Fue su mejor embarazo.”

“Hoy, la intrusa -se presentó mujer- tiene cinco años. La madre no se cambia por nadie del mundo. El padre no se queja del cansancio por el trabajo. El mayor sueña con una hija semejante a su hermana; el segundo ha conseguido acomodar todos los espacios y es capaz, incluso, de interrumpir un trabajo de investigación, para socorrer a la pequeña en momentos de necesidad. Y la hermana, manda besos para la niña en todas las cartas que escribe desde el extranjero”.

No le faltan enemigos a la FAMILIA. Personas que desearían borrar de la faz de la tierra esta realidad viva, humana y divina, asentada en el amor leal y fiel de un hombre y de una mujer, que se prometen crecer en respeto y cariño todos los días de su vida hasta la muerte, hasta más allá, y que abren sus cuerpos y sus almas a los hijos.

La Familia comienza un nuevo siglo de historia. Y como el templo de Barcelona, de alguna manera es siempre una realidad inacabada e inacabable. Unas veces se presentará en lozanía y fuerza irresistible; otras, tendrá la imagen de Sesemi, que  cierra la historia de los Buddenbrook: “Allí estaba la vencedora de la guerra por el bien; la que durante toda su vida había librado duros combates; allí estaba jorobada y endeble, temblando de santa convicción, como sutil, justiciera e inspirada profetisa”.

Siempre viva, renaciendo sobre las cenizas de quienes han querido destrozarla, para que haya siempre sobre la tierra un padre, una madre, unos hermanos, que gocen en la primera sonrisa de un recién nacido.                                 

 

 

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Y el gozo llenó a María -Navidad

Junio 17, 2010

Y EL GOZO LLENÓ A MARÍA

 

Ya bien entrada la noche, la creación contiene el pálpito. Y espera. Espera en esperanza contenida; espera más allá de la esperanza, que no conoce el rostro de Quien espera.

 

El Misterio sólo puede ser recibido en el silencio, en el silencio de los horizontes abiertos del desierto, en el silencio de las cuevas ocultas de las montañas, en el silencio del serpear de los ríos en la meseta.

 

Y con el contener el pálpito, la creación cierra los ojos para recibir la luz.

 

La Virgen, que en su corazón lleva escondida la vida de todo lo creado, no encuentra lugar en la posada para dar luz a la Luz. Los hombres no estamos en condiciones de preparar un rincón en la tierra al Creador del mundo. No es la malicia, no es la indiferencia del pecado, no es siquiera la fragilidad, la ceguera. Son los límites de la condición de criatura.

 

No importa el lugar, su Madre, la Inmaculada, tiene brazos para acunar a Dios; y al Hijo Eterno de Dios hecho hombre busca el regazo de María: único lugar de la entera creación limpio, preparado y puro para acogerle. María: “en la cual la Trinidad/ de carne al Verbo vestía….y quedó el Verbo encarnado/ en el vientre de María” (San Juan de la Cruz).

 

María busca el silencio, y José le deja hacer. Dios está allí, dispuesto a nacer en el tierra, entre los hombres. El proveerá.

 

Se acerca el instante en el que todas las coordenadas de la entera creación, los cantos de los coros de ángeles y arcángeles, se encuentran en el portal de Belén, en torno al silencio de la medianoche.

 

Los ojos de María guardan silencio ante su creador que llega al mundo con los ojos cerrados. Enseguida los abrió. Y gozó del gozo de María al contemplar por primera vez, Ella, la primera criatura en el corazón de Dios, que recibe en la visión la plenitud de la inteligencia; Ella, que al ver al Hijo del hombre, abre su corazón a la mirada del Hijo de Dios.

 

Las visiones de Daniel, de Ezequiel, de Isaías han quedado consignadas en los libros de historia, en el libro de la revelación de Dios. La visión de María, hecha carne, es la historia del hombre, es ya la Revelación de Dios. “Muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron” (Mt 13,17).

 

La incontenible Verdad y Belleza de Dios inundó de luz las pupilas de María. Y el infinito tesoro de la Trinidad Beatísina, en una inefable sinfonía de Amor, sonrío a la Madre, desde los ojos del Recién Nacido.

 

“Me llamarán Bienaventurada todas las generaciones”. 

 

En las posadas de Belén se han apagado todas las luces. Las luces, y la maldición que pesaba sobre la humanidad. Ya ha dejado de tener vigencia el clamor de Wilde: “Aunque todos los hombres matan lo que aman”.

 

En el gozo de María ha encontrado muerte la propia muerte.

 

La sonrisa de un Niño agradece a su Madre el haberle dado vida a El, que engendró a su Madre desde toda la eternidad.

 

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Carta de un niño muerto, recién nacido

Junio 17, 2010

Carta de un niño muerto, recién nacido

 

           Esta es una carta extraña; o mejor, insólita. Y no digo extraña porque se me ocurre que nada de lo que pueda acaecer entre los humanos nos es realmente extraño.

           Y digo insólita, porque no todos los días muere un niño nacido apenas unas horas, unos días. Y quizá no se conocen muchos casos de criaturas que, sin haber llegado siquiera a respirar el aire libre, sin haber palpitado en el latir del tiempo, y cuando ya se encuentran libres y felices gozando de Dios, vuelvan la cara atrás para escribir a sus padres.

              Las maravillas del mundo no tienen límite. Y así, en esta ocasión. Que ha sido un niño quien me dictó al corazón esta carta a sus padres. El balbuceo de los niños no es siempre fácil de entender; he tratado de conseguirlo y, si hay algo que no se entienda, mía es la culpa.

 

               “Queridos mamá y papa; en mi corta inteligencia, recién despierta en la tierra y llena ahora de luz en el cielo, me parece que os debo unas líneas de explicación por mi comportamiento; porque tengo la impresión de haber sido un poco maleducado y de no haberme portado bien con vosotros.

                Me invitasteis a la gran fiesta del vivir, como habéis hecho con mis otros nueve hermanos, me presenté a la cita, y sin llegar a abrir la puerta de casa y entrar en la fiesta familiar, me marché enseguida sin decir palabra.

               No he tenido ocasión de saludaros ni de hablar con vosotros; ni siquiera habéis tenido la oportunidad de escuchar lamentos o quejidos de mis labios. En silencio llegue, y me he marchado sin  alzar la voz.

              Como mis labios, también mis ojos han permanecidos cerrados a vuestro mundo, y no os he podido acompañar con mi mirada ni en vuestra alegría por mi nacimiento, ni en vuestro llanto por mi muerte. La debilidad de mi organismo no ha soportado el latir de mi espíritu. Mil perdones.

               Y después de esta introducción, dejadme proseguir estas líneas agradeciéndoos de todo corazón la vida que me habéis dado. Os he costado muchos sacrificios, dolores, privaciones. Conozco algunos, y supongo que serán muchos más y mayores los que no alcanzo a vislumbrar, y que mamá se guardará para ella sola. Ya sé, mamá, que has tenido que estar sin moverte mucho un buen número de días para que yo pudiera ir creciendo en ti, y para que mi desarrollo no se viera interrumpido. Al final, el Señor ha dispuesto de otra manera.

               Alguien me ha comentado aquí que las madres tienen por buenos hasta los mayores pesares sufridos, cuando por fin ven sonreír a sus hijos. Yo no te he dado esa consolación, mamá; y quizá no pueda transmitirte como me gustaría el inefable gozo que tengo ahora delante de Dios, y que os debo a ti y a papá. Espero que, al menos, os alcance algún rayo de mi alegría y os permita sacar una sonrisa de la pena que sufrís por mi partida.

             También he tenido noticias de tu paciencia y serenidad, papá, que has sido capaz de no ponerte nervioso en todos estos momentos, vista mi escasísima salud, y ya sabiendo que mi corazón podía dejar de latir en cualquier instante. El amor de los padres siempre colma las necesidades de los hijos, aunque no siempre os lo agradezcamos. Yo lo hago ahora.

 

              Soy el décimo de vuestros hijos, y espero que me concedáis mantener siempre ese lugar privilegiado. Yo, Juanjo –así me habéis llamado al derramar sobre mi cabeza el agua del Bautismo apenas comencé a ver la luz-  he sido quien ha colmado el horizonte de vuestros sueños familiares. Mi foto en colores, y sonriente, no quedará enmarcada en la pared familiar, pero yo estaré siempre allí, alborotando entre mis hermanos, y alegrándome con ellos. Mamá; diles que no me lloren: que en el Cielo les espero; y como en el Cielo no hay tiempo, que no tengan ninguna prisa en venir.

              Mientras moría me asaltó un cierto remordimiento por haberos hecho soñar y haber quemado enseguida vuestros sueños, cuando apenas comenzaban a convertirse en realidad. Todos los niños somos un poco, un bastante, egoístas. Quizá porque como estamos indefensos y nos sabemos incapaces de proveer a nuestras necesidades, nos vemos obligados a llamar la atención para hacernos notar, y no nos preocupamos de la lata que damos. No lo sé.

              El remordimiento se acabó pronto.  Quizá hasta que os vea aquí en el cielo no sabré si la alegría de haber soñado os ha sostenido en la pena de haber sufrido mi muerte. No soy muy consciente de los claroscuros entre penas y alegrías por los que atravesáis en la tierra. Me queda al menos el consuelo de saber que de alguna manera os he acompañado en vuestro vivir, he sido un fruto de vuestra esperanza y de vuestro amor, y os serviré para que esa esperanza permanezca siempre viva y abierta hacia el futuro.

               Y como yo ya vivo en la esperanza realizada, en el amor eterno con Dios, me he propuesto llevar a cabo de alguna manera mi papel en el hogar, aun sin ocupar ningún asiento en el coche familiar.

               Mamá, cuando te encuentres cansada, abatida, invadida por el miedo y el temor, si es de día, mira al sol y yo te saludaré escondido en uno de sus rayos; si es de noche, mira a la luna, y allí me encontrarás a mí haciéndote guiños. Y si alguna vez tu corazón se apesadumbra porque te gustaría participar una gran alegría con tu décimo hijo, métete en tu corazón que allí te sonrío y gozo contigo.

               Papá, ya he puesto el nombre y apellido de la familia más allá. Quizá con un poco de antelación, lo reconozco. No podré ayudarte a cuidar de mamá ni a sacar adelante la familia: mi recuerdo te alentará.

              Y aquí me quedo; que nadando en mi mar he descubierto lo cercanas que están la vida y la muerte, y que la tragedia no es de este familia nuestra, en la que Dios pasea como por las veredas del Cielo.    

                         Un beso. Juanjo. 

 

                                            Ernesto Juliá Díaz        

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Un breve parón en el vivir, ante la Muerte

Junio 17, 2010

Un breve parón en el vivir, ante la Muerte

 

No es de todos el saber pararse; y tampoco, el gozar de un momento de calma. Quizá nos cuesta mucho esfuerzo dar, de vez en cuando, un aire más lento al marchar de nuestros días, aun sintiendo allá en lo hondo de nuestro espíritu la necesidad de parar un momento, de dejar a un lado el trabajoso ajetreo de cada día -ocupaciones y preocupaciones, alegrías y penas, bodas, secuestros, guerras, inauguraciones…- y contemplar el fluir de nuestro vivir con una cierta y serena perspectiva. Pararse a contemplar las estrellas es un buen colirio para unos ojos tristes y cansados.

 

Un día, una voz amiga, un hecho imprevisto, nos invitan a reflexionar. Otra mañana, la novedad con que topamos delante de nuestro ojos, y nos ofrece esa ocasión es la Muerte. Un hecho humano que, no obstante su acaecer cotidiano, no pierde nunca el aire de novedad, la carga de sorpresa.

 

El dejarnos de un hombre joven, de una mujer en la primavera del vivir, el marcharse de un ser querido, de un conocido, nos lleva a parar, precisamente, ante un cuadro, un horizonte, como es el de la muerte, que no conseguimos abarcar en toda su amplitud, en la armonía de su conjunto, y del que a veces rehuimos hasta la luz de su reflejo: “Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso/ nunca, jamás pensaste cómo la muerte ronda/ ni cómo vida y muerte -agua y fuego- hermanadas/ van socavando nuestra roca” (José Hierro).

 

Y rehuimos quizá porque tenemos demasiado dentro del alma esa idea de que la muerte “socava” nuestra vida, y no descubrimos el oculto y escondido vivir que encierra la misma muerte.

 

“¡Qué silencios tumba el alma!/ ¡Qué puertas cruza la muerte!” (Emilio Prados). Si cada mañana somos capaces de sentir entorno a nosotros el palpitar del misterio que es la vida; de manera muy particular, nuestro corazón se encoje en espera de desentrañar alguna faceta de ese misterio que es el morir, en el instante en que vemos el alejarse de una persona querida: “Lejos, más lejos, cada vez más lejos/ va el muerto caminando por su muerte” (Gerardo Diego).

 

No. El muerto no camina con su Muerte; el muerto camina con su nuevo vivir eterno. Somos los que estamos de este lado del muro, quienes caminamos con las muertes de cada muerto amigo. Cada uno con sus propias muertes; porque sólo Dios puede soportar el peso de todas las muertes. Y lo soporta, porque sólo El cambia la muerte en Resurrección, y convierte la carga muerta en alas vivas y ligeras, como de ángeles.

 

La última persona a quien acompañé hasta el aliento final, cerró los ojos con una sonrisa. La muerte, en todo su misterio no es “la burladora muerte” (Gerardo Diego); ni “silencio y soledad, ausencia y aire,/ figura de la nada, del destierro” (Rafael Morales). Ni siquiera juega el papel de “acalladora de miedos”, que le atribuyó Cernuda: “Pero aún hay algo en mí que te reclama/ Conmigo hacia los parques de la muerte/ Para acallar el miedo ante la sombra”. Al morir, nuestra voz se acalla, no ante las sombras, sino ante la luz de los ojos de Dios, frente a frente.

 

Este es el secreto que sólo Dios nos puede descubrir: el de transformar la Muerte en resurrección. Ivan Ilich, el personaje de Tolstoi, quiso desentrañar el misterio repitiéndose con decisión que la muerte no existía, como si su voluntad pudiese matar a la muerte: “¡Se acabó!, dijo alguien sobre él. El oyó estas palabras y las repitió en su alma. “Se acabó la muerte -se dijo-. La muerte no existe”. Hizo una inspiración, se detuvo a la mitad, se estiró y quedó muerto”.

 

Cerrar los ojos ante la Muerte, en la esperanza de que al no ser contemplada, la muerte se esconda y se desvanezca, forma parte de las ilusiones que cualquier hombre se puede forjar. Una ilusión que se da de bruces con toda la historia del género humano, y con todas las tumbas en las que desde sus albores, el hombre ha depositado con cariño a quienes le han precedido en el presentarse sobre la tierra, en la esperanza de volver a verlos.

                              Ernesto Juliá Díaz

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El sentido de la Vida

Junio 17, 2010

El sentido de la vida

 

Dos frases de un artículo que he leído recientemente, y con este mismo título, me han hecho reflexionar.

El autor señala que: “La vida está siempre llena de misterio y de zonas oscuras, de incoherencias y de contradicciones. La vida no obedece a un plan fijado de antemano”. Y después, como para remachar su pensamiento, añade: “La vida ni siquiera tiene un porqué ni un para qué. La vida simplemente es”. ¿Se reduce la vida a “esto”?

 

Ningún ser inteligente actúa, sin más, “por que sí”. Hasta detrás del “por que me da la gana”, hay una razón, un “porqué y un para qué” que mueve “la gana”.

 

Considerar que la vida es un simple azar, un simple acontecimiento trágico, cómico, aburrido o todo lo contrario, a la vez y en el mismo instante, me da la impresión de que no es una posición acorde con el afán de intentar resolver los enigmas que se nos presentan de continuo; anhelo latente en lo hondo del espíritu humano, y en cualquier momento de su recorrido histórico.

Me parece que sería abandonar la carga -que sólo Dios ha podido poner sobre nuestros hombros- de preguntarnos los “porqué” de lo que nos va sucediendo. Si el hombre deja de preguntar, de algún modo deja también de existir.

 

“La vida es un acaecer espontáneo, y no necesita un sentido que la transcienda, y, de paso, la desvirtúe o la anule”. Afirma nuestro autor, y yo me pregunto si no hay un modo de hablar equívoco al utilizar una palabra, un adjetivo en este caso, de doble significado, como es “espontáneo”? En efecto. El diccionario recoge estas dos acepciones: “1. Voluntario o de propio impulso. 2. Que se produce sin cultivo y sin cuidados del hombre”

 

La vida es “espontánea”, y plenamente, en el primer significado; todos cultivamos de alguna manera nuestro vivir. Y en ese “cultivo” la vida se transciende hacia Quien la ha originado: Dios. Y así, es “espontánea”. El último Borges, en su ceguera consiguió vislumbrar a ese “Dios escondido”, y lo expresó en estos versos: “El cuerpo sirve al alma. Quizá el alma/ que padece, que odia, que interroga,/ que surca espacios y recuerda siglos,/ que divisa utopías y nirvanas/ sirve a su vez a Otro, cuyo nombre/ y cuyo rostro son indescifrables”.

 

Consciente quizá de los límites de sus afirmaciones, nuestro autor concluye así: “La vida, por fortuna, sigue siendo un misterio impenetrable para la psiquiatría”. Y yo añado: ciertamente. Un misterio que Dios comparte con los hombres, y que los hombres podemos descifrar en el amoroso “misterio” de Dios.

                     

                                      Ernesto Juliá Díaz

 

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Entrevista sobre Josemaría Escrivá

Junio 2, 2010

ENTREVISTA SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI

Algunos rasgos de la vida de Josemaría Escrivá

Entrevista de Mundo Cristiano a Ernesto Juliá, testigo directo, durante veinte años, de la vida cristiana de Josemaría Escrivá.

 

Ernesto Juliá Díaz, durante los últimos veinte años de vida de Josemaría Escrivá, vivió cerca del Fundador del Opus Dei y le acompañó en su trabajo. Esa tarea le llevó también a viajar por un buen número de países, en todo el mundo. Podemos decir que es uno de los testigos más directos del testimonio de vida cristiana de Josemaría Escrivá de Balaguer, cuyo centenario de nacimiento celebramos se ha celebrado el día 9 de enero de 2002.

EL SENTIDO DE UN CENTENARIO

1. Comencemos por el principio, ¿cuándo conoció usted a Josemaría Escrivá; y cuánto tiempo vivió cerca de él?

Lo vi por primera vez una mañana de octubre de 1956; y estuve viviendo y trabajando con él hasta el día de su muerte, el 26 de junio de 1975. La última vez que le hablé fue en el anochecer del 25 de junio. El día de su muerte no le vi personalmente; me enteré de su salida y de su regreso a casa, y pude velar su cadáver inmediatamente después de morir.

2. ¿Tiene algún sentido celebrar el centenario de un santo, de un beato?

Para hablar, también desde el principio, con toda franqueza, he de reconocer que no siento ninguna particular atracción por este tipo de celebraciones, y menos cuando se trata, como en este caso, de una persona cuya vida y cuya obra sólo puede ser contemplada con perspectivas de eternidad, y de eternidad en Dios y en la Iglesia.
Dicho esto, y como el hombre vive y se desarrolla en el tiempo, históricamente, parece lógico admitir la conveniencia de parar el correr del tiempo para rememorar y ponderar la vida de estos hombres. De hecho, estas celebraciones de aniversarios se han dado, y continúan dándose en todo tipo de civilizaciones, de estados, de instituciones políticas, culturales, eclesiásticas, etc., que hayan superado el estado de “memoria plana”.

3.-¿Cómo hubiera celebrado Josemaría Escrivá este aniversario, si estuviera todavía entre nosotros?

Aunque a él le gustase vivir fechas semejantes en recogimiento y silencio con Dios, se me ocurre que no hubiera tenido más remedio que someterse a esta exigencia de las celebraciones. ¿Cómo lo haría? Quizá siguiendo su costumbre de pedir perdón a Dios por los errores y faltas en llevar adelante la labor que Dios le había encomendado; y después, dando muchas gracias a la Trinidad Beatísima, por el servicio a toda la Iglesia y a todo el mundo que el Opus Dei realiza.

PARA DIOS TODA LA GLORIA

4.-Una aclaración: ¿no está usted vinculando demasiado a Josemaría Escrivá con Dios?

Si se trata de aclarar, tengo que ser más preciso, y vincularlo con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, considero que Josemaría Escrivá, y todo el Opus Dei, son incomprensibles sin una referencia directa a Dios. Recuerde lo que se atrevió a escribir en Camino: “Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible” (n. 783).

APORTACIÓN A LA HISTORIA DE LA IGLESIA

5.-Siguiendo con nuestra conversación sobre Josemaría Escrivá, ¿ha hecho, en su opinión, alguna aportación relevante para la historia de la Iglesia?

Vaya por adelantado que, en la Iglesia, todas las “aportaciones relevantes” las ha hecho ya Cristo, y son aportaciones siempre actuales. El “tesoro” de Dios en la Iglesia existe íntegro desde el principio. A los hombres, guiados por las luces que Dios dona en cada caso, nos toca ir desvelando faceta tras faceta, e irlas viviendo en el momento histórico en el que desarrollamos nuestra existencia en la tierra.
En ese sentido, Josemaría Escrivá desveló a los cristianos, y en ellos, al mundo, grandes verdades que Dios había permitido que se mantuviesen en la penumbra durante siglos y siglos: la llamada universal de Dios a la santidad de los hombres, que no es más ni menos, que Dios desea vivir con cada uno de nosotros, y que nosotros vivamos con Él; la conversión de los hombres en verdaderos hijos de Dios, en Cristo; que esa conversión y ese encuentro se pueden llevar a cabo en medio de nuestras ocupaciones habituales, y tomando ocasión de ellas: familia, trabajo, amistades, etc…

PARA CONOCERLE ES PRECISO TRATARLE

6.-Tengo la impresión de que esas “aportaciones” de Josemaría Escrivá, aun siendo reconocidas claramente por el Papa, la Iglesia y un buen número de teólogos, para el pueblo cristiano de la calle, que es quizá la parte de la Iglesia más interesada en conocerlos, no han llegado a ser familiares, ¿cuál es, en su opinión, el motivo de este desfase?

A mi parecer, y aparte la relativa juventud del Opus Dei, los rasgos del vivir cristiano que subraya Josemaría Escrivá no son fácilmente expresables con imágenes. Me explico. Viendo a San Francisco de Asís entra por los ojos, y con claridad evidente, un cierto modo de vivir la pobreza; contemplando a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa de Ávila, se siente el palpitar de un cierto sabor “místico”; viendo a San Ignacio de Loyola uno no puede librarse de una clara expresión de la virtud de la obediencia.
En el caso de Josemaría Escrivá no sucede lo mismo: no hay una imagen que exprese, claramente y a simple golpe de vista, la verdad y riqueza sobrenatural escondida en un cristiano -hombre o mujer, joven o anciano, profesor o alumno, empresario o ama de casa, ama de casa y empresaria, etc-, que se sabe hijo de Dios, y que vive los problemas de cada día con mentalidad de buen profesional y, a la vez, con la conciencia de estar redimiendo con Cristo el pecado del mundo., como deseaba vivir, y vivió, él.
Puedo resumir diciendo que a un buen número de santos se les ama, al verlos, aunque no se les comprenda demasiado. A Josemaría Escrivá es preciso conocerle, y tratarle un poco en sus escritos, para llegar a entenderle y amarle.

7.-¿Cómo explica entonces la devoción tan extendida en casi todo el mundo a Josemaría Escrivá?

Me parece que esa es una cuestión diferente. Una es la misión que tiene una persona en vida, y otra, quizá muy distinta, después de muerta.
Cuando una persona santa entra en la piedad de la gente por los favores que se atribuyen a su intercesión, su principal misión es acercar las almas a Dios, para que cada una le dé gloria, en las condiciones y circunstancias en las que se encuentre.
En concreto; un hombre, una mujer, puede ser muy devoto de Josemaría Escrivá y no conocer, o no entender bien aun conociéndolas, esas verdades cristianas que él ha predicado con el Opus Dei, desde 1928 hasta su muerte.

CARÁCTER ENÉRGICO

8.-Pasando a otras facetas del hombre Josemaría Escrivá; me parece que hay un cierto “rumor” sobre su carácter fuerte y enérgico, además de dominante en no pocas ocasiones. Ese rumor, ¿se queda en “leyenda” o esconde algo de verdad?

No conozco ningún gran fundador en la historia de la Iglesia que haya sido de carácter frágil, débil y quebradizo. Para llevar adelante una tarea -mano a mano, y cara a cara, con Dios- como la de fundar y asentar, en este caso, el Opus Dei, labor para hombres y mujeres de todos los tiempos, de todas las razas, de todas las culturas, de todas las naciones, una cierta energía y fortaleza son imprescindibles. Y, ciertamente, Josemaría Escrivá las tuvo.
De otra parte, en ningún lugar está escrito que la fortaleza y la energía sean sinónimos de dureza, aspereza, dominación, prepotencia, etc.
Yo diría que sabía conjugar armoniosamente la fortaleza y la energía necesarias, insisto, en un hombre de gobierno, con la amabilidad y el cariño de un padre, de una madre.
Un sucedido puede ilustrar mis palabras mejor que algunos razonamientos.
Un día él mismo me manifestó las gracias que había dado a Dios, por haberse descubierto con un renovado “corazón materno”. El hecho que le procuró ese “descubrimiento” fue el siguiente. Un hombre que vivía en Roma, en el mismo edificio que habitaba Josemaría Escrivá, estaba enfermo, con una enfermedad que no había manifestado a nadie, quizá por una cierta pusilanimidad, no exenta de vergüenza.
Aquel día, Josemaría Escrivá se cruzó con él en uno de los pasillos de la casa, y al saludarle y mirarle percibió en el muchacho algo de inusitado. No le comentó nada directamente, para no herir su sensibilidad. Al poco rato habló con el médico de la casa, y al decirle que no sabía que esa persona estuviese enferma, le rogó que lo llamara y procurase averiguar que le sucedía, si en verdad le pasaba algo.
No fue necesaria una minuciosa investigación médica para descubrir la enfermedad, y comprender la reserva que aquel muchacho, algo tímido de carácter, había tenido sobre su mal. Josemaría Escrivá me comentó lo ocurrido, sin aludir, lógicamente, a la identidad del interesado, en el deseo de que me uniera a su acción de gracias a Dios por haberle concedido la “mirada materna” que había dirigido a aquel muchacho, y que le había permitido ayudarle a poner remedio a su enfermedad.

NO TENÍA EMPACHO EN PEDIR PERDÓN

9.-Una curiosidad personal: ¿pedía alguna vez perdón?

Sí; cuando se equivocaba, y cuando descubría algo que debería haber hecho, y que había dejado sin hacer. Y no tenía el menor empacho en pedir perdón.
Recuerdo su petición de disculpa a un grupo de arquitectos, por no haberles hecho unas sugerencias para concluir unas obras, que ellos esperaban recibir; y me viene ahora a la cabeza una mañana en la que a mí me llamó la atención por una serie de actuaciones no acertadas de las que, por la información que alguien le dio, me hizo directamente responsable. El confiaba plenamente en cada uno de sus colaboradores, y no dudó ni un instante de la veracidad de la información que le habían dado.
Me habló por teléfono en un tono algo airado y duro, obligado, diría, porque el error no era fútil. Al poco tiempo, se hizo el encontradizo conmigo para pedirme disculpas: había descubierto que yo nada había tenido que ver con aquel asunto, y deseaba dejar las cosas en paz.

CONFIANZA EN SUS COLABORADORES

10.-Ha dicho que tenía mucha confianza en sus colaboradores; ¿vivía esa misma confianza en su labor como gobernante?

Josemaría Escrivá fue un hombre que, durante toda su vida, tuvo el gran don de saber escuchar a quienes trabajaron con él; de escuchar y de enriquecerse con los conocimientos que cada uno le pudiéramos aportar.
Su relación con Alvaro del Portillo, su primer sucesor a la cabeza del Opus Dei, fue ciertamente paradigmática; y también, en otro orden, la vivida con Javier Echevarría, actual Prelado del Opus Dei.
En el gobierno huyó siempre de cualquier tiranía, de cualquier manipulación, de cualquier prepotencia. A mí me sorprendió que, a los pocos días de haber comenzado a trabajar con él, y sin necesidad alguna de hacerlo, me pidiera el parecer sobre un asunto; y más me sorprendió cuando al exponerles las razones de mis sugerencias, las aceptó y modificó unos detalles que le sirvieron para expresar con más claridad su pensamiento.
Pienso que, al ser consciente de estar ocupado en una obra de Dios, y plenamente consciente a la vez de su condición de fundador, gracia personalísima e intransferible, sabía que Dios le podía enviar sugerencias y luces para llevar a cabo su obra, a través de muchas personas.

11.-Con motivo de su Beatificación surgieron algunas voces contrastantes, ¿qué opinión le merecieron esas habladurías?

No es extraño que una persona con una misión semejante a la de Josemaría Escrivá, encuentre en su vida alguien que interprete mal alguno de sus gestos o de sus afirmaciones. No recuerdo con mucho detalle aquellas voces; sí puedo decir que ya entonces me parecieron afirmaciones gratuitas, sin fundamento real, más semejantes a juicios a las intenciones que a consideraciones sobre realidades palpables.
De otro lado, el ser humano, además de frágil y débil, es un ser complejo. Es imposible que un hombre con cataratas en los ojos pueda gozar, por ejemplo, de la belleza de la Giralda; o que un hombre sin olfato consiga dar gracias a Dios por el aroma de un rosa.

12.-Nos queda ya poco espacio a disposición. He visto que al final de su vida, Josemaría Escrivá participó en reuniones muy concurridas de público, cosa que no fue normal durante muchos años de su vida. A qué se debe este cambio: ¿creció de pronto su poder de convocatoria?

Esos cambios son situaciones que suelen ocurrir en la vida de los santos. La urgencia que Dios pone en su espíritu para llevar a cabo la tarea encomendada, va adquiriendo distintas modalidades según las necesidades que ellos descubren en el seno de la Iglesia, en la sociedad, en el corazón de los hombres.
Josemaría Escrivá no era muy partidario de reuniones numerosas; llegó un día sin embargo en el que comprendió que era oportuno, y que, para gloria de Dios y bien de las almas, aunque fuera muy a su pesar, tenía que hacerlo; y lo llevó a cabo.
¿Convocatoria? Me parece que ésa era una cuestión que no le preocupaba en absoluto. La “convocatoria”, de otra parte es una realidad muy efímera; y la influencia de una persona no se mide por su capacidad de convocatoria momentánea, sino por la permanencia de la huella que el encuentro con ella deja en el alma.
Josemaría Escrivá hablaba, aun delante de mucho público, como si se dirigiese a una única persona. Si la gracia de Dios removía a un ser humano con quien hablaba, él ya se daba por contento: había hecho la labor que le correspondía: ofrecer una oportunidad a alquien para encontrarse con Dios.

13.-Para poner punto final, aun siendo consciente de que quedan muchos detalles en el aire, permítame una doble pregunta: ¿qué característica de su persona subrayaría especialmente?; ¿se ha escrito ya la biografía definitiva de Josemaría Escrivá?

De acuerdo en que quedan muchas cuestiones en el aire, y de acuerdo también que una entrevista no es el ámbito para resolver asuntos semejantes.
A su primera pregunta, no tengo duda en subrayar, como característica primordial, la de estar pendiente de Dios y de los hombres. Su anhelo de servir a Dios y a los hombres. Su libertad ante Dios y ante los hombres. Su conciencia viva de dos verdades fundamentales del vivir cristiano, del vivir con Cristo. La primera, enunciada por el mismo Cristo: “sin Mí no podéis hacer nada”; la segunda, escrita por San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”. Esa relación tan vital con Dios origina en Josemaría Escrivá su amor a la libertad, su respeto a la personalidad de cada ser humano, su amor a la vida y a la responsabilidad. Y su inagotable deseo de amar a Dios. Quizá nadie mejor que él mismo ha conseguido retratarse; cuando decía ser un pecador que amaba a Jesucristo, y que deseaba amarlo con una locura siempre mayor.

Y sobre las biografías aparecidas hasta la fecha, en mi opinión queda mucho por hacer y por estudiar. Y dudo mucho de que alguna día se escriba la “biografía auténtica y definitiva”. Sería la primera vez en la historia que eso ocurriera, a lo que se me alcanza.

Me gustaría concluir señalando que, en mi opinión, Josemaría Escrivá fue un hombre que descubrió en sí mismo la grandeza de ser criatura de Dios, de ser hijo de Dios, de ser llamado a ser santo. Y gozó profundamente en el descubrimiento.
Esto le llevó a vivir muy en el cielo, y muy en la tierra. Y no un tiempo en el cielo, y otro tiempo en la tierra: en el mismo instante y en el mismo tiempo, en el cielo y en la tierra.
Dos ramos de rosas aclaran lo que digo. Cuando iba invitado a comer en una casa de familia, no dejaba de llevar un ramo de rosas para la anfitriona. Y, cuando a él le regalaban ramos en ocasión de alguna fiesta señalada, lo normal era que las rosas acabasen sobre un altar, haciendo compañía a Jesús Sacramentado.

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A cada uno su Genoma

Junio 2, 2010

  A CADA UNO SU GENOMA

 

La más infinitésima par de bases del más escondido de los genes de la célula más recóndita en cualquier parte de mi organismo, exulta en un canto de alabanza a Dios, su creador, cada mañana cuando yo, en mi conciencia más viva y honda de mi  condición de persona, saludo a Dios al amanecer, le doy las gracias por el nuevo día.

 

Desde que tengo uso de razón, desde que mi personalidad, ya viva desde la primera división de células de un óvulo de mi madre fecundado por un espermatozoide de mi padre, ha comenzado a expresarse a través también de razonamientos, mi inteligencia se ha gozado ante los nuevos descubrimientos en el macro y en el microcosmo, y de manera muy particular en todo este mundo del genoma humano.

 

El gozo de hoy está vitalmente abrazado a una dosis de asombro ante las maravillas del Creador, y de la Creación. Con treinta mil pares de genes, número apenas superior a los genes de una mosca, de una lombriz, la inteligencia del hombre se abre en libertad completa y rendida a la luz de la Fe, y transita sin embarazo alguno por los más recónditos caminos del cielo y de la tierra.

 

“El que se haya deshinchado nuestra soberbia no es una humillación, sino un hecho afortunado y positivo”; afirma uno de los científicos que, tratando de explicarse el ser humano por un complejo evolutivo, sin origen conocido y con final ni siquiera vislumbrado, no ha tenido más remedio que introducir “los extraordinarios imprevistos de la evolución”, en reconocimiento de su ignorancia.

 

Yo no me he sentido en absoluto humillado. Al contrario. ¿Cuántos de esos pares de bases soportan los genes que permiten a mi memoria discurrir por el tiempo, acá y allá, saltando de siglo en siglo; en un afán de convertir en eternidad el momento presente, buscando la unión con Dios? Con un número tan exiguo parece que Dios nos quiere liberar un poco del excesivo peso de la “naturaleza”, para que el “espíritu” vuele con más libertad.

 

Al descubrir la composición de ADN del hombre, a algunos científicos les ha extrañado un número tan reducido de genes para llevar adelante a un ser tan complejo como el ser humano, varón o mujer que sea. A mí me ha confirmado en la grandeza de la imaginación divina, capaz de crear un alma, un “yo” personal, sobre los espacios infinitesimales de los genes, quizá también para que el ser humano no se olvide jamás, en su grandeza, de su tan humilde y frágil fundamento.

 

No me ha extrañado; e incluso me ha alegrado profundamente el descubrir la pequeña diferencia genética con el resto de la creación. Dios ha jugado con el barro, y no ciertamente a dados, como con clarividencia reconoció Einstein. Y hasta al nivel de los genes nos ha hecho hermanos los unos de los otros, y nos ha constituido en armonía con las hayas de los Alpes  y con las aguas del Guadalquivir.

 

 

Desde ahora, cada mañana al abrir la puerta de casa,  procuraré dejar en libertad a mis genes para que unan sus vocecillas a las de los genes de todos los seres vivientes que pululan en el espacio y en el tiempo, que se refugian en los árboles, que se esconden en los matorrales, que embellecen el curso de los rios, que pueblan los abismos de los océanos, en canto de alabanza a su Creador.

 

Genes de los humanos, que se habrán ofendido si han leído lo que de ellos han escrito en la editorial de un periódico: “genes que permiten a un simple óvulo fecundado desarrollarse hasta producir una persona”.  Ellos son conscientes -es un decir- de que el “ser persona” no es un “producto”, ni el fruto de un “hacer”, sino el resultado de un “crear amoroso”, como es siempre el crear de Dios.

 

Y es en ese “surgir” -anterior a todos los Estados, a todas las Declaraciones de derechos- donde se encierra toda la grandeza de la “persona”, donde se encuentra el fundamento de todos sus derechos.

 

Los genes de los humanos se saben al servicio de la persona a que pertenecen desde su primera aparición en la tierra: ellos se encargan de producir proteínas y ponerlas a disposición de todo el organismo de la persona. Y no se les ocurre ni siquiera soñar en “transmitir un mensaje para la creación de la materia”, entre otras cosas porque la materia ya esta creada.

 

Algunos científicos han reconocido el error en el que habían caído -y que ha quedado ahora al descubierto-, de haber vinculado a cada gen un mensaje preciso para el resto del organismo. Es un gran avance, porque ha echado por tierra la idea propagada por otros científicos de que cada aspecto físico o característico de nuestro ser, podía atribuirse a la acción de un gen particular.     

¿Seguirán avanzando los científicos en el estudio del laberinto genético hasta “descubrir” que el código con el mensaje para cada persona -y que cada persona desarrolla después en libertad-, tiene su origen en la mente divina; y que ni la libertad ni el amor, y tampoco el odio ni la homosexualidad, son dependientes de un gen?

 

Un canto divino a la libertad humana veo yo escondido en esos 30.000 genes que componen el uno por ciento de nuestro ADN. Al resto, hasta ahora lo llaman “basura”; ¿otra broma del Creador?

 

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¿Un Proyecto para otra cultura europea?

Junio 2, 2010

¿UN PROYECTO PARA OTRA CULTURA EUROPEA?

 

                                               I

 

Parece haber un acuerdo general sobre el agostamiento de las raíces que, a lo largo de los siglos, han dado vida, han alimentado y han hecho florecer una cultura entre los habitantes de esa zona del mundo que llamamos Europa.

Una cultura en la que se han encontrado dialogando, discutiendo o guerreando, personas tan variadas y dispares como San Agustín y Goethe; Carlos V y Heidegger; Santo Tomás de Aquino y Sartre; Cristóbal Colón y Newton; Santa Teresa y Marie Curie; Cervantes y Thomas Mann; Dante y Pérez Galdós; San Juan de la Cruz y Voltaire; Kant y San Francisco de Asís; Isabel la Católica y Edit Stein; Shakespeare y Stalin; Calderón y San Bonifacio; Catalina de Rusia y Emilia Brontë; Dostoyewski y Napoleón; Sigrid Undset y la Reina Vitoria; Beethoven e Hitler…Una cultura que hace ya prácticamente dos siglos entró en plena descomposición, y que se encuentra ahora apenas con fuerza y capacidad para contemplar sus propias ruinas.

¿Qué ha sucedido? ¿Es el fruto obligado de la ciencia y de la técnica? ¿Es la consecuencia de las guerras fratricidas que han asolado la tierra europea durante siglos y siglos por cuestiones de fronteras, de fraudulenta utilización de creencias religiosas, de nacionalismos exacerbados, de clasismos, de revoluciones en nombre de la libertad, de la sociedad sin clases, etc., etc? ¿Es el cansancio de una inteligencia encerrada en sí misma, y algo cansada de sus continuos vaivenes, que se refugia en la Opinión para no seguir buscando la Verdad; que se contenta con el Gusto para no descubrir la Belleza; que se queda en la Apariencia para evitar enfrentarse con el Ser?

No pretendo ahora descubrir las causas de la decadencia y de la muerte de la cultura occidental europea; y deseo limitarme a pensar en las bases imprescindibles para que los habitantes de Europa podamos seguir entendiéndonos y conviviendo, y para que de esos encuentros surja un día, dentro de algún siglo, una nueva cultura en esta vieja península fronteriza con Asia y con el Océano.

La convivencia entre los hombres requiere unas ciertas reglas, unas pautas de comportamiento, aunque sean mínimas, que hagan posible el desarrollo de las cualidades de cada uno, y su aportación al bien de todos los demás.

Esas reglas y esas pautas han variado no poco a lo largo de la historia del hombre sobre la tierra. De hecho, no es demasiado osado afirmar que cada grupo humano ha elaborado reglas y pautas diferentes en la forma -y más o menos semejantes en el fondo- en torno a los grandes problemas que centran la exigencia del convivir entre los hombres: el nacimiento, la familia, la muerte. Y que, ningún grupo, en ninguna de las particulares situaciones por las que haya pasado, ha dejado de vivir sin ellas.

Las diferentes culturas y civilizaciones, que es en definitiva de lo que se trata, se han ido desarrollando amparadas en los cauces que esas reglas les ofrecían, al mismo tiempo que las iban construyendo y completando, y que, mejor o peor, daban respuesta a las cuestiones organizativas que esas realidades primarias -como son el convivir social, público, de los hombres- llevan consigo.

Las pautas, las leyes escritas o sencillamente transmitidas oralmente, codificadas o no, sobre la autoridad; acerca del respeto a las personas y a las propiedades; en torno a la familia -núcleo humano sin el que la sociedad de los hombres no puede vivir-; sobre el poder, especialmente cuando se desvincula de la autoridad y tiene un desarrollo independiente de ella; son imprescindibles para el buen convivir de todos. Y se hacen todavía más necesarias cuando la organización entre los hombres adquiere un ámbito y un matiz político, como es el caso de las grandes civilizaciones.

El hombre es una unidad vital, una persona, y, lógicamente, tiende a que su ser y su actuar reflejen esa unidad vital. Y no sólo en los campos que le ofrece su condición natural recibida: la persona, la familia; sino también en todo el ámbito de sus relaciones con los demás seres humanos: social, político, cultural. No siempre se trata, de otro lado, de que las actuaciones humanas “reflejen” esa unidad en toda su plenitud, porque no hay tarea social, política, ni siquiera cultural, que pueda manifestar en toda su complejidad y variedad, la polifacética riqueza del espíritu del hombre.

La armonía cultural, y en cierto modo, espiritual, de un grupo humano cualquiera no lleva consigo que los ámbitos culturales, sociales y políticos de todos los componentes de la sociedad hayan de ser idénticos, ni mucho menos. Sí es preciso que exista una cierta afinidad, un aire en el que todos puedan respirar, unos principios que permitan a todos considerar de manera al menos similar los cinco fundamentos sobre los que se establece cualquier sociedad y se desarrolla cualquier cultura: la consideración de la libertad, de la autoridad, de la vida humana, de la persona, de la familia.

No es demasiado difícil apreciar la imposibilidad para convivir que supondría la existencia, dentro de la misma sociedad, de grupos de ciudadanos con principios tan dispares como los siguientes: unos que aboguen por la esclavitud y otros no; unos que sean decididos partidarios del aborto, y otros no; unos que sean simpatizantes del sufragio universal y otros que sostengan el retirar el derecho de voto a los minusválidos, o a cualquier otra minoría cualificada; unos que defiendan la propiedad privada y otros que propugnen su abolición.

Estos grupos, o acaban imponiéndose uno al otro, pacífica o violentamente, o se asimilan los unos en los otros hasta llegar a una unidad; o bien se destrozan en luchas hasta alcanzar el aniquilamiento total.

¿Dónde encuentran los hombres esos principios que hacen posible el desarrollarse y el arraigarse de una cultura?

Hasta ahora, y sin ninguna excepción, las culturas y las civilizaciones han asentado sus raíces en creencias religiosas, conscientes quizá de la unidad  de la realidad temporal del hombre y de su realidad más allá del tiempo y de la muerte.

Los procesos de entrelazamiento de las creencias religiosas con las reglas culturales de las civilizaciones han sido muy variados. Dawson señala dos caminos que pueden ser paradigmáticos: la situación europea en la que la Iglesia Católica heredó las tradiciones del Imperio y, al convertir a los bárbaros, les trasmitió, con la Fe, “el prestigio de la ley romana y la autoridad del nombre de Roma” ; y la situación de las grandes culturas del Antiguo Oriente, China e India, que tuvieron un “crecimiento autónomo, que representa un desarrollo continuo en el cual la religión y la cultura crecieron juntas partiendo de las mismas raíces sociológicas y del mismo ambiente natural.

En cualquier caso, el sentido de “transcendencia” que impulsa al hombre a hacer y a hacerse en la historia, quedaba asegurado.

Ese sentido de la “transcendencia”, que Steiner añora en su “Nostalgia del Absoluto”, y con él, tantos otros intelectuales del momento presente, permitía al hombre de cualquier cultura apreciar en la convivencia social y política no sólo sus propios intereses, los de su familia, los de su clan, tribu, nación, sino también el sentir que “alguna divinidad” estaba también interesada y comprometida en el quehacer histórico.

Y no sólo como garante del buen orden entre los ciudadanos o como coacción para evitar el mal, sino tomando parte más o menos activa en los acontecimientos de interés de todo el pueblo.

Fruto de esas raíces surgieron las Constituciones, los Fueros, las leyes que han hecho grandes a las naciones, a los estados, que han sostenido la labor de los imperios.

Hay “algo” hoy en el convivir de los hombres del Occidente, que ha llevado consigo una oscurecimiento notable del acuerdo de base sobre los cinco fundamentos de la sociedad ,que hemos señalado.

La libertad ha perdido la orientación, visto que cuando la libertad se queda sola en la misión de “auto-construir” al hombre, al ciudadano, los resultados acaban siempre en la masificación, en los totalitarismos.

La autoridad está en baja. Como no tiene argumentos para convencer, se ha convertido en simple poder abriendo el campo a la peor de las tiranías: la de la ley impuesta por simple arbitrio. Y para paliar este mal, no es una buena solución la de que quienes propugnan la imposición de la ley por ser ley, y acuden a Cicerón -”somos siervos de la ley, para poder ser libres”-. Cicerón, al decir esa frase, tiene en la cabeza la idea clara de la unidad natural de los hombres y la igualdad de su naturaleza, para sostener los derechos que se les atribuyen. Hay una Ley Natural, no establecida por el hombre, que sostiene la ley humana.

“Ciertamente -son sus palabras, en el De Republica- existe una ley verdadera, de acuerdo con la naturaleza, conocida de todos, constante y sempiterna…No podemos disolverla por medio del Senado o del pueblo… No existe una ley en Roma, otra en Atenas, otra ahora, otra en el porvenir; sino una misma ley, eterna e inmutable, sujeta a la humanidad en todo tiempo.”  

La Ley pierde toda su fuerza de obligar, y toda su capacidad de originar libertad, cuando se convierte en pura letra sostenida sólo por la fuerza. Aislada en sí misma, a lo más, y si acaso, consigue tener un cierto sentido administrativo, burocrático, organizativo. Ninguna cultura, ninguna civilización ha surgido del puro poder, ni se ha sostenida por la fuerza de ninguna ley.

La vida no es igualmente considerada por todos, visto el general oscurecimiento del “sentido del vivir”. El aborto, la eutanasia, los diversos tentativos de manipulaciones genéticas son una clara manifestación de esta realidad.

Parece haber un cierto consenso de base acerca de la “dignidad de la persona”. Si se profundiza un poco, saldrán a relucir discriminaciones de todo tipo y la razón es sencilla: la “persona” es mucho más considerada por lo que “hace”, que por lo que “es”; por su función social que por el simple hecho de ser “persona”. Y no consideramos la cuestión de los “inmigrantes”, que requiere de por sí un análisis diferenciado.

Y las divergencias sobre la “familia” están demasiado patentes y a la vista de todos, para necesitar nuevas explicaciones.

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 No es difícil apreciar la sobrecarga de tensiones que esta situación lleva consigo; y tampoco es difícil darse cuenta de que no son ésas las tensiones que consiguen originar el nacimiento de una cultura, de una nueva civilización.

Las tensiones que hacen brotar la civilización, con lentitud y a lo largo de un proceso que dura más o menos siglos, provienen del espíritu de los hombres, de un espíritu generado y cultivado en el ámbito relativamente reducido de minorías creativas.

La confianza, que hace posible el convivir humano, brilla por doquier por su simple ausencia; la solidaridad se ha convertido en una serie de gestos y de palabra que, a lo más, congregan a los hombres en un punto geográfico y durante unos instantes, para verlos después dispersarse y aislarse todavía más empobrecidos.

¿Por qué esta situación que filósofos, sociólogos, teólogos, politólogos, antropólogos, etc., etc., examinan, lamentan, diagnostican; y a la que pretenden buscar remedios de lo más variado?

Hablando del hombre-masa, Ortega y Gasset entreve una faceta del diagnóstico: “Este personaje -el hombre-masa- no representa otra civilización que luche con la antigua, sino una mera negación, negación que oculta un efectivo parasitismo. El hombre-masa está aún viviendo precisamente de lo que niega y otros construyeron o acumularon”.

La negación está a la vista de todos; y se da en los cinco fundamentos de la civilización que hemos recordado: en la libertad; en la autoridad; en la vida; en la persona; en la familia.

¿Hay algún camino a la vista para construir la unidad que se requiera para el comienzo de una nueva cultura, de una nueva civilización?

Sin miedo de caer en una cierta simplificación considero que el europeo de hoy se encuentra en un cruce de caminos con dos direcciones abiertas ante sí.

El primer camino tiene en cuenta la realidad de los vínculos del hombre con Dios; vínculos que con palabras tan certeras dejó señalados Tocqueville, precisamente cuando estudiaba las bases de una democracia viva:

“Casi no existe acción humana por muy particular que la supongamos, que no nazca de una idea muy general que los hombres han concebido de Dios, de sus relaciones con el género humano, de la naturaleza de su alma y de sus deberes hacia sus semejantes”. Y prosigue en sus consideraciones: “Cuando la religión es destruida en un pueblo, la duda se apodera de las porciones más altas de la inteligencia, y paraliza a medias a todas las demás. Cada cual se acostumbra a no tener más que nociones confusas y cambiantes sobre las materias que más interesan a sus semejantes y a él mismo; defiende mal sus opiniones, o las abandona, y, como desespera de poder, por sí solo, resolver los más grandes problemas que el destino humano presenta, se reduce cobardemente a no pensar en ello”.

El otro camino abierto ante el hombre occidental de hoy, sin desconocer quizá en algunos casos esos vínculos divino-humanos, los deja aparte a la hora de pensar en los fundamentos de la convivencia humano-social-política.

Los deja aparte, aun tratando de conservar una cierta aureola religiosa a esa solución. Se ha comenzado a hablar de una posible “religión de los ciudadanos de la humanidad”, que tendría como credo fundamental “los derechos humanos”.

¿Son viables, e indiferentes, cualquiera de los dos caminos, para asentar una nueva cultura en Europa?

                                    II

 Terminamos las primeras páginas de estas reflexiones preguntándonos si serían viables, e indiferentes, cualquiera de los dos caminos por los que, a nuestro parecer, el hombre occidental podría transitar para llevar a cabo la ardua tarea de implantar las raíces de una nueva cultura en Europa.

La pregunta da por supuesto que surgirá una nueva cultura en Europa, y con esa hipótesis continuamos la consideración iniciada; sin, por otro lado, descartar por completo la perspectiva de que el anhelado nacimiento de una nueva cultura no tenga lugar. Y diremos por qué. Adelanto que, a ninguno de los cristianos que vivían en el norte de África en tiempos de San Agustín, le hubiera sido posible ni siquiera imaginar que San Agustín iba a ser el último Obispo Católico de Hipona.

Y antes de recordar brevemente esos dos posibles caminos, vale la pena añadir una recapacitación previa.

Parece obvio que la nueva cultura y civilización que surja en el suelo europeo, tendrá unas características muy diferentes de la cultura que ahora está en plena descomposición. Y, tampoco está escrito que los fundamentos religiosos de esa cultura hayan de ser necesariamente cristianos.

Es cierto, de otro lado, que lo que está en juego es que continúe viva la concepción del hombre como persona inalienable, libre; que se mantenga como ley primordial de la autoridad el servir al bien común de los ciudadanos; que se respete la vida de cada persona, también de las personas vivas todavía solamente en el vientre de sus madres; que se mantenga la familia como centro de referencia de la sociedad y que la convivencia social y política tenga en cuenta, respete y defienda la libertad de cada ciudadano.

¿Cómo puede ser esto posible?

Recordemos brevemente los dos caminos.

El primero  tenía en cuenta la realidad de los vínculos del hombre con Dios, y ése era su punto de partida.

El segundo pretendía basar las reglas de la civilización y de la cultura exclusivamente en el ámbito humano, sin referencia a nada ajeno al hombre mismo. Ese ámbito lo quería encontrar en en alguna declaración de “los derechos humanos”; o en una cierta seguridad ofrecida al hombre por el progreso de la ciencia, y la información que el hombre va a conseguir.

Esta posibilidad ya la entrevió el Vaticano II con estas palabras: “Es cierto que el progreso actual de las ciencias y de la técnica, las cuales, debido a su método, no pueden penetrar hasta las íntimas esencias de las cosas, puede favorecer cierto fenomenismo y agnosticismo cuando el método de investigación usado por estas disciplinas se considera sin razón como la regla suprema para hallar toda la verdad. Es más, hay el peligro de que el hombre, confiado con exceso en los inventos actuales, crea que se basta a sí mismo y deje de buscar ya cosas más altas” (Gaudium et spes, n. 57).

Veamos ahora con más detenimiento, y de forma quizá demasiado escueta, cada uno de esos horizontes.

 

El primer camino

 Se habla mucho de las raíces cristianas de Europa, y ciertamente sin esas raíces la Europa que está desapareciendo es incomprensible. ¿Volverá a florecer en Europa otra cultura inspirada en la religión?

Sin duda, hay minorías cristianas en todos los países europeos decididas a influir en la marcha de la propia cultura, y no sólo en mantener las conquistas del pasado, sino en hacer surgir nuevas formas civilizadoras de la Fe en Jesucristo, Hijo de Dios vivo. Estas minorías son conscientes del deber expresado en estas palabras del Vaticano II: “queda en pie para cada hombre el deber de conservar la estructura de toda la persona humana, en la que destacan los valores de la inteligencia, voluntad, conciencia y fraternidad; todos los cuales se basan en Dios Creador y han sido sanados y elevados maravillosamente en Cristo” (Gaudium et Spes, n. 61).

Renovando la esperanza, unida al convencimiento, de que los europeos volveremos a engendrar en nuestras tierras una nueva cultura con raíces cristianas, me parece que una buena parte de esa esperanza tiene su fundamento en la capacidad que todavía nos quede viva para aprender de los errores cometidos en el pasado, y de la perseverancia de una de las instituciones que hizo posible el desarrollo de la civilización que ahora se está enterrando a trozos: la Iglesia católica.

Es cierto que la influencia  de la Iglesia Católica y de las otras Confesiones Cristianas, en los diversos ámbitos del hombre: el jurídico, el moral, el político, el cultural, el artístico, ha perdido notable fuerza y significado. Es cierto también que en los primeros siglos de nuestra era histórica esta influencia, y la capacidad de llevar a cabo una acción semejante era considerablemente menor.

En todo caso, la Iglesia mantiene vivo el mandato de su Fundador, Nuestro Señor Jesucristo, de ser semilla de vida en todas las encrucijadas de los hombres, y así lo ha vuelto a reconocer de Sí misma en el Concilio Vaticano II: “Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y a las diferentes culturas” (Gaudium et Spes, n. 58).

¿Dará esto lugar a una repetición del proceso culturalizador? No. Aparte de que en la historia nada se repite, porque las circunstancias, y quienes intervienen en ellas, cambian continuamente, aunque sea el mismo hombre el protagonista de los acontecimientos.

Ciertamente es preciso aprender de los errores del pasado, y evitar ya desde sus orígenes un primer error que ha hecho no poco daño a la civilización occidental, y quizá más a la misma Iglesia, al desdibujar su verdadero rostro: es el error de lo que podríamos llamar “mezcolanza administrativa del Estado y de la Iglesia”. Un error que esconde una cierta añoranza de pueblo elegido; y que olvida el hecho de que hemos sido los cristianos quienes hemos separado, hace muchos siglos, la Iglesia del Estado, y hemos negado al Estado cualquier carácter divino.

La configuración jurídica y política actual de la sociedad hacen imposible cualquier “mezcolanza”; y a la vez, en la Iglesia ha desaparecido todo rastro de cualquier intento de “confesionalidad” del estado y de la misma sociedad; sin por eso, reclamar en todo momento libertad plena para manifestar a Cristo.

El Card. Ratzinger lo ha hecho notar con palabras muy expresivas y claras: “En todos los siglos esta tentación de asegurar la fe con el poder ha vuelto a presentarse de múltiples formas, y siempre la fe ha corrido el riesgo de quedar ahogada precisamente por los abrazos del poder. La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha para lograr que el reino de Jesús no se identificara con ninguna forma política, debe librarse hasta el fin de los siglos. En efecto, el precio por la unión de fe y poder político se paga siempre al final con el hecho de que la fe queda al servicio del poder, y debe someterse a sus criterios” (San Juan de Letrán, 5 de marzo 1997).

Superada esa “piedra” de escándalo queda firme el ser la vinculación con Dios la que da un significado al vivir del hombre y al vivir de la sociedad. Y es en ese sentido cristiano, donde la autoridad, la libertad, la familia, la persona y la vida encuentran su armonía y su verdadero sentido.

En favor de este “primer camino” está el fracaso de los intentos realizados hasta ahora para dar una explicación unitaria del hombre total; unitaria y omnicomprehensiva, origen y fin de la vida incluidos. Steiner deja constancia de estos fracasos con estas palabras: “Las teologías posreligiosas o sustitutas y todas las variedades de lo irracional han demostrado no ser otra cosa que ilusiones. La promesa marxista ha fracasado cruelmente. El programa de liberación freudiana se ha cumplido muy parcialmente. El pronóstico de Lévi-Strauss es de irónico castigo. El zodiaco, las apariciones y las simplezas del guru no saciarán nuestra hambre”.

Y aclaro que, en absoluto, se trata de encontrar en la fe apoyos doctrinales, o sociológicos, o meramente culturales, para organizar de forma adecuada el convivir de los hombres.

No; es sencillamente tomar acto de la unidad esencial e intrínseca del ser humano, y de que su vivir y el desarrollo de su existencia, han de seguir una cierta “lógica”, una vez reconocido el origen del hombre en un acto creador de Dios; principio fontal de la Religión, de cualquier Religión.

Es una realidad, y un hecho, que hasta ahora la humanidad ha sido consciente y ha procurado vivir de acuerdo con esa convicción profunda: la unidad entitativa del ser humano, irreductible, sin grave daño para él mismo, a la división de ciudadano, por un lado; creyente, por otro; padre de familia, por otro; empresario, socio de una biblioteca, por otros, etc.

En nuestra perspectiva, este “primer camino” está impregnado de cristianismo. Europa, o es cristiana, o no será. Y, si no lo es, podrá ser invadida y dominada -sin necesidad de ningún tipo de guerra, ni de catástrofes, se entiende- por pueblos que apenas conseguirán hacer de ella otra cosa que una pequeña península asiática.

No se trata, de otro lado, de mantener ningún pre-juicio sobre la viabilidad de una sociedad pluralista, también en materia religiosa. Varias minorías puede subsistir, por un tiempo, dentro de una civilización. Tarde o temprano, sin embargo, la mayoría acaba por imponerse, y puede permitir, o no, subsistir a los demás. No es posible convivir partiendo de principios originarios diferentes: ¿aceptaríamos vivir con personas que defiendan el matrimonio polígamo, o poliándrico; o con quienes sacrifiquen niños enfermos a sus ídolos; o que impongan la matanza de gemelos, por considerarlos una maldición?

Una última reflexión. Quizá sea la democracia la forma política de gobierno que requiera un arraigo más hondo de los ciudadanos en las raíces religiosas. Ya lo vio también Tocqueville, de quien recomiendo la lectura, al menos, del cap. 17 de su “Democracia en América”.

En esas páginas trata de la permanencia y necesidad de la religión en la democracia: “Los hombres tienen un inmenso interés en hacerse ideas muy claras sobre Dios, su alma, sus deberes generales para con su creador y sus semejantes; porque la duda sobre estos primeros puntos entregaría todas sus acciones al azar, y les condenaría, en cierta manera, al desorden y a la impotencia”.

“Por mi parte, dudo de que el hombre pueda soportar jamás, a la vez, una completa independencia religiosa y una total libertad política; y me inclino a pensar que, si no tiene fe, es necesaria que sirva; y, si es libre, que crea”.

 

El segundo camino

 La segunda perspectiva que el hombre europeo tiene delante de sí para preparar los fundamentos de una posible civilización, si no desea sostenerla en la unidad terrena y transcendente de la Religión, tiene dos caras:

La primera es continuar lo ya iniciado en algunos países, y que se limita prácticamente a desmantelar lo que todavía queda en pie de la civilización impregnada de cristianismo, y soñar con que sobre una libertad vacía de verdad y de fines, se pueda construir una cultura. O sea, asentar definitivamente el principio de reconocer legal cualquier movimiento de la  “querencia” humana, más que de la libertad y del deseo, sin límite alguno, ya que se supone que el límite lo pondrá el propio ser humano, aunque no haya seguridad alguna de que llegue a establecerlos.

Este desarrollo de la “querencia” humana, piensan, se dejará llevar por su propio empuje, porque actuar de cualquier manera en contra de sí misma, le llevaría a contradecirse, y a frustrarse.

Las consecuencias de este desarrollo las estamos comenzado a ver: hay quien pone como ejemplo “progresista” de nueva civilización el modelo que parece emerger en algunos lugares: familias homosexuales; aborto; eutanasia. O sea, la vida condenada a no trasmitirse, convertida en un puro y simple entretenimiento.

*                     *                      *                      *                      *

La segunda cara de esta misma perspectiva escoge una actitud más positiva y menos “fatalista”. No se trata sencillamente de destruir lo hecho hasta ahora, y con lo que no se está de acuerdo, sino de buscar una posición transcendente a la persona, no apoyada en la Religión y que no haga referencia directa a Dios; y que a la vez no se cierre en los márgenes del hombre. ¿Es posible esta alternativa?

En esta búsqueda de un fundamento del convivir social y político que no sea única y exclusivamente la libertad de cada hombre, algunos pretenden el recurso a una “ley natural” apoyada en sí misma, en un cierto consenso entre los humanos, que se supone estar de acuerdo sobre ellos mismos. Una especie de actualización de las consideraciones del “vicario” de Rousseau, en sus intentos de revalorizar la “religión natural”.

Una “ley natural” así concebida ha perdido el papel y la fuerza de que podía gozar, entre otros para el mismo Cicerón, antes de la muerte y de la Resurrección de Cristo. Y el motivo, aparte de que supondría el olvido de la existencia del mal, es claro; Cristo actúa en nuestra historia; no viene de paso a la tierra, y se marcha sin dejar rastro.

La ley natural ha de ser injertada en la redención de Cristo, como toda realidad del hombre, porque su transparencia también sufrió oscuridad a causa del pecado. Y, carente de redención, no abre en toda su amplitud los cauces para que haya acuerdo entre los hombres, entre los pecadores.

La profunda deshumanización del arte, de la cultura, la progresiva pérdida del sentido del vivir del hombre, que ha desembocado en un “individualismo” excluyente, y en una “globalización”, que podría llegar a no ser otra cosa que una “cultura anónima”, o sea, una “contra-cultura”, son una muestra visible de la ineficacia de esa “ley natural”.

Nos encontramos con el “hombre solo”, y el “hombre solo” no hace historia, y mucho menos cultura. El individualismo ciertamente acaba con la historia. Hombre solo, no aislado; en compañía pero sin saber que compartir con los demás aparte de un poco de entretenimiento, que no pasa de ser una intranscendente pérdida de tiempo.

Aparte del recurso a esa “ley natural”, el hombre occidental busca otros manantiales de una nueva cultura, sin haber encontrado hasta ahora ninguna “nueva tierra”.

 En su contradictoria fe ciega en la ciencia y en la técnica, y en su fe no menos ciega, de haber llegado al culmen de su desarrollo humano sabiéndose instalado en el ficticio estadio “científico” de Comte, todavía no ha tomado plena conciencia de la esterilidad social, espiritual,, artística, humana, de la libertad-vacía, de la libertad sin Verdad, que la realice.

La reciente Declaración Europa ha optado por tratar de subsanar estos vacíos y señalar al menos unos cauces para desarrollar las energías acumulado, en lo que algunos han dado en denominar “la religión de los ciudadanos de la humanidad”, basada en una serie de “derechos humanos”.

Curiosamente, estos “derechos humanos”, en la mente de algunos de sus defensores, han perdido todo vínculo con cualquier “ley natural”, y se consideran surgidos del simple poder del estado, del gobierno; y no de una concepción racional del hombre, del ser persona, de la familia, ni siquiera del poder mismo.

El definir cada una de esas realidades -que son las que dan verdadero sentido a los “derechos humanos”- queda a la libre interpretación individual, ¿con qué valor, y con qué vigencia?

Es imposible que se origine una civilización sin un concepto preciso de persona, y de familia, que hagan posible el desarrollo de una teoría sobre la autoridad, sobre la propiedad, sobre la misma vida. Y, repito, sin una verdadera definición de esas realidades, hasta la más completa lista de “derechos humanos” pierde fundamento y queda a la interpretación arbitraria del poder.

 El dilema actual

 Con estas perspectivas, algunos pensadores con una cierta nostalgia no de “lo absoluto”, sino de “el Absoluto”, llegan ya a plantearse en toda su simplicidad y crudeza, el dilema actual por excelencia; un dilema que requiere una solución, si se desea que el hombre vuelva a ser cultural, a desarrollarse culturalmente, y no convertirse en simple consumidor de “hechos”.

¿Libertad o vida? Ante el aborto -cuya “aceptación social” ha sido calificada por Julián Marias como “lo más grave que ha ocurrido en el siglo XX”-, ¿se defiende primero la vida del concebido, del nasciturus; o se decide la balanza por la libertad del padre o de la madre?. Y si alguien considera que se trata de un dilema inútil, surge otra pregunta, ¿puede llegar a ser creadora, e incluso puede llegar a nacer, una civilización contraria a la vida de sus propios componentes?

Y no planteo el dilema precisamente sobre el aborto por casualidad. El nacimiento de las nuevas personas que acabarán convirtiéndose también en nuevos ciudadanos, en nuevos realizadores de la cultura, es de importancia fundamental para cualquier proceso histórico. Si el hombre se desprende de su afán de supervivencia, la cultura carece completamente de sentido, y la civilización se convierte en una pasatiempo inútil, en espera de un final ya anunciado.

La esperanza sin embargo esta viva; no ha desaparecido del todo ese mecanismo de la supervivencia; y florece, entre otras manifestaciones, en gestos tan sencillos como el trato a los animales, las campañas para la abolición de la pena de muerte, el enconado empeño para mantener “vivas” las ruinas de las obras de nuestros antepasados.

¿Libertad o vida? ¿Por qué este dilema? ¿Por qué hemos llegado a enfrentar la libertad a la vida? ¿Hay tanto miedo a la vida que tenemos miedo de acogerla y amarla con libertad?

La oposición entre libertad y vida se basa en lo que en mi opinión es un doble y profundo engaño conceptual: considerar, y querer entender, la libertad completamente desvinculada de la realidad del hombre y del mundo; la libertad “inútil” del superhombre nietzscheano, que “es” lo que “hace”, sin importarle lo que “es”, ni pensar en lo que “hace”; y querer ver la vida desvinculada de su origen, de Dios; y la vida, abandonada a sí misma, pierde completamente su sentido.   

La nueva civilización europea está en germen en quienes quieran y se decidan a superar la contraposición y escoger a la vez, la libertad y la vida. Y preparen así un lugar en el que otros seres humanos puedan continuar viviendo. En definitiva, La libertad al servicio de la vida.

De este modo se aúnan el hombre -la libertad- y Dios -la Vida, en el desarrollo de la entera creación.

El último Ionesco lo vislumbró. A una larga pregunta, contestó con apenas dos líneas: “¿No observa usted una identidad más fuerte en Rusia y en los países del Este, en comparación con el mundo occidental? El problema de la identidad está estrechamente vinculado al del sentido, y parece que en Occidente cada vez menos sabemos quienes somos. Quizás ellos viven en el caos, pero saben muy bien quienes son”.

“Tal vez es así, respondió. Si la identidad no está construida sobre la metafísica y la religión, no tiene fuerza”.

*                     *                      *                      *                      *                      *

Quizá algún lector, llegado a este punto, pueda preguntarse si la “globalización” cambiará algún dato del dilema. Lo dudo. Y en otro escrito trataré de explicar el porqué.

Y tampoco descarto el surgir de otra cuestión: ¿por qué plantear un dilema tan radical, cuando siempre podremos transcurrir nuestro tiempo sobre la tierra sin mayores quebraderos de cabeza?

El engaño de fondo es claro. los quebraderos de cabeza no dejarán jamás de presentarse, y el hombre necesita mirarlos cara a cara, si quiere continuar haciendo historia.

Quizá hemos dejado de pensar con frecuencia en las grandes realidades del vivir y del morir de los hombres, y vale la pena volver a contemplar con una cierta objetividad y a distancia. Quizá, y vistos los avances realizados en descubrir “como” están hecho los hombres y las cosas, preferimos seguir navegando en la superficie, y no enfrentarnos con el misterio del “por qué existen”; y “por qué son así”.

Cualquier inicio de una civilización exige una vuelta a las “grandes cuestiones”; y la libertad y la vida, ciertamente, lo son.

                              Ernesto Juliá Díaz

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La perenne actualidad de Josemaria Escriva´

Mayo 6, 2010

La perenne actualidad de Josemaría Escrivá

 

PRESENTACiÓN

 

El atardecer estaba abriéndose ya camino. Para concluir unos trabajos, entré en una habitación amplia y bien aireada, que servía de despacho múltiple. En un ángulo, a la luz de un crepúsculo ya iniciado, Josemaría Escrivá estaba solo, en silencio, recogido en sus pensamientos, en sus oraciones.

 

Hice ademán de marcharme, y no interrumpir aquellos instantes de sosiego. Josemaría Escrivá me sugirió que me quedase con él, en compañía.

 

Pasaron apenas unos minutos, y comenzó a hablar y a hacerme partícipe de sus reflexiones. Estaba considerando el pasaje del Evangelio de San Lucas, que recoge la reacción y las palabras de Pedro, arrodillado ante Cristo después de la primera pesca milagrosa: “Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador”.

Josemaría Escrivá comentó que comprendía el estado de ánimo de San Pedro, deslumbrado por el milagro que acaba de contemplar, y a la vez, se daba cuenta de que él no podría decir al Señor nada semejante. La razón era clara: si se alejaba de Cristo, que era la Palabra y tenía palabras de vida eterna, ¿a quién iría?

 

Josemaría Escrivá ha sido un hombre que ha deseado, que ha buscado, y a quien se le ha concedido, donado, caminar con Cristo por los caminos de la tierra, todos los días de su vida. De “contemplativo itinerante”, le calificó Juan Pablo II el día en que lo beatificó.

*                     *                      *                      *                      *

Aclaro ya desde ahora que me ocuparé con preferencia de la persona; no de la obra, o mejor, no del contenido de la obra. Es cierto que Josemaría Escrivá está unido al Opus Dei en cuerpo y en alma; es cierto que Dios le ha dado vida para que fuera el fundador del Opus Dei; y es cierto también que él ha vivido siempre con el deseo de vivir en y con Dios, siendo Opus Dei.

Y si queremos hacernos con su persona, con lo más rico de su personalidad, de sí mismo, parece conveniente no subrayar en demasía su “entorno”, su ciudad natal, las circunstancias que acompañaron su vivir, la “herencia” recibida. Así, espero que consigamos conocer mejor al hombre que recibió el encargo de “hacer el Opus Dei, siendo él mismo Opus Dei”.

 

Cuando al final de sus días en la tierra, comentaba de sí mismo que él se veía com “un trapo sucio, enarbolado por Cristo como banderín de enganche”, venía a subrayar que el mejor modo de conocerle era el de descubrir la razón por la cual él ha existido en la tierra, la razón que sostuvo sus luchas, sus triunfos, sus fracasos, sus virtudes, la razón a la que ha servido con todas sus energías: la llamada recibida de Dios, para hacer el Opus Dei en la Iglesia.

 

El 2 de octubre de 1928 era un día preparado por Dios para llevar a cabo un nuevo gesto, que permitiría descubrir riquezas ya desveladas en la Encarnación de Cristo, pero que todavía no habían sido vislumbradas por los hombres en la variedad de perspectivas adecuadas. Y siguen quedando todavía muchas riquezas por vislumbrar.

 

 Dios necesitaba un hombre que reuniera, al menos, estas condiciones: un poco de Fe en Dios Padre, para creer en una nueva locura Suya; un poco de Amor a Dios Hijo, para estar dispuesto a dar su vida por Él; una gran docilidad al Espíritu Santo para poder repetir a lo largo de sus años en la tierra el “Hágase en mí según Tu palabra”.

 

Josemaría Escrivá había visto crecer en su alma de hombre joven la acción de la gracia divina, que lo iba preparando para recibir “algo”. En sus preguntas, en sus clamores -”ut videam, ut sit”, “que vea”, “que sea”-  están unidas esas condiciones: Fe, Caridad, Docilidad. La Esperanza echará raíces muy hondas en su espíritu una vez que la tarea divina que Dios le encomendó se enraizase en su alma.

 

Y aquí es necesario un parón, para dejar bien claro que el Josemaría Escrivá que estamos conmemorando, es incomprensible sin esa dependencia de Dios, sin la intervención y ayuda de la Virgen Santísima -a quien veneró con renovada ternura cada día y a quien acudía solicitándole un lugar en su regazo, para poder dormir en abandono de niño-, y mucho menos inteligible fuera de la Iglesia Católica.

 

Repito que no deseo situar al personaje en su entorno sociológico, familiar, geográfico, cultural, espiritual, sin desconocer, y mucho menos, desconsiderar, la influencia que todos esos “entornos” han tenido en su persona.

 

Al buen número de lectores interesados en esos detalles, me alegra poderles ya remitir a la lista de biografías que tratan de analizar los pormenores de la vida y de la obra de Josemaría Escrivá en la Iglesia. Biografías que resultarán más completas y enriquecedoras a medida que la visión adquiera el matiz que sólo el tiempo, y un cierto sentido histórico-crítico, consiguen dar; y alcanzarán, paso a paso, a poner de relieve el verdadero significado de la vida de Josemaría Escriva y su influencia en el mundo y en la Iglesia.

 

UN HOMBRE SORPRENDIDO

 

Dios no contempla los acontecimientos históricos de los hombres como los observamos nosotros. Sabemos sus planes de creación, de rendención, de santificación del hombre, de “todo” el hombre, y de “todos” los hombres; pero no conocemos la mente de Dios en el desarrollarse de esos planes, ni el modo divino para ir desvelando la riqueza insondable escondida en Cristo Jesús.

Y en este su actuar libre y tantas veces inesparado, Dios sorprende a los hombres. ¿Era una novedad el Opus Dei? Sin duda alguna; y quizá más que una novedad, fue una auténtica sorpresa que Dios quiso dar al mundo, y el primero que recibió la “sorpresa” fue el mismo Josemaría Escrivá. Para llevar a cabo una acción semejante, necesitaba un hombre capaz de “gestionar” una sorpresa semejante.

 

¿Que quería Dios? Y subrayo la pregunta, porque es patente que Josemaría Escrivá jamás hubiera “inventado” el Opus Dei. Ni inventarlo, ni descubrirlo, y mucho menos imaginarlo; ni humana ni espiritualmente; no obstante la agudeza de ingenio y la hondura de inteligencia de que gozaba, y la formación teológica y espiritual de que disponía. El ser consciente de esa verdad le acompaño a lo largo de toda su vida: le fortaleció, le alegró,

le consoló.

 

¿Por qué sorpresa, por qué novedad? ¿Era una novedad el Opus Dei? En 1928, como hoy, como en 1342, o en 2078, y también el año 2525, la novedad es y será siempre Cristo Jesús, Señor nuestro, Hijo de Dios, Perfecto Dios y perfecto hombre. Jamás el hombre agotará la novedad de Cristo, de la Encarnación del Hijo de Dios.

 

¿QUE QUERÍA DIOS?         

 

¿Por qué es importante en la Iglesia, Josemaría Escrivá? ¿Por qué Pablo VI, un papa que amó entrañablemente a Josemaría Escrivá, dijo de él que había sido uno de los hombres que más carismas había recibido del Cielo?

 

Ratzinger habla de Josemaría Escrivá como de “un don Quijote”. Por aventurarse a “enseñar en el mundo de hoy la humildad, la obediencia, la pureza, el desprendimiento de los bienes, la magnanimidad”.

 

Ciertamente esas palabras corresponden a la verdad; y es también cierto que hay que leerlas bien para entender al beato Josemaría Escrivá, porque se pueden aplicar a cualquier cristiano que trate de vivir con coherencia su  Fe en Jesucristo Hijo de Dios vivo. Si su misión hubiera sido ésa, toda su grandeza habría consistido en haber llegado a convertirse en un buen predicador, en un buen evangelizador, como sin duda lo fue.

 

El horizonte y la perspectiva de la “quijotada” de Josemaría Escrivá llevan escondida una dimensión mucho más amplia, y significativa vinculada a la “sorpresa” que Dios quería transmitir, y que el mismo Cardenal Ratzinger no dejó de subrayar en la misma ocasión, en la Eucaristía del 19 de Mayo de 1992, en honor del recién proclamado Beato.

 

“Josemaría Escrivá fue un heraldo de Cristo: el único camino digno del hombre. Su predicación era una invitación ardiente, dirigida a todos los cristianos, para que abriesen de par en par las puertas de su propia alma al Señor; para que supiesen comprender y aceptar el sentido vocacional de su existencia cristiana; para que colaborasen en la misión evangelizadora de la Iglesia“.

 

Los subrayados son míos, y he subrayado esas frases porque recogen el núcleo del espíritu -no de unas labores y trabajos concretos que debería realizar: hospitales, colegios, etc.-, con el que Dios sorprendió a Josemaría Escrivá, y le encargó transmitir a todos los hombres, y desde el seno de la Iglesia, al moverlo a fundar el Opus Dei.

 

Por su fe, por su amor, por su docilidad, Dios encontró en el alma de Josemaría Escrivá las condiciones requeridas para desarrollar la semilla que Él mismo había plantado en su corazón al crearle, y que le ha llevado a ese triple descubrimiento:

a) el abrir de par en par el alma al Señor; y no sólo el alma, todo su ser, trajo consigo ver con nueva luz la realidad de la Gracia -”verdadera participación de la naturaleza divina en el hombre”-; y descubrir la cercanía de Dios, cercanía que Josemaría Escrivá vivió con un profundo sentido de filiación y de libertad.

b) el comprender y aceptar el sentido vocacional de la existencia cristiana, con el vuelco tan grande que llevaba consigo del concepto de vocación, hasta entonces dado ya casi por completamente adquirido en la espiritualidad cristiana; le llevó a dar sentido a cualquier quehacer humano sobre la tierra, y muy especialmente, a vivir la cercanía de Dios en cualquier condición de la existencia humana: trabajo, descanso, vida social, familia, etc.; sin necesidad de establecer condiciones de espacio o de tiempo especiales.

c) al ver a todos los cristianos como colaboradores en la misión evangelizadora de la Iglesia; el fundador del Opus Dei entendió que esa misión iba unida inseparablemente al deseo de santidad, de vivir “con Cristo, por Cristo, en Cristo”, que late en la raíz de la vida cristiana, desde que Cristo nos indicó: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Sólo llevando en sí mismo la vida de Cristo, el cristiano podría ser evangelizador.

 

Es oportuno aclarar que ninguna de estas tres grandes luces cristiana es original de Josemaría Escrivá. La originalidad que el Espíritu Santo inspiró a Josemaría Escrivá fue la de engarzarlas, y fundar el Opus Dei, como paradigma -en ningún caso ni exclusivo ni monopolizador- de la posibilidad de vivirlas sobre la tierra, y para que su fulgor ni se apagase ni

languideciese en el mundo.

 

Si además de la persona, nos ocupásemos en estas líneas del contenido de la obra llevada a cabo por Josemaría Escrivá, tendríamos que introducir aquí un estudio más detallado del espíritu del Opus Dei y de su significado en la vida de la Iglesia.

Dejamos por ahora ese trabajo a otros escritores, o para otros escritos, además de los que ya hay sobre la materia, y nos limitamos apenas a desvelar ligeramente ese espíritu al considerar cómo reaccionó Josemaría Escrivá a ese encargo de Dios.

 

UN HOMBRE LLAMADO

 

Desde el primer momento, se dió cuenta de que no podía quedar pasivo ante una invitación tan perentoria; y se descubrió llamado personalmente a vivir lo que se le había comunicado; y vivirlo en cualquier circunstancia y en cualquier momento de su existencia.       

a) La Cercanía de Dios.

 

Josemaría Escrivá entiende que esta cercanía es la primera, y más inmediata, consecuencia de la Encarnación. Es una cercanía que se realiza en Cristo, en hacernos conocer nuestro nuevo modo de ser “hijos de Dios en Cristo”.

 

“Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado…Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos” (Camino,. n. 267).

 

Josemaría Escrivá trata de vivir esa cercanía de Dios como una cercanía familiar, y con la confianza plena y la libertad   de un hijo con su Padre. Y esa cercanía familiar origina una atmósfera en su espíritu que llena toda la vida del hijo.

 

Ha podido escribir con razón: “hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey” (Es Cristo que pasa, n. 181). Y con ese espíritu convierte en gloria de Dios el recoger unos trozos de papel caídos en el suelo, un tiempo de oración ante el Sagrario, un rato de conversación, un paseo por los pinares de los “Castelli Romani”.

 

Cercanía de Dios que Josemaría Escrivá, consciente y gozoso de “participar de la naturaleza divina”, que eso es la Gracia, vive con un redescubierto espíritu de ser “hijo de Dios”, espíritu del que él mismo afirma: “La filiación divina es el fundamento del espíritu del Opus Dei” (Es Cristo que pasa, 64). Filiación divina que es “una verdad gozosa, un misterio consolador” (ib. 65). Y subraya: “Todos los hombres son hijos de Dios. Pero un hijo puede reaccionar, frente a su padre, de muchas maneras. Hay que esforzarse por ser hijos que procuran darse cuenta de que el Señor, al querernos como hijos, ha hecho que vivamos en su casa, en medio de este mundo, que seamos de su familia, que lo suyo sea nuestro y lo nuestro suyo, que tengamos esa familiaridad y confianza con El que nos hace pedir, como el niño pequeño, ¡la luna!” (ib. 64).

 

Una nueva luz para leer el Evangelio, le descubrió más y más facetas de esa “cercanía” de Dios. Dios es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, había dicho San Agustín. A Josemaría Escrivá le correspondió la misión de rastrear esa cercanía en todos los rincones de la tierra. No por azar habla de los sacramentos como “huellas de Cristo”, y este párrafo del Decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes, del 9 de abril de 1990, habrá sido especialmente de su agrado:

 

“Entre la variedad de caminos de santidad cristiana, la vía recorrida por el Siervo de Dios (Josemaría Escrivá) manifiesta, con particular transparencia, toda la radicalidad de la vocación bautismal”. La novedad del Opus Dei y la sorpresa de Dios venía de antiguo: la realidad santificadora de los sacramentos, de los siete sacramentos, sin excluir ninguno, que Josemaría Escrivá recibió una luz especial para recordarlo a los cristianos.

 

¿Dónde encontrar al Señor cada día?  ¿Cómo abrir de par en par las puertas del alma a Dios, para dejarlo entrar en ella? En la Eucaristía, en la Santa Misa, que sin dejar de ser considerada como una obligación en la vida del cristiano, se convierte en el centro y la raíz de la vida interior, y el cristiano ha de convertir su día en una Misa.

 

La Confesión, Penitencia además de ser el sacramento de la Reconciliación con Dios, hace posible revestirse de Cristo: “‘Induimini Dominum Iesum Christum’ -revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, decía San Pablo a los Romanos. -En el Sacramento de la Penitencia es donde tú y yo nos revestimos de Jesucristo y de sus merecimientos” (Camino, 310).

 

Cercanía de Dios que Josemaría Escrivá -”contemplativo itinerante”, repito, que “sueña” que los hombres lleguemos a ser “contemplativos de Dios en medio del mundo” - desentraña particularmente y con acentos decididamente nuevos, el significado vocacional y santificador del Matrimonio, del vivir la Familia: “El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social…: es una auténtica vocación sobrenatural…:signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra” (Es Cristo que pasa, n. 23).

 

b) El sentido vocacional de la existencia humana

 

Es ésta otra verdad -latente también en la Encarnación del Hijo de Dios, y originada y arraigada en la filiación divina-, que Josemaría Escrivá ha ayudado a aclarar definitivamente, en el seno de la Iglesia, en la teología espiritual, y de la que todavía quedan muchas consecuencias y conclusiones que sacar.

 

“Fijate bien: hay muchos hombre y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro.

Les llama a una vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección, a una vida eterna” (Forja, 13).             

 

¿Podemos resumir en pocas palabras la misión de Josemaría Escrivá en la tierra, en el seno de la Iglesia, y ante todos los hombres? Pienso que sí, y me atrevería a hacerlo de este modo.

 

Al recordar el sentido vocacional de la existencia humana, al afirmar que el nacimiento de todo hombre corresponde a una llamada de Dios, personal, única e irrepetible, Josemaría Escrivá pone al hombre ante la grandeza de ser criatura de Dios; ante la grandeza de ser cristiano, hijo de Dios; y manifiesta al cristiano la alegría y la grandeza de ser santo: de vivir por Cristo, en Cristo, con Cristo.

 

O sea; la grandeza que se encierra en la alegría de ser hombre, siendo cristiano que anhela ser santo. ¿Puras palabras, bonitas para hacer un póster y decorar una pared del despacho? No diría. Son palabras que manifiestan el fruto de desvelar en profundidad algo del misterio, inalcanzable al entendimiento humano, de la Encarnación del Hijo de Dios.

 

El Concilio Vaticano II lo dijo de forma inequívoca: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes, 22). A Josemaría Escrivá le correspondió el papel de convertir, desde 1928, esta verdad en una realidad viva.

 

El sentido vocacional de la existencia humana es la lógica consecuencia de esta unión de Dios con cada hombre, que Josemaría Escrivá ha aplicado al “hombre total”.

 

No es éste el momento de adentrarnos en el papel que juegan las virtudes humanas en la vida y en las enseñanzas del fundador del Opus Dei. Para la finalidad de estas líneas basta recoger una cita suya, y un comentario de Cornelio Fabro.

 

“Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocaría las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros” (Amigos de Dios, n. 74).

 

Y comenta Cornelio Fabro: “Así pues, la vida del cristiano debe consistir en una armonía de las virtudes humano-naturales y cristiano-sobrenaturales, no por una yuxtaposición postiza y artificial, sino por una elevación que es el efecto de la abnegación y la generosidad”.

 

UN HOMBRE ENVIADO    

 

Asentada en su espíritu la verdad de ser hijo de Dios, y de ser llamado a vivir con Cristo, por Cristo, en Cristo; adquiere toda su luz la conciencia de ser un hombre enviado en medio del mundo, para llevar a cabo la misión de Cristo. De ahí el tercer gran descubrimiento, que Josemaría Escrivá aplica, como los dos anteriores, a todos los cristianos.

 

c) Colaborar en la misión evangelizadora de la Iglesia.

 

“Este mensaje de santificación en y desde las realidades terrenas se muestra providencialmente actual” ha comentado un muy buen teólogo al considerar la realidad del Opus Dei, y añadió: “Al desafio de la secularización, la Iglesia responde con Escrivà de la manera más radical y eficaz: no atrincherando al cristiano detrás de una barricada construida para defenderlo y tampoco enviándolo ingenuamente a abrazar una cultura hecha para cancelarlo; sino afirmando que la Encarnación del Verbo es el fundamento perennemente actual y operante de la transformación en Cristo del hombre, y a través del trabajo del hombre, de toda la creación”.

 

Josemaría Escrivá no piensa primero en la “secularización de la sociedad, e inventa después el Opus Dei. El primero que habla es Dios, que le descubre un misterio divino escondido durante siglos.

 

La novedad es Cristo viviendo en cada cristiano, ese Cristo tantas veces dormido en todo hombre de “buena voluntad” que el Opus Dei tiene la misión divina de despertar. Y lo despierta, recordando que todo cristiano ha de ser un apóstol, un evangelizador, no un predicador, ni un recordador de doctrinas, sino alguien que haga: “de su vida diaria un testimonio de fe, de esperanza y de caridad; testimonio sencillo, normal, sin necesidad de manifestaciones aparatosas, poniendo de relieve -con la coherencia de su vida- la constante presencia de la Iglesia en el mundo, ya que todos los católicos son ellos mismos Iglesia, pues son miembros con pleno derecho del único Pueblo de Dios” (Es Cristo que pasa, n. 53).

 

CON FE, CON LIBERTAD, CON AMOR: UN HOMBRE LIBRE Y ENAMORADO

 

Sacar adelante esta tarea era, ciertamente, labor ardua e ingente, sobre todo por la necesidad de mantener la calma y la tranquilidad, para no desviarse en el espíritu recibido, ni a derecha ni a izquierda.

 

Dios necesitaba preparar un hombre capaz de gozarse siendo criatura ante el Creador; de gozarse siendo hijo ante su Padre Dios; un hombre dispuesto a amar a Dios y a los hombres en el corazón de Cristo, y gozarse en ser enviado. Un hombre de fe, en definitiva, en condiciones de crecer todos los días en libertad y en amor.

 

En una palabra un hombre libre, muy normal, dispuesto a morirse amando, y por amor. Y es cierto que es necesaria mucha libertad de espíritu para ser un hombre normal; y la libertad de espíritu sólo puede llegar a enraizarse sostenida por la fe.

 

El Señor fue haciendo esa labor en el alma de Josemaría Escrivá armoniosa y pausadamente; dándole luces para enraizarle más hondamente en la conciencia de ser hijo de Dios, a la vez que permitía fracasos, rectificaciones y vueltas a comenzar en la tarea de asentar el Opus Dei. Y todo, guiándole por caminos de libertad.

 

Se subraya quizá poco el vínculo ontológico y vital de Josemaría Escrivá con la libertad; y mucho me temo que ni siquiera él haya conseguido explicar claramente por escrito esa ligazón que tan bien ha vivido personal y cotidianamente. Es cierto que lo ha intentado y de manera admirable en su homilías “El respeto cristiano a la persona y a su libertad” y, especialmente, en “La libertad, don de Dios”.

 

“Es una palabra -la libertad- que tengo en el corazón, en la boca y en las obras. Sin libertad no podemos agradar a Dios; sin libertad no podemos obtener el cielo; sin libertad no podemos amar; sin libertad somos como una cosa: la razón no nos serviría para nada. En la libertad de la gloria de los hijos de Dios“(Josemaría Escrivá. Reunión con sacerdotes, 1974).

 

“Sin libertad, señala en otro texto, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana” (Es Cristo que pasa, n. 184)

 

            La libertad fue una tensión suprema en el espíritu de Josemaría Escrivá, que le llamó y le sostuvo en la dedicación de todo su ser y de toda su vida en el servicio a Dios, por amor.

 

Cornelio Fabro, filósofo y teólogo, quizá una de las personas que mejor ha entendido la libertad de Josemaría Escrivá, ha escrito que: “no se trata de un libertad de repetición, y ni siquiera de pura imitación; sino de un empeño creador que está unido una y otra vez a los manantiales de la Fe”.

 

Yo diría más: a los manantiales de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad. Josemaría Escrivá fue un auténtico pregonero y apóstol del “porque me da la gana” -la razón más sobrenatural-; que no es un voluntarismo vacío; sino una profunda manifestación de amor: es la libertad del hombre que se une a la libertad de Dios, porque lo ama como hijo, y descubre el amor que Dios ha tenido con nosotros al crearnos en libertad, con libertad y concedernos la gracia de ser libres.

 

Josemaría Escrivá es y será siempre una novedad, porque es un hombre que ha comprendido que la libertad es siempre actual; y no una libertad que se podría limitar a las libertades en el campo social, cultural, político, etc., libertades obvias, de otro lado, en el contexto vital occidental de hoy.

 

Josemaría Escrivá  entendió que la libertad no es puro ejercicio de facultades, ni el empleo de la capacidad de elección entre las distintas posibilidades vitales que se le presentan al hombre.  Comprendió que la libertad y la verdad son inseparables, si se quiere pensar en el “hombre total”; y que “la verdad os hará libre”; y ha creído que la Verdad tiene un nombre: Cristo Jesús”; por eso habla siempre de la libertad “con la que Cristo nos liberó”, de la “libertad que Cristo nos alcanzó en la Cruz y en la Resurrección”.

 

Libertad vivida con Dios y con los hombres. Libertad en las quejas y en las peticiones al Señor, en la adoración. Libertad ante la autoridad eclesiástica y civil, en defensa siempre del espíritu recibido, de los derechos de Dios. Libertad con los hombres, al no pretender jamás imponerse innecesariamente ni siquiera a sus más cercanos colaboradores, y a no imponer su propia vida espiritual a los demás. Libertad en el amor a Dios como hijo pródigo; y libertad de corazón enamorado que sabe vencer la vergüenza de declarar su amor. Libertad de servir a todos, y libertad de expresar su agradecimiento y cariño, arrodillándose ante una campesina mejicana de rodillas ante él, para besarle la mano y devolverle la manifestación de afecto.

*                     *                      *                      *                      *                      *

Con la libertad, el amor. Tampoco es muy corriente hablar de amor al comentar aspectos de la vida de Josemaría Escrivá; y me temo que tampoco en este caso él mismo consiga descubrir en sus escritos la grandeza de su corazón. Un corazón que sabía llorar ante el dolor ajeno, y que sabía participar en la pena de un hijo suyo por la muerte de su madre, dándole dos besos “que su madre le enviaba desde el cielo”.

 

 “No me gusta hablar de temor, porque lo que mueve al cristiano es la Caridad de Dios, que se nos ha manifestado en Cristo y que nos enseña a amar a todos los hombres y a la creación entera;…Jesús pasa a nuestro lado y espera de nosotros -hoy, ahora- una gran mudanza…Nos llama a cada uno por nuestro nombre, con el apelativo familiar con el que nos llaman las personas que nos quieren. La ternura de Jesús, por nosotros, no cabe en palabras…Cristo nos quiere con el cariño inagotable que cabe en su Corazón de Dios”. (Es Cristo que pasa, 59) “La Trinidad se ha enamorado del hombre” (ib. n. 84).

 

Quizá es una faceta que el gran público conoce poco de su personalidad; no obstante algunos escritos que estudian este tema, y entre ellos, dos artículos de quienes le han seguido a la cabeza del Opus Dei, Alvaro del Portillo y Javier Echevarría.  Ciertamente puedo asegurar que Josemaría Escrivá fue un hombre verdaderamente enamorado de Dios, de la Santísima Virgen y de los hombres.

 

UNA ÚLTIMA PREGUNTA

 

¿Llegó a realizar Josemaría Escrivá la misión a la que fue llamado? ¿Su cercanía a Dios, el sentido vocacional de su vida; el saberse sorprendido y llamado a ser hijo de Dios…, le hicieron posible llevar a cabo la labor encomendada?

 

Lástima que a semejante pregunta nos tengamos que contentar, en esta ocasión, con apenas un esbozo de respuesta.

 

Quizá no sea muy osado pensar que está más allá de los límites del ser humano el poder llevar a cabo con toda plenitud,

cualquier misión encomendada por Dios a un hombre, a una mujer. Y, especialmente cuando se trata, como en este caso, de reverdecer un espíritu “viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo”, vivido con tanta fidelidad ya por los primeros cristianos.

 

 Y esto, porque toda “misión”, encargo de Dios, comporta dos facetas: la primera realizar lo mandado; la segunda, convertirse en Cristo, al llevarlo a cabo.

 

La primera faceta es quizá más asequible, siempre con la conciencia, muy clara en los fundadores, y ciertamente en Josemaría Escrivá, de la verdad de las palabras de San Pablo: “Yo planté, Apolo regó: pero quien dió el incremento fue Dios. Ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios que da el incremento” (I Cor, 3, 6-7).

 

La segunda faceta es más ardua de dilucidar. ¿Hay acaso alguna criatura, salva siempre la Santísima Virgen María, que pueda decir que ha cumplido en todo la voluntad de Dios, y que se ha convertido plenamente según el corazón de Cristo, en Cristo mismo?

 

A la primera faceta de la pregunta que hemos formulado, Josemaría Escrivá -aun siendo, verdaderamente, un “instrumento fidelísimo para fundar el Opus Dei”, transmitiendo íntegro el espíritu recibido, y dejándolo, en palabra suya, “esculpido”-  hubiera respondido quizá con una sonrisa, diciendo: “Para Dios toda la gloria”.

 

A la segunda faceta, su respuesta hubiera sido claramente un No. “Me voy a morir sin haber aprendido las lecciones de amor que Dios me ha dado”, comentó pocos días antes de su muerte. Y esto, sin empacho de reconocer y de admitir que Dios había hecho algo maravilloso contando con él.

 

“Todo está hecho; todo está por hacer”, eran las palabras de sus últimos días, a propósito de la obra que se la había encargado. Él sabía muy bien que los trabajos encomendados por Dios no se dejan siquiera a medio terminar: el hombre apenas consigue iniciarlos.

 

 Pienso -con libertad y amor- que la respuesta de Dios ha  sido afirmativa. Como buen y dócil fundador, al implantar el Opus Dei encontró dificultades…y vio germinar la semilla aun en campos que invitaban a la esterilidad plena: así se convenció de que todo era de Dios, y nada suyo: su corazón vivía en el Corazón de Cristo.

 

Juan Pablo II lo dijo con palabras entrañables: “El Señor le concedió contemplar, ya durante su vida terrena, frutos alentadores de su apostolado, que Josemaría Escrivá atribuía exclusivamente a la bondad divina, considerándose siempre un “instrumento inepto y sordo” y dando prueba de una humildad extraordinaria, hasta el punto de que, al final de su existencia, se veía “como un niño que balbucea” (18 de mayo 1992).

 

Alguien puede preguntarse cómo se puede afirmar que Josemaría Escrivá ha llevado a cabo la primera faceta de la misión, si no alcanzó a obtener de la Santa Sede la solución jurídica definitiva para el Opus Dei.

 

La cuestión es, sin duda, pertinente; y por serlo, la respuesta puede servir para subrayar que Josemaría Escrivá recibe  el Opus Dei de Dios. Y así lo reconoce, cuando toma conciencia de que esos son los planes de Dios; que él se morirá sin verlo, y que hijos suyos llevarán a cabo lo que él ha vislumbrado y ha dejado por escrito. Y lo reconoce con gozo; porque sabe que de esta manera Dios reafirma una vez más que el Opus Dei es obra suya, y que él ha servido “como trapo sucio”, de banderín de enganche; y como sobre que lleva una carta, que sirve para que no se altere ni el contenido ni la escritura del mensaje.

 

Josemaría Escrivá, buen conocedor de la Escritura, meditó muchas veces el pasaje de Moisés contemplando desde la altura del monte Nebo, en compañía de Yavé, la tierra prometida.

 

LAS RAÍCES DE LA PERENNIDAD

 

Josemaría Escrivá es, y será, perennemente actual no por las obras que ha impulsado acá y allá, en el universo mundo, desde la universidad de Navarra, hasta Warrane College en Sidney, Australia; Seiko Institute en Osaka, Japón; Kianda College en Nairobi, Kenya; la Universidad de la Sabana en Bogotá, Colombia; sino  porque lo que vivió y predicó no pierde nunca actualidad. El hombre no deja nunca de ser criatura, de estar abierto a Dios, a Cristo, de ser llamado a ser santo. Y el Opus Dei existe para recordarlo a lo largo de los tiempos, en todas las circunstancias del vivir de los hombres, de todos los hombres.

 

Es, y será, actual más que por haber fundado un “camino de santidad”; por haber recordado a los hombres que están abiertos todos “los caminos divinos -de santidad- de la tierra”; es más, que todos los caminos de la tierra pueden ser caminos de santidad, caminos al cielo.

 

Encarnó un espíritu que él sabía que no era suyo, que era de Dios, que cada ser humano, cada cristiano está llamado a encarnar personalmente, “ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia via espiritual -son infinitas-, en medio de los afanes del mundo” (Amigos de Dios, n. 308).

 

Con ese espíritu, Josemaría Escrivá enseñó al cristiano a “trabajar con la alegría de quien se sabe hijo de Dios”. A trabajar consciente de estar en la “casa de su Padre”, de hacer posible que toda la creación dé gloria a Dios; y con el afán de recuperar el mundo para Dios y para el hombre, y gozar con Dios de la misma creación. “La creación espera la manifestación de los hijos de Dios”. De ahí, “santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el trabajo”.

 

Y el hombre, con el horizonte de ser santo, consigue desarrollar las raíces humanas y divinas de su espíritu, y  manifestar la grandeza divina y humana de vivir según el orden de Dios Creador, y más allá de cualquier fundamentalismo e integrismo, los verdaderos pilares de la vida humana: la Persona; la Familia; la Sociedad al servicio del hombre; la Profesión, el trabajo.

 

En cierto modo, el Opus Dei viene a ser como un adelanto en la tierra de la realización del sueño de San Pablo, de ver todas las cosas sometidas a Cristo y, “entonces el mismo Hijo se sujetará a quien a Él todo lo sometió, para que sea Dios todo en todo” (1 Cor, 15, 28)

*                     *                      *                      *                      *                      *

Comenzamos diciendo que íbamos a dejar a un lado el contenido de la obra de Josemaría Escrivá, el Opus Dei; y, en el camino, quien da la impresión de habérsenos perdido es Josemaría Escrivá: ése es su triunfo; ésa es su gran personalidad. Quizá no podría haber sido de otra manera, en un hombre que vivió con libertad y confianza, en un deslumbramiento divino y humano, la “cercanía” de Cristo.

 

Y esa “cercanía” le hizo comprender, y vivir, las palabras de Juan el Bautista: “Conviene que Él crezca, y que yo disminuya”.

 

Ernesto Juliá Díaz

 

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Biografía

Ernesto Juliá Díaz (Ferrol, 1934). Abogado y ordenado sacerdote en 1962, su labor pastoral le ha llevado a distintos países del mundo: Italia, donde ha residido desde 1956 hasta 1992, Australia, Filipinas, Taiwan, Kenya, Nigeria, Estados Unidos, Puerto Rico, Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, Portugal, Suiza. Ha escrito en medios de comunicación italianos y españoles. Colaboró semanalmente en ABC durante ocho años. Ha publicado varios coleccionables en “Mundo Cristiano”. Ha participado en congresos y reuniones de espiritualidad, con profesores de la talla de Giovanni Colombo, Ignacio de la Potterie; Hans Urs von Baltasar, Inos Biffi, José Luis Illanes, Eugenio Corecco, etc. Tiene entre otros libros: Un anhelo de vida y El renacer de cada día. Ensayos y relatos breves además de varios libros de espiritualidad: Reflexiones sobre la Navidad, Cuatro encuentros con Cristo, Con Cristo resucitado. Y algunas ediciones de bolsillo como Josemaría Escrivá: vivencias y recuerdos, Conversiones de un santo, Porque casarse en la Iglesia y Letanías de la Virgen. En el año 2008 publicó también, Confesiones de Judas y La Biblia. Una lectura para cada día del año. En Cobel Ediciones ha publicado recientemente "Anotaciones de un converso. Cronica de un re-encuentro con Dios Padre".

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