¿Un comentario ateo, agnóstico?

Febrero 1, 2012

¿Un comentario ateo, agnóstico?

 

Quizá resulte un poco extraño, pero quiero dedicar estas líneas a un comentario que un ser humano que se nombra “genaro”, así, en minúscula, ha hecho a mi último escrito en esta tribuna- “Religión, moral, cultura”.

            “Lamento discrepar al 100% con su enorme FE en el cristianismo y en la religión en general. ¿De qué dios habla de entre los centenares que han sido utilizados para manejar a los hombres desde sus temores, miedos e ignorancia? ¿Un dios que necesita “encarnarse” en un hombre? ¿Qué dios es ese y qué pobres poderes tiene? ¿Copiando a otros que a través de su poder terrenal y humano se llegaron a creer dioses? Un dios, que necesita dividirse y fraccionarse para poder ser explicado?”. genaro.

              De entrada le agradezco que llame “enorme” a mi Fe; y enseguida quiero aclararle que mi Fe no se refiere ni al “cristianismo” ni a la “religión en general”, términos que siempre pueden ser entendidos y manejados de maneras muy diferentes. Mi Fe es en Cristo, en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre; y origen ciertamente del “cristianismo”, y en Él, en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; y en la Iglesia por Él fundada.

             Al hablar de Dios no hablo de un pequeño ídolo fabricado por hombres, uno de esos “centenares de dioses”, que pululan por doquier cuando nuestros ojos no soportan la Luz verdadera. No.  Hablo de Dios Uno y Trino, el único Dios.

             Es cierto que los hombres hemos utilizado, no a Dios, a quien nadie puede “utilizar”, pero sí a su Santo Nombre, para enfrentarnos los unos a los otros. Le hemos “utilizado” para cubrir nuestras miserias y nuestros pecados. Él ha tomado sobre Sí nuestros pecados, nuestras miserias, para ofrecernos una libertad, que sólo en libertad de amor podemos acoger y aceptar. Y somos tan “miserables” que a veces no aceptamos el don.

             “¿Un dios que necesita “encarnarse” en un hombre?” La “nostalgia de Dios” que palpita en todo corazón humano, me parece que ha traicionado la pluma de “genaro”. No. Dios no necesita encarnarse en un hombre. Dios, el Hijo de Dios, Jesucristo, ha querido “nacer hombre”, sin dejar de ser Dios. Y, no por necesidad, sino por Amor.

                Y ha querido, también es verdad, tener “pobres poderes”, Él que es Todopoderoso, que es el Creador del Mundo, porque espera que el poder de su Amor atraiga hacía Él, que es la Luz del mundo, a toda  inteligencia que lo busca; a toda pupila que lo mira; a todo corazón que le manifiesta su amor, su arrepentimiento, al contemplarlo clavado en la Cruz, sereno, dando Su Paz.

               No “copia a nadie”. Los pobres hombres que han caído en la trampa del “poder terrenal”, no hay llegado nunca a “añadir un palmo a su estatura”. A lo más que han llegado es a la locura. Y no precisamente a la “locura” del Amor en la Cruz; a la “locura” de todo el poder de Dios, en la Resurrección. Y tampoco a la locura nerviosa de enfermedad. No. Han caído en la locura de despreciarse a sí mismo, de suicidarse, al no soportar el vacío de su  propia miseria.

               Dios no necesita ni “dividirse ni fraccionarse para ser explicado”. Él sabe que su Amor no cabe en el corazón de ningún ser humano. Él sabe que nunca le entenderemos del todo; que nunca comprenderemos su locura de hacerse Pan, Alimento, para caminar con los hombres en la Eucaristía. Él quiere saciar nuestra “hambre”; quiere calmar nuestra “sed”. Y sabe que no hay alimento, ni bebida en la tierra que pueda saciar el espíritu del hombre, creado para gozar de Dios, en Dios, con Dios.

              Esa “criatura” que Él ha creado, para que un día descubra el tesoro encerrado en la vida de cada hombre; ese tesoro que el Buen Ladrón nos descubrió en la Cruz: la fuerza, la humildad, de rogar a Cristo moribundo: “Acuérdate de Mí cuando estés en Tu reino”.

             Lo reconozco. Genaro me ha recordado a esos “agnósticos” de quienes decía Benedicto XVI, que están intranquilos porque todavía no han encontrado a Dios; y siguen buscándolo.  Y quizá Genaro sepa que el Señor “se hace el encontradizo con quienes le buscan”.

                                                           Ernesto Juliá Díaz

                                                           ernesto.julia@diaz

 

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Conservador, progresista, ¿quién es quién?

Febrero 1, 2012

Conservador, progresista, ¿quién es quién?     

Vaya por adelantado que estas palabras, en si mismas, pueden tener muchos significados, y en ocasiones apenas tienen el menor sentido. Con esta advertencia, continúo.

Es corriente presentar la situación actual de la sociedad occidental contemporánea como una convivencia-enfrentamiento, de dos corrientes de pensamiento y de conducta, de ideas y de moral podemos decir, que responden al calificativo de Conservadora y de Progresista.

La corriente progresista sería la de quienes utilizan todos los medios a su alcance para propagar, e imponer si fuera el caso, el aborto, la sexualidad al antojo de cada quien, la pluralidad de formas de uniones entre hombres y mujeres, con la supresión real de la familia; el “relativismo” moral; o sea, no moral de ninguna clase; el rechazo de cualquier verdad, que sería vista como un obstáculo al desarrollo de la libertad del hombre.

La corriente conservadora sería la que sostiene el amor a la vida, el derecho del que va a nacer; la grandeza de la familia creada por una mujer y un hombre, con proyecto de vida para siempre; una orientación moral que ayude al hombre a seguir su camino; la aceptación, por haberla descubierto en la realidad, de una verdad que sería guía para la libre actuación del hombre.

Y todo esto, más allá de la configuración de partidos políticos, grupos sociales, planteamientos económicos, industriales; asociaciones, etc., que usan esos nombres, aunque sus programas de actuación no correspondan al contenido de esos enunciados.

Como las fronteras no están bien delimitadas; y no es difícil, por ejemplo, personas que sigan la corriente llamada “conservadora”; y a la vez, no sean conscientes de lo que realmente lleva consigo la corriente llamada “progresista” -”que cada uno haga lo que quiera, dicen”. Todo esto origina una desorientación que cualquiera de nosotros puede apreciar en el ámbito de sus amistades.

Yo me pregunto, ¿qué puede significar “progreso” para personas que promueven ahogar el nacer de la vida; destrozan el origen de la vida; atentan contra la familia, manantial de amor en el mundo; y no aceptan ninguna “verdad” que pueda orientar su vida?

El hombre es un ser histórico, que nace, se desarrolla, crece, madura y muere. Si no “conserva” su primer principio, se destroza -por eso es tan necesaria la defensa del embrión-; si quiere desarrollarse en otra dirección que la que le permiten sus capacidades, pierde el camino. A mi, por ejemplo, jamás se me hubiera ocurrido ser “matemático”. Crece y madura, libremente, en una dirección: origina una familia -porque conserva su amor-, no diez; trabaja en una profesión- porque conserva lo que ha aprendido-, quizá en dos, pero no en quince. Y viviendo así, progresa, camina hacia adelante.

Sin vida, sin familia, sin una luz en la inteligencia -”verdad”, sin una orientación en la conducta -moral-, no se avanza, no se “progresa”. Hasta el Diccionario de la Real Academia señala la primera acepción e la palabra “progreso”, como una “acción de ir hacia adelante”.

¿Va hacia “adelante” quien defiende el derecho a matar a los niños en el seno materno? ¿Va hacia “adelante” quien corta el crecimiento de las futuras generaciones destrozando la familia? ¿Se puede vivir en paz en una sociedad en la que el respeto a la persona, a la dignidad de la persona, apenas tiene amparo en la ley?

Cuando la batalla del lenguaje es tan importante como lo es hoy, no cedería sin más en el uso de palabras que sugieren un contenido, y a la vez pueden encerrar otro contrario. Los que se proclaman “progresistas” no lo son, ni tampoco son avanzados, sencillamente porque no tienen ningún futuro, porque son “estériles”. Y los que denominan “conservadores” son gente que no ha de limitarse a mantener en pie una serie de “tradiciones”, sin más. Su horizonte es originar siempre nueva vida, asentada en la “tradición”, conscientes, como recordaba un conocido historiador, de que lo que no se asiente en la “tradición” nunca será “moderno”. Y la historia no deja de enseñarnos esta lección

La mente que anhela un “progreso”, ama la vida, defiende la vida. Muchas civilizaciones han cerrado su ciclo abortando a sus hijos. Ninguna civilización ha nacido deshaciendo familias y ahogando, en su origen, el latir del corazón de una criatura.

Ernesto Juliá Díaz

ernesto.julia@gmail.com

 

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Religión, moral, cultura

Enero 11, 2012

 

Religión, moral, cultura

 

 

He modificado el orden de las palabras que dieron título al artículo anterior. Y pienso que el cambio tiene sentido. Ya lo consideramos, y es dato de experiencia. La cultura no surge por sí misma, ni se explica a sí misma; y mucho menos la moral. Moral y cultura están al servicio de la realización plena del hombre; y el hombre sin la relación con Dios es incomprensible.

Es natural que ni Europa, ni España vuelvan a ser lo que fueron un tiempo. Las civilizaciones desaparecen, y las naciones y el conjunto de naciones también. Los territorios, sin embargo, permanecen, y  las tierras vuelven a florecer. ¿Surgirá una nueva cultura?

“El retorno de la tradición cristiana histórica devolvería a nuestra civilización la fuerza moral que necesita para dominar las circunstancias externas y evitar los peligros de la actual situación. Hemos visto que la ciencia es incapaz de realizar todas sus vastas potencialidades para la organización y la transformación de la existencia humana, a menos que sea dirigida por un propósito moral que no posee en sí misma. Y puede hallar esta fuerza dinámica en una verdadera religión histórica como el Cristianismo, mejor que en cualquier religión de ciencia, simple deux ex machina, carente de vitalidad espiritual, para la solución de un problema intelectual temporal”.

Christopher Dawson no tendría inconveniente en volver a escribir esta misma consideración, años después de la primera edición de su obra -Progress and Religion-, en 1929. Sencillamente, porque es bien consciente y así lo subrayó en otro de sus grandes estudios sobre “Religión y Cultura”, de que toda sociedad culturalmente vital debe poseer una religión que impregne su forma cultural, y que el problema del desarrollo y cambios sociales tiene que ser estudiados en relación con el factor religioso.

No hemos de olvidar, por otra parte, que el desarrollo de las culturas no es un proceso lineal y siempre a mejor, como consideraron los teóricos del progreso que hemos padecido, y muy cruelmente, en los últimos años y especialmente a lo largo de dos siglos. Las realidades técnicas y mejoras de bienestar social -muy de agradecer- no han sido acompañadas en absoluto por una mejora del nivel humano y cultural, y espiritual de las personas.

Olegario González de Cardedal, en el artículo que estamos comentando, se enfrenta con la necesidad de vivificar el entramado cultural en el que Europa y España se desenvuelven actualmente. Y subrayando el peso de la religión en todo este proceso, escribe:

“El cristianismo se encuentra hoy ante situaciones nuevas: una exculturación del legado simbólico católico; un pluralismo antropológico que renuncia a elementos esenciales comunes de lo humanos; una posmodernidad que recorta los horizontes de Absoluto para concentrarse en el instante, el individuo, los dioses inmediatos del poder, del placer, de la sensación y de la función; un renacimiento salvaje de lo religioso identificado con lo mítico, lo visceral, lo abismático, lo divino, lo telúrico, pero con rechazo simultáneo del Dios personal e histórico, del Dios libertad y gracia, el único que es digno del hombre”

Y añade a esa consideración sobre la que vamos a parar nuestra atención:

“A la Iglesia le es necesario elaborar un pensamiento, lenguaje y signos que sean inteligibles y creíbles en la nueva cultura”. Yo me pregunto: ¿qué cultura? ¿existe verdaderamente hoy en Europa y en España una verdadera cultura , unos principios de actuación, de comportamiento, en la vida social, política, de relación y educación, aceptados por todos, y en el que todos nos entendamos?

“Esta hora es un reto también para la religión. Ella no substituye al derecho ni a la moral que son autónomos en su propio orden”  ¿Cómo afronta el reto la religión?

La unidad espiritual cristiana se ha resquebrajado; y el espíritu natural-cristiano no impregna la inteligencia de los europeos, de los españoles. Si ha de surgir un nueva cultura en Europa sólo podrá seguir los caminos iluminados por una Fe en un Dios que participa y vive la historia con el hombre. Una fe en Jesucristo, que será siempre tan increíble y tan ininteligible para la inteligencia natural de los europeos del siglo XXI, como para la de los atenienses del siglo I, como para la de  los americanos del siglo XXX. San Pablo anunció la Fe en la Resurrección, y los pueblos de Europa se convirtieron.

Y la Iglesia está convencida de que ese es el camino: anunciar en toda su integridad el profundo misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, Jesucristo, en la historia de los hombres, y no  reducirlo a una simple colección de consejos dados por el “hombre” Jesús, para a entendernos entre nosotros, con un lenguaje que no transmita el “misterio” de las relaciones de Dios con los hombres.

Sólo así, la luz de Dios, recibida en la Fe, penetrará la inteligencia natural humana, y Fe y Razón unidas, harán posible el renacer de la moral, de la cultura.

Yo estoy convencido, y no soy el único, de que toda la grandeza de la ciencia e inteligencia europea de todos los siglos ha surgido de inteligencias que han creído, o al menos, han recibido el reflejo de la Fe de otros, en Dios Uno y Trino, en la Santísima Trinidad.

Ernesto Juliá Díaz

ernesto.julia@gmail.com

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Cultura, moral, religión

Enero 11, 2012

Cultura, moral, religión

 

“Hay que clarificar los criterios intelectuales y las actitudes morales que elegimos como guías para nuestro futuro. Estos tres ordenes (cultura, moral, religión) deben asumir sus responsabilidades y desideologizar los planteamientos derivados de intereses, situaciones infundadas y reclamaciones injustas”.

No cabe duda de que es un buen argumento para comenzar el año.

Algunas líneas antes, Olegario González de Cardedal había escrito un artículo reciente: “La cultura, la moral y la religión son las tres palancas de esa transformación civica, porque ellas determinan las raíces de la persona, en las que arraigan las decisiones que dirigen la acción y las fuerzas que sostienen en momentos cruciales”.

La preguntas surgen inmediatamente. Esas tres palancas, ¿son independientes unas de otros? ¿Cuál es la fundamental, si efectivamente alguna es el soporte, o al menos la inspiradora, de las demás? ¿De dónde puede surgir una moral si no hay una religión?

Ya Christopher Dawson dejó escrito en 1929 unas líneas que se pueden aplicar perfectamente a la situación actual de la cultura con la que se enfrenta González de Cardedal: “Parece que está surgiendo una nueva sociedad que no reconocerá jerarquía de valores, autoridad intelectual, tradición religiosa o social, sino que vivirá por el momento en un caos de sensaciones”.

¿Como se influyen?

Sociólogos, historiadores, filósofos, teólogos, no dejan de examinar los procesos de interaccion de esas tres realidades.

La experiencia, bien recogida y estudiada por Dawson tiende a confirmar que si la Fe, la fuerza espiritual de la Religión, se desvanece, la cultura y la moral de una sociedad se diluyen, y la realidad plena del hombre y de su actuar pierde su sentido.

Si el hombre no mira al cielo, no encuentra nunca su camino en la tierra, podríamos decir con alguna máxima de una sociedad ancestral; que sigue siendo igual de válida hoy que hace muchos siglos.

Cuando los aspectos técnicos, materiales, de una cultura no están de alguna forma vinculados con la fuerza espiritual de la religión -sea la que sea- la cultura, la moral del hombre, tanto privada como social, acaban girando en torno al egoísmo radical, al “comamos y bebamos que mañana moriremos”, lo que supone, indefectiblemente, la muerte de la cultura, la desaparición de toda forma de vida civilizada, de respecto de la libertad y de la dignidad de los demás, de cada ser humano., y no digamos, de cualquier moral.

Es verdad, de otro lado, y verdad experimentable, que el hombre puede sobrevivir un tiempo inmerso en un “caos de sensaciones”. Un hombre, sí. Un grupo de hombres quizá también, aunque durante menos tiempo; y desde luego, no más allá de una generación, cuando se trata de un sociedad, de una cultura.

Mientras el hombre sea considerado simplemente un “ciudadano” más; un “contribuyente” más; un número dentro de una multitud, ni la cultura, ni la moral aportarán nada al andar de la sociedad, sencillamente, porque no hay “religión”; no hay un mirar al cielo; no hay un fundamento intocable de la persona humana, porque no se le ve como “criatura de Dios”, como “hijo de Dios”.

“En nuestro mundo, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, más allá de las declaraciones de intenciones –recuerda Benedicto XVI en el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz- está seriamente amenazado por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces transcendentes”. Y añade: “La justicia no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano”.

Nos recuerda Dawson: “La ciencia es incapaz de realizar todas sus vastas potencialidades para organización y transformación de la existencia humana, a menos que sea dirigida por un propósito moral que no posee por sí misma”.

Y concluye: “El retorno a la tradición cristiana histórica devolvería a nuestra civilización la fuerza moral que necesita para dominar las circunstancias externas y evitar los peligros de la situación actual”.

   No sin una particular clarividencia de espíritu, Benedicto XVI ha anuncia un Año de la Fe, para recordarnos algo que quizá muchos cristianos europeos han olvidado: “Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho de las cuestiones sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como presupuesto obvio de la vida común. De hecho este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso es negado con frecuencia”. Seguiremos.

                                                           Ernesto Juliá Díaz

                                                           ernesto.julia@gmail.com

 

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El influjo de la Inmaculada

Diciembre 15, 2011

El influjo de la Inmaculada

 

            Leemos con frecuencia estadísticas, estudios, análisis, sobre el impacto de un hecho, de un acontecimiento más o menos singular. Un cúmulo de detalles, aparentemente minuciosos y muy calibrados, lleva a deducir que una determinada acción ha conseguido influir sobre un elevado número de personas, y que  ha dejado una huella más o menos honda en el  espíritu de cada uno, etc. Todo, en definitiva, calculable y con resultados que permiten una previsión de futuro; una programación cuidadosa para que la influencia del próximo acontecimiento llegue a más personas, sea más profunda.

            Y no está fuera de lugar que, después de leer esos análisis, un cierto clima de pesimismo se adueñe del espíritu de los estudiosos y observadores; y más, cuando se trata de cuestiones, morales, económicas, políticas, sociales en general.

            Nunca he leído, ni siquiera he visto anunciado, un estudio, un análisis semejante sobre la influencia de los cuadros de la Inmaculada, de la Virgen Inmaculada, en esos acontecimientos del entramado de la vida personal y social de los humanos.

            ¿Es absurdo plantearse una cuestión semejante? Con la conciencia clara de que no la voy a resolver, oso al menos plantearla.

            Murillo, Velázquez, Zurbarán, Valdés Leal, Martínez Montañés, y tantos otros pintores y escultores que han osado plasmar en tela, en madera el rostro, el gesto, la emoción de la Inmaculada,   nunca llegarán a conocer la influencia de sus obras en el corazón y en la mente de las personas que los han contemplado.

            En estos momentos culturales -aunque también podríamos calificarlos de “a-culturales”- que se viven en Europa, quizá nadie ose ni siquiera intentar un análisis semejante. Y, sin embargo, en mi opinión, esa plasmación de la Belleza de María, de la Belleza de la obra de Dios en Ella, esa Belleza de la redención operada en Ella desde el momento de su Concepción, es como una corriente de agua subterránea que alimenta y da de beber a raíces muy hondas de las ilusiones y esperanzas de los hombres.     

            Benedicto XVI, hablando de la verdad y caridad a artistas, añade: “de la perfecta armonía de verdad y caridad, emana la auténtica belleza, capaz de suscitar admiración, maravilla y alegría verdadera en el corazón de los hombres. El mundo en que vivimos necesita que la verdad resplandezca y no sea ofuscada por la mentira o la banalidad; necesita que la caridad inflame y no sea superada por el orgullo y el egoísmo. Necesitamos que la belleza de la verdad y de la caridad alcance lo íntimo de nuestro corazón y lo haga más humano”.

            Ni siquiera entre intelectuales de arraigada fe católica, entre muchos hombres de fe que se esfuerzan verdaderamente en transmitir la Verdad, a Cristo, se le da el relieve necesario a la fuerza evangelizadora; o mejor, transformadora de la sociedad,  de esa Belleza que surge como un manantial inagotable, de la “verdad y la caridad”.

            Conocemos, y analizamos, el influjo de una medida de gobierno sobre la educación o la deseducación de los estudiantes; de la repercusión de una subida o bajada de  impuestos sobre el comportamiento del consumo de los ciudadanos. Llegamos incluso a seguir el rastro que pueden dejar, a veces hondo, a veces muy superficial, las ideas de un pensador, de un predicador, de un estudioso; y hasta de una película, de una obra de teatro.

            ¿Quién osaría desentrañar la influencia cultural,  espiritual en su más amplio sentido, de unas obras de arte que tratan de reflejar, en la medida que sea humanamente posible, el misterio de la Inmaculada Concepción de María?

            Dante se extasía al contemplar la belleza de María en el Canto 33 del Paraíso.   Yo tengo en mis ojos y en mi espíritu la Inmaculada de Murillo que corona la cúpula de la sacristía de la Catedral de Sevilla.

            Benedicto XVI, bien consciente de que la Belleza aúna la Verdad y la Caridad que vivifican la cultura, pone en manos de la Virgen Inmaculada, los trabajos de los teólogos, hombres y mujeres, ¿por qué? “porque en su custodia de la Palabra en su corazón, es paradigma de la recta teología, el modelo sublime del verdadero conocimiento del Hijo de Dios. Sea Ella, la Estrella de la esperanza, la que guíe y proteja el precioso trabajo que desarrolláis para la Iglesia y por y en nombre de la Iglesia”. 

            La influencia de los cuadros, de las esculturas, de la Inmaculada no puede reflejarse en ninguna estadística, en ningún análisis; pero me atrevo a considerar que sin esa influencia cualquier cultura en Europa sería estéril.

                                                                       Ernesto Juliá Díaz

                                                                       ernesto.julia@gmail.com

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¿Una “civilización” sin Dios?

Diciembre 15, 2011

¿Una “civilización” sin Dios?

 

            En estos días, y en diferentes medios de opinión, he visto comentarios a una conferencia del profesor inglés,  Mathhew Fforde, converso católico, sobre la situación actual de la sociedad europea.

            En el texto de la exposición, hay una referencia explícita a Inglaterra, de la que se afirma que, en los últimos 50 años se ha producido “una caída generalizada de la asistencia a la Iglesia, del contacto de la gente con el cristianismo organizado, de los matrimonios religiosos y de la asistencia a las escuelas dominicales y del peso de la religión en la política”. Afirmaciones semejantes se pueden hacer de cualquier otra sociedad europea,

            Lógicamente, las referencias al materialismo, al relativismo, al individualismo, son frecuentes a lo largo del texto; y es lógico y normal que sea así. Los análisis, y las exposiciones sobre la decadencia profunda de la civilización, impregnada de cristianismo, vigente un tiempo en Europa se han multiplicado por doquier.

            Y ya es casi un lugar común, concluir el análisis señalando que el individualismo, egoísmo, lleva a una “descomposición de los lazos comunitarios; a “una crisis de la institución de la familia”, acompañada del aumento de divorcios, del descenso de los matrimonios, y lógicamente del número de nacimientos. Estos analistas son conscientes de que una vez superada la cuestión del trabajo y de la producción, la crisis económica actual, la sociedad seguirá con la misma degradación que hoy.

            ¿Vale la pena seguir analizando lo que ya desde  hace más de un siglo era una realidad latente, que salió a la superficie como una verdadera explosión sólo después de la Segunda Guerra Mundial? Quizá no. Esa decadencia no es más que el fin anunciado de los diferentes intentos de construir una “civilización sin Dios”.

              Pero quedarse en el pesimismo no es una solución adecuada para el ser humano, “creado a imagen y semejanza de Dios”; y mucho menos para un cristiano, llamado a dar esperanza a todas las naciones, a todas las civilizaciones, llevando a todas la luz de la Resurrección de Cristo. Siempre queda en la sociedad europea, y más vivo de lo que algunos piensan, un “resto” sobre el que se está comenzado ya a construir la futura sociedad.

                 Ese “resto” –familias y escuelas, fundamentalmente, sostenidas por el espíritu de Cristo-, es la levadura de toda la masa, de toda la sociedad. El “resto de los que “creen en Dios”

            “La Iglesia acompaña al Estado en su misión; quiere ser como el alma de ese cuerpo, indicando incansablemente lo esencial: Dios y el hombre”. No quiere más. Libertad para anunciar el Evangelio. La Iglesia no quiere “poder”; anhela que el hombre no pierda el horizonte terreno y eterno de su vida

            Tanto de Dios como del hombre, se ha olvidado nuestra sociedad que quiere reducir al hombre a un puro juego de neuronas, de reacciones químicas, y quiere reducir hasta el amor, cariño, a una madre enferma en pura reacción “fisiológica de compensación de instintos”.

            Ante esta ceguera –todos tenemos la libertad de arrancarnos los ojos para no ver lo que pone delante de nuestra inteligencia la realidad de la creación, del Creador-; ante el último intento materialista de reducir al hombre a “lenguaje, cooperación social y pericia tecnológica”, Benedicto XVI recordó a los dirigentes africanos, antes de salir de Benín:

            “Desde esta tribuna, hago un llamamiento a todos los líderes políticos y económicos de los países africanos y del resto del mundo. No privéis a vuestros pueblos de la esperanza. No amputéis su porvenir mutilando su presente. Tened un enfoque ético valiente de vuestras responsabilidades y, si sois creyentes, rogad a Dios que os conceda sabiduría. Esta sabiduría os hará entender que, siendo los promotores del futuro de vuestros pueblos, es necesario que seáis verdaderos servidores de la esperanza. No es fácil vivir en la condición de servidor, de mantenerse íntegro entre las corrientes de opinión y los intereses poderosos. El poder, de cualquier tipo que sea, ciega fácilmente, sobre todo cuando están en juego intereses privados, familiares, étnicos o religiosos. Sólo Dios purifica los corazones y las intenciones”.

              ¿Volverán a rezar a Dios los políticos en Europa, como hicieron, entre otros, sus antepasados que comenzaron el proceso de una Europa unida, De Gasperi, Adenauer, Schuman?

 

                                                                                  Ernesto Juliá Díaz

                                                                                ernesto.julia@gmail.com 

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El reto de Navidad

Diciembre 15, 2011

El reto de Navidad

 

            Quizá no sea el mejor título. Lo reconozco. Y a la vez, he de admitir también que la Navidad –ya tan cercana- es un verdadero reto para el corazón, la inteligencia, el espíritu del hombre. Y no sólo para hombres y mujeres un algo, un mucho, descreídos en ambientes de todo tipo. También para los creyentes es un auténtico reto. ¿Por qué?

            La Navidad nos sitúa ante el misterio más profundo de la relación de Dios con el hombre. Mientras Dios permanecía lejano, en lo más recóndito del cielo estrellado, o en el más profundo de los abismos del universo, el hombre podía reducirlo a un concepto, a una realidad fruto de la reflexión filosófica, sin decidirse a entablar un diálogo con un ser al que el hombre llegaba a través de un concepto: “el Ser-Supremo”.

            La Navidad lo cambia todo. Y no sólo en el panorama humano intelectual y espiritual de los creyentes y de los no creyentes. Lo cambia todo en el andar del mundo. Es el acontecimiento de mayor honda influencia en todas las culturas del mundo, y seguirá siéndolo hasta que la aventura humana llegue a su final en la tierra. Que llegará.  A veces se me ocurre pensar que la tierra existe para que un día viniera Dios a llenarla con su presencia; que un día fuera  Navidad, y me parece que no estoy muy desorientado.

            Para algunos contemporáneos que llegan a admitir un “ser supremo”, aunque quizá no de muy buena gana, les parece absurdo que ese “ser” se preocupe de los hombres, de unos “seres” minúsculos, apenas unos granos de arena,  que viven en un planea “insignificante”, y que apenas se mantienen en la superficie de este planeta unos cuantos años.

            A quienes quieran, la Navidad les abre los ojos: “Dios es uno de los nuestros y por eso se le puede invocar de verdad, por eso está ahí co-existiendo con nosotros” (Ratzinger).

            Ése es el Reto. Aceptar a Dios, aceptar al Hijo de Dios hecho hombre que nace de María Virgen. Y que se interesa por el hombre,  que nos da a conocer, a “un Dios que tiene sentimientos como el hombre –sigue Ratzinger-, que se alegra, que busca, que espera, que sale al encuentro”. Y que algunos se obstinan en que no se interese más de la historia de los hombres; que les deje hacer y deshacer en la vida de los demás, sin que la sombra de Dios, el “rostro de Dios” aparezca.

             Ese “rostro de Dios”, que es Jesucristo, que sigue sonriendo en Belén, sufriendo doloroso en el Calvario, acompañando las penas y las alegrías de los hombres en las bodas de Caná, en la curación de los leprosos, en la resurrección de Lázaro. Que acerca al  hombre al corazón de Dios Padre, para que descubra que “este Dios tiene corazón, está ahí como amante, con todas las extravagancias de un amante” (Ratzinger).

              ¡Con que alegría rece un Padrenuestro con un anciano anarquista, ateo confeso, que después de echarme en cara que era absurdo que los cristianos creyéramos en un Dios del que decíamos que  había tomado la miserable carne de nosotros los hombres, abrió su inteligencia a la Fe en ese Dios, contemplando en silencio el misterio de Navidad; contemplando absorto la sonrisa del Niño Dios en el Portal de Belén¡

             El Reto sigue en pie. La Navidad nunca se puede convertir en una “costumbre” más del pueblo creyente, aunque se seguirá hablando de las “costumbres” de Navidad, de los “regalos” de Navidad, de las comidas y cenas de Navidad.

             La Navidad, la conmemoración del Nacimiento de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, un día en Belén; un día, a una hora, en un año del calendario del tiempo hecho por los hombres, que se introduce en la historia de los hombres que Él mismo había creado, será siempre el Misterio por excelencia que el hombre descubre en la tierra.

             ¿Cabe la indiferencia, el rechazo, ante Dios que ama así? Ese es el Reto.

                                                                Ernesto Juliá Díaz

                                                                ernesto.julia@gmail.com

 

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¿Miedo a la Verdad?

Noviembre 18, 2011

 

¿Miedo a la Verdad?

 

 

            Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en Él y a extraer agua viva que mana de su fuente”. El Papa hace esta consideración en el documento con el que convoca el próximo Año de la Fe.

              Benedicto XVI, buen conocedor del gran vacío intelectual y espiritual de la cultura europea actual,  no duda en presentar con toda la claridad posible, las necesidades de la inteligencia y del corazón del hombre occidental hoy, e invitarle a que busque saciar su sed sencillamente, como la samaritana, sin que el temor, el miedo, la vergüenza, los prejuicios,  le traten de impedir acercarse a la fuente.

              En Alemania, en sus palabras en el Bundestag, expresó con claridad meridiana ese afán de invitar a pensar, en estos momentos de desconcierto generalizado.

             Primero señaló la rectificación de Kelsen, el padre el positivismo jurídico, quien a la edad de 84 años reconoció que la naturaleza del hombre no se regía, como la de los animales,  y como él lo había afirmado hasta ese momento, por  puras y simples reacciones causa-efecto. Había descubierto algunas normas de actuación en la naturaleza del hombre, que él no se explicaba de dónde podrían haber surgido: un anhelo de amar, un deseo de bien, un anhelo de verdad.

               Una vez reconocido el hecho, Kelsen ya no se atrevió a preguntarse más. Consciente de que solo una voluntad podría establecer esas normas,  la pregunta le hubiera llevado quizá  a plantearse la existencia de un Dios Creador de  la naturaleza y del hombre, que no estaba dispuesto a admitir.

                Benedicto XVI, en cambio, preguntó a los diputados si era lógica la postura de Kelsen: cerrar los ojos, por temor a descubrir una realidad que le obligaría a cambiar de opinión.  ¿Tenía sentido no plantearse esa pregunta?

              Todos eran conscientes de que en los procesos democráticos de establecimiento de las leyes, en muchas ocasiones no se llegaba a descubrir, y a legislar,  lo que de verdad era bueno o malo para los ciudadanos. ¿Dónde hallar una luz para legislar siempre en servicio del hombre, de todo el hombre? ¿La pura ley de la mayoría? ¿Acaso con esa ley de la mayoría no quedaban “legalizados” los mayores crímenes contra la humanidad, desde los campos de concentración hasta las clínicas-campos de concentración que son los abortos?

               ¿Que podría haber detrás de la no pregunta? ¿El miedo a descubrir un Dios Creador que ha puesto en el corazón del hombre esos deseos y anhelos, y le ha dado la libertad a su naturaleza, para los ponga en marcha o los ahogue, sin más?

              Ante ese miedo, temor, vergüenza, o como queramos llamarle, latente en e corazón de tantos agnósticos que siguen, no obstante todo, buscando la luz de Dios, el Papa invita a los cristianos “a redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”.

              Solo la fe en Dios Creador por amor al hombre, hecha realidad en la vida de muchos hombres, hará borrar ese miedo, temor a la deforme visión de un dios vengativo, salvaje -es el título de una película reciente-, cruel, que el diablo sigue vendiendo a la cansada imaginación del hombre occidental, y le hace soñar con “la ley de la mayoría que establece el bien y el mal”, y paraliza su inteligencia para que ose ir “más allá”. Un hombre todavía empeñado, no obstante los clamorosos y sangrientos  fracasos de ideologías totalitarias -y todas las ideologías lo son, por principio, porque establecen su “verdad” y le tienen miedo a la Verdad- en “hacer surgir una humanidad completamente nueva de un ateísmo radical”, con palabras de Maritain.

              Al final de su conversación con los parlamentarios alemanes, Benedicto XVI les invitó a pensar que era lo que más necesitaban para servir al pueblo que los había elegido. Y les sugirió que anhelasen enriquecerse con los dones que Salomón pidió en su día a Dios: “un corazón dócil; la capacidad de distinguir el bien del mal; y así establecer un verdadero derecho, y servir a la justicia y a la paz”.

               ¿Se atreverán tantos parlamentarios europeos a hacer esa petición; o seguirán obstinados en “construir” sobre las cenizas del ateísmo”

                                 

                                          Ernesto Juliá Díaz

                                          ernesto.julia@gmail.com

 

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Muerte y Eternidad

Noviembre 10, 2011

Muerte y Eternidad

 

             Ya desde mi primera infancia, al llegar noviembre, oí repetir a mi alrededor palabras que no he olvidado a lo largo de la vida: “Bendito mes, que comienza con todos los santos y termina con san Andrés”.

            En el Angelus del 1 de noviembre, Benedicto XVI recordó, de otra forma, la verdad escondida en esas palabras del pueblo: “La Solemnidad de todos los Santos es una ocasión propicia para elevar la mirada desde las realidades terrenas, marcadas por el tiempo, a la dimensión de Dios, la dimensión de eternidad y de santidad”.

            Ningún momento en la vida del hombre más apropiado para ayudarnos a “elevar la mirada” que el de la muerte de personas queridas, de amigos, de conocidos que nos dejan después de una larga enfermedad, o que abandonan la tierra de improviso y sin apenas anunciarlo.

             ¿Por qué es un momento apropiado? Sencillamente, porque la muerte pone a prueba la calidad del “amor” que se esconde en el corazón de todo hombre. Si no amamos, la muerte de un ser querido nos puede descubrir que estamos ya muertos, aunque nos mantengamos en pie, porque hemos perdido todo el sentido de nuestra vida.

            Muchas personas, en la sociedad actual, se esfuerzan por quitar de la perspectiva de su vida el horizonte de la muerte. La muerte es un tema casi prohibido de conversación. Hay en el ambiente un cierto e impreciso miedo a la muerte, quizá por la obstinación de no pensar qué puede encontrar el hombre después de la muerte.

            Ese temor se manifiesta en hacer desaparecer hasta las cenizas de los difuntos, tirándoles al mar, a un estanque, al viento. Otras veces, el miedo se expresa en eliminar de nuestra mente todo juicio de nuestro actuar y de nuestro vivir: nada vale la pena y la muerte borrará para siempre la memoria de nuestras miserias. Y se quiere borrar de la mente, también, siquiera la posibilidad de que hubiera  cielo e infierno. En realidad, algunos quieren sencillamente “morir para siempre”;  y temen descubrir en la muerte, que ese deseo es una “pretensión inútil”.

            La muerte nos sitúa, quizá sin darnos mucha cuenta,  ante la ineludible pregunta sobre el sentido de nuestra vida. Y quizá nos haga descubrir la verdad de estas palabras de Benedicto XVI:

            “El hombre se puede explicar, encuentra su sentido profundo, sólo si existe Dios”

             El cristiano no tiene miedo al juicio –sabe que sólo Dios nos puede enjuiciar- y Dios es padre que nos acoge cuando arrepentidos volvemos a Él. Sabe que existe cielo e infierno. Y no hace desaparecer las cenizas de sus difuntos, sencillamente porque el enterrarlas, el poder visitarles, saludarlas, aunque sólo sea un día al año, le ayuda a no perder de vista la eternidad. La realidad de la eternidad le da aire para respirar en la atmósfera viciada que se encuentra tan a menudo a su alrededor.

               “El hombre necesita de la eternidad, y cualquier otra esperanza para él es demasiado breve, demasiado limitada”.

                 La antigua costumbre de visitar los cementerios en estos días es un aire fresco en cualquier momento del vivir. Y las flores con que se adornan las tumbas, además de un detalle de cariño hacia nuestros difuntos, son también un deseo de expresarles un afecto, un cariño que a veces no le hemos manifestado durante la vida.

                “También la visita a los cementerios, a la vez que custodia los lazos de afecto con quien nos ha amado en nuestra vida, nos recuerda que todos vamos hacia otra vida, más allá de la muerte. Que el llanto, debido al distanciamiento terreno, no prevalezca sobre la certeza de la resurrección, sobre la esperanza de alcanzar la beatitud de la eternidad”, nos recuerda el Papa.

                 Esa beatitud eterna, la vida eterna con Dios Padre, Hijo y Espíritu, que pedimos al Señor haya concedido ya a nuestros difuntos.

                                                           Ernesto Juliá Díaz

                                                           ernesto.julia@gmail.com

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Larga vida al embrión

Octubre 27, 2011

Larga vida al embrión

 

            Las sentencias de los Tribunales no suelen llamar la atención con demasiada frecuencia. Esta vez, la asociación  Profesionales por la Ética” ha manifestado a los cuatro vientos su satisfacción y su alegría. Con toda razón.

              Su labor en la defensa de la inviolable dignidad humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, ha recibido una clara recompensa en la sentencia dictada por el Tribunal Europeo de Justicia en el caso 34/10, “Oliver Brustle v Greenpeace e. V.” hace apenas unos días, 18 de septiembre 2011..

                La sentencia establece que “una invención biotecnológica debe ser excluida de la protección jurídica de las patentes cuando para su proceso haya requerido la previa destrucción de embriones humanos o bien use éstos como materiales de base”.

                  El Tribunal de Luxemburgo se ha pronunciado, de la forma más neta posible, en el sentido de proteger todos los estadios de la vida humana, insisto: desde su concepción hasta la muerte natural,  al excluir la protección jurídica a cualquier patente que pretendiera amparar cualquier tipo de manipulación destructora del embrión.

               Y, no sólo, el Tribunal ha considerado oportuno dar, además, una correcta definición del “embrión humano”; para que nadie se llame a engaño y dejar bien clara la “realidad” sobre la que está legislando. El embrión –dice- es un “organismo capaz de iniciar el desarrollo de un ser humano”, ya sea el resultado de la fecundación o el producto de una clonación.

               Y para no dejar lugar a muchas dudas indica con base científica, que por   «embrión humano» entiende “todo óvulo humano a partir del estadio de la fecundación, todo óvulo humano no fecundado en el que se haya implantado el núcleo de una célula humana madura y todo óvulo humano no fecundado estimulado para dividirse y desarrollarse mediante partenogénesis”.

               Más allá de estas afirmaciones sobre el “embrión humano”, se puede vislumbrar el  convencimiento de que las investigaciones científicas sobre el ser humano han de estar orientadas por unos criterios éticos imprescindibles. La dignidad de la vida humana –los cristianos sabemos que es la dignidad de “hijos de Dios”- requiere ser respetada. La ética orienta la investigación; no la coarta.

               Por desgracia, los intereses financieros, comerciales, de toda índole que lógicamente sostienen estos estudios sobre la vida y la muerte del hombre, imponen la obtención de resultados a cualquier precio. Y también en este campo tan delicado se encuentran gentes dispuestas a ser “comercializadas”.

                 Por esa razón, la definición amplia de lo que debe entenderse por “embrión” en todas las legislaciones, era verdaderamente necesaria, y el Tribunal de Luxemburgo lo ha hecho de modo que deja ningún lugar a dudas.

                 Con una claridad tal que nadie puede aducir una cierta falta de comprensión del texto, ni de la realidad científica de lo que las palabras reconocen, el Tribunal condena también toda la utilización de “células madres obtenidas de un embrión”. Las razones científicas son rotundas: “De las observaciones presentadas al Tribunal de Justicia se desprende que la extracción de una célula madre de un embrión humano en el estado de blastocisto –ya listo para la implantación en el útero- implica la destrucción de dicho embrión”. O sea, implica la destrucción de un proceso de vida humana; la destrucción de una vida humana.

                La palabra “pre-embrión” no tiene el menor sentido, ni científica, ni legalmente. Un “pre-embrión” es “nada”, y como la “nada” no existe, no es ninguna realidad,  a ninguna legislación se le ocurre legislar sobre el “pre-embrión”, sobre la “nada”, salvo, y; como para su oprobio, a la legislación española.

                ¿Triunfarán la Ética y la Ley en este campo tan delicado de la investigación? Confiemos que a partir de esta histórica sentencia, la investigación se decante definitivamente por seguir trabajando con las “células madre adultas”, que se han demostrado hasta ahora las únicas verdaderamente  eficaces.

                                                           Ernesto Juliá Díaz

                                                           ernesto.julia@gmail.com

 

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Biografía

Ernesto Juliá Díaz (Ferrol, 1934). Abogado y ordenado sacerdote en 1962, su labor pastoral le ha llevado a distintos países del mundo: Italia, donde ha residido desde 1956 hasta 1992, Australia, Filipinas, Taiwan, Kenya, Nigeria, Estados Unidos, Puerto Rico, Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, Portugal, Suiza. Ha escrito en medios de comunicación italianos y españoles. Colaboró semanalmente en ABC durante ocho años. Ha publicado varios coleccionables en “Mundo Cristiano”. Ha participado en congresos y reuniones de espiritualidad, con profesores de la talla de Giovanni Colombo, Ignacio de la Potterie; Hans Urs von Baltasar, Inos Biffi, José Luis Illanes, Eugenio Corecco, etc. Tiene entre otros libros: Un anhelo de vida y El renacer de cada día. Ensayos y relatos breves además de varios libros de espiritualidad: Reflexiones sobre la Navidad, Cuatro encuentros con Cristo, Con Cristo resucitado. Y algunas ediciones de bolsillo como Josemaría Escrivá: vivencias y recuerdos, Conversiones de un santo, Porque casarse en la Iglesia y Letanías de la Virgen. En el año 2008 publicó también, Confesiones de Judas y La Biblia. Una lectura para cada día del año. En Cobel Ediciones ha publicado recientemente "Anotaciones de un converso. Cronica de un re-encuentro con Dios Padre". "El santo de lo ordinario (san Josemaría Escrivá), "La cita del amanecer. Anotaciones de un cristiano ingenuo". "Pararse a pensar no da dolor de cabeza".