En espera del Año de la Fe

Mayo 15, 2012

En espera del Año de la Fe

“Las grandes palabras que nos profetizan una Iglesia sin Dios y
sin fe son palabras vanas. No necesitamos una Iglesia que celebre el
culto de la acción en “oraciones” políticas. Es completamente
superflua y por eso desaparecería por si misma. Permanecerá la
Iglesia de Jesucristo, la Iglesia que cree en el Dios que se ha hecho
ser humano y que nos promete la vida más allá de la muerte. De la
misma manera, el sacerdote que sólo sea un funcionario social puede
ser reemplazado por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero
seguirá siendo aún necesario el sacerdote que en nombre de Dios se
pone a disposición de los demás y se entrega a ellos en sus
tristezas, sus alegrías, su esperanza y su angustia”.

Palabras
de una conferencia del entonces prof. Ratzinger, en el año 1970, que
siguen siendo hoy tan actuales como entonces.

Leo
que hay personas que se preocupan del laicismo que quiera introducir
Hollande en la sociedad francesa. Entiendo su preocupación, y a la
vez, me parece que no vale la pena prestar mucha atención a esos
intentos. Con el aborto reconocido como “derecho”, con “derechos”
reconocidos para destrozar familias, el cáncer está asentado en el
corazón de una Europa que, como tal, hace ya casi cien años que ha
desaparecido.

La metástasis que conduce paso a paso al suicido
programado de la sociedad europea lleva ya muchos años en actividad,
y ha ido cercenando lo que quedaba de los fundamentos cristianos y
humanos. El que todas esas construcciones lleguen a la podredumbre
total, es ya sólo cuestión de tiempo.

¿Visión pesimista? En absoluto.

Sencillamente, la convicción de que lo que vale
de verdad la pena no es reconstruir; si no volver a empezar
reverdeciendo los mismos fundamentos. Y construir, no sobre las
ruinas, porque ni siquiera quedaran ruinas: quedará sencillamente el
desierto.

A 50 años de esas palabras, Benedicto XVI lanza un Año de la Fe.
¿Por qué?

“Sucede
hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las
consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al
mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio
de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece
como tal, sino que incluso con frecuencia es negado”, dice en la
convocatoria de ese Año. Ya en el 2003, Juan Pablo II había
señalado: “La cultura europea da la impresión de ser una
apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive
como si Dios no existiera”.

Benedicto XVI sabe que para volver a construir una
nueva sociedad en Europa se necesitan cristianos con Fe. Sin Fe en la
vida eterna el hombre ni ha construido, ni construirá jamás una
civilización, una cultura en la tierra. El simple dominio de la
técnica no da lugar a una civilización.

Con Fe, el cristiano ha revitalizado culturas y civilizaciones en
todos los rincones del mundo. Y el Papa está convencido de que es
la Iglesia de la Fe la que dará vida de nuevo a esos fundamentos. La
Iglesia: “de la Fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de
Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin.
(…) Esta Iglesia florecerá de nuevo y se hará visible a los seres
humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la
muerte”.

La laicidad es cristiana, y por tanto,
engendradora de vida y de amor. El laicismo es ateo, y por tanto,
engendrador de esterilidad y de vacío. Un hombre estéril y vacío
ni origina vida, ni construye para el futuro.

Ernesto Juliá Díaz

ernesto.julia@gmail.com

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Un gesto noble de la Armada noruega

Mayo 10, 2012

Un gesto noble de la Armada noruega

 

            En medio del cúmulo de noticias que inundan los periódicos, las redes, las tapias de anuncios, etc., y que en no pocas ocasiones nos llenan de un poco de pena y de dolor, porque reflejan las miserias a las que puede llegar el corazón humano;   unas líneas sueltas de una agencia nos dar a conocer hoy un noble gesto, que nos transmite alegría y paz, al comprobar, una vez más, que los manantiales de bondad del corazón humano son inagotables. Y vale la pena dar gracias a Dios, al ver estas reacciones.

            Los astilleros de Ferrol han entregado la quinta fragata a la Armada noruega. Durante algunos años, una serie de familias noruegas han vivido en Ferrol y en sus cercanías, inmersas en ese proyecto, y han participado de las vicisitudes de sus vecinos y compañeros.

            Una cierta convivencia familiar, humana, ha dado lugar a un gesto algo inusual, pero no insólito; y quizá por eso, todavía más bello y noble.

            La Armada noruega ha entregado un donativo de 100.000 euros a Caritas de la diócesis Mondoñedo-Ferrol, para “mostrar nuestro agradecimiento, dar algo a cambio como símbolo de nuestra gratitud a los habitantes de Ferrol, que tan bien nos han recibido durante tantos años”.

            En el convivir codo a codo, familia con familia, la amistad y el buen hacer, llevan a descubrir y comprender las necesidades más apremiantes, las situaciones más difíciles que están viviendo nuestros vecinos. Las familias noruegas han visto las necesidades, y no han cerrado ni sus ojos ni su corazón, ni su bolsillo.

            Con las fragatas defenderán sus costas de cualquier posible enemigo; los noruegos son hombres hechos a la mar desde tiempos inmemorables. Ya convivieron con vascos en tierras americanas, y así han llegado a la constitución de los Estados actuales.

Ahora, han ido a Galicia, a Ferrol, han sido bien acogidos, más allá del interés por la construcción de fragatas que han dado trabajo por años a esos astilleros; y esa convivencia ha echado raíces. ¿Llegaremos así a construir Europa?

“Caritas” ha comunicado que las familias noruegas de los marinos, “han querido plasmar así su solidaridad ante la difícil situación que nuestro país, y nuestra comarca, atraviesa en estos momentos, y realiza esta donación con el deseo de que contribuya al bienestar de Ferrol y especialmente de los más necesitados”.

La donación ha ido directamente a “Caritas”, que ha agradecido de todo corazón “la confianza depositada en ella por los marinos noruegos”; y ya ha anunciado que ese donativo, y los que va recibiendo –en pequeñas cantidades de unos y de otros- “contribuirá a reforzar el trabajo que se lleva a cabo en las parroquias, comedor y centro de día para personas sin hogar de la calle Magdalena, programas de empleo y de personas inmigrantes”.

 Esas familias noruegas, que han vivido tan cerca de los habitantes de la zona, saben en quienes pueden confiar; y saben también que es a base de esa confianza mutua como los humanos vamos adelante, sostenemos nuestras familias, construimos civilizaciones: “pon amor, y sacarás amor”, afirma el dicho castellano. Y las familias noruegas lo han conseguido: “La confianza depositada nos estimula a mantener nuestro compromiso y dedicación al servicio de todo aquel que precise nuestra ayuda”, afirma “Caritas”.

Un gesto noble y bello, que reverdece en un rincón de Noruega y de Galicia, las escondidas raíces de la caridad cristiana, de las raíces cristianas de Europa.

                                   Ernesto Juliá Díaz

                                   ernesto.julia@gmail.com

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Yo conocí a Francis X. Nguyen Van Thuan

Mayo 10, 2012

Yo conocí a Van Thuan

 

            Un sacerdote amigo mío vietnamita me informó en Roma de la llegada de un obispo muy querido por los vietnamitas exiliados en todo el mundo. Francisco X. Nguyen Van Thuan había sufrido persecución y cárcel, desde  la caída de Saigón en manos de las tropas del Vietnam del Norte, comunista, en 1976, hasta aquellos meses de comienzos de 1991.

            Llevaba muchos años viviendo en régimen de auténtica  prisión, y en otros momentos, de lo que podríamos llamar arresto domiciliario. Y le habían concedido la libertad no, ciertamente, por motivos humanitarios. Conscientes de que se les podía morir en la cárcel, por las enfermedades que padecía, prefirieron dejarle marchar a Roma para evitar el oprobio internacional.

            Francisco X. Nguyen Van Thuan  era, ya entonces, un símbolo de la resistencia de la Fe ante la imposición militar comunista. Nombrado Arzobispo Coadjutor de Saigón, en los momentos de la famosa foto de los americanos subiéndose al último avión que dejaba el aeropuerto de la que fue capital del Sur, Van Thuan fue rechazado enseguida por el régimen, que le impidió ejercer su sacerdocio entre sus fieles, y le deportó a una pequeña ciudad.

            Una resistencia llena de Fe y de Esperanza. Apenas me vio, y sabiendo de mi amistad con sacerdotes vietnamitas estudiantes en Roma, me invitó a ir a su País; a ayudar en la evangelización, que surgiría radiante en poco tiempo. Las vocaciones de sacerdotes entre las familias obligadas al exilio en las cinco partes del mundo, daba lugar, sin duda, a una gran esperanza. Y continúa dándola, y haciéndola ya realidad.

            Hambre, sed, oprobio, insultos, degradaciones. Van Thuan convirtió todos los ultrajes recibidos en oración y en ofrecimiento por sus verdugos. No pocos de los militares que tuvieron que vigilar y controlar sus movimiento, acabaron compartiendo con él la Fe en Cristo Jesús.

            “Era una persona especial, muy humilde, un hombre que tenía como criterio único de vida el Evangelio. Recordando los oscuros días de cautiverio, no sentía odio hacia nadie. Hablaba con amor de los que quisieron ser sus enemigos y perseguidores”.

            Hoy en Vietnam las conversiones no cesan. Los bautizos de hombres y mujeres adultos continúan creciendo. Las autoridades, con miedo a la libertad religiosa, no cesan de poner cortapisas aquí y allá. Una vez son prohibiciones para levantar una iglesia; otras son las detenciones de católicos que no ocultan su fe; otras son apartar por un tiempo a un obispo coloso de verdad por fortalecer la fe de los fieles. Todo inútil. Los seminarios en Viet-nam están llenos; y se hace necesario construir nuevos edificios para responder a la demanda de seminaristas.  Y el proceso de beatificación de Van Thuan está ya en marcha. Una comisión del Vaticano visitará varios lugares del país para completar la información oportuna.

            La sangre de los mártires vietnamitas –los católicos han sufrido varias persecuciones crueles en los últimos doscientos años-  está haciendo germinar muchas raíces de fe cristiana en todo el Oriente. Van Thuan es uno de ellos. No se limitó a esperar a que los tiempos cambiaran. Usando hojas de calendarios viejos, compuso su primer libro para sus fieles: “El camino de la esperanza”. La esperanza es ya realidad, aunque los acuerdos entre el gobierno de Saigón y de la Santa Sede tarde algún tiempo en quedar fijados en tratados internacionales.

Los filipinos ya no están solos en la tarea de transmitir la Fe en Cristo en los países de Asia. Los vietnamitas son muy buenos compañeros. Todos viven la decisión de Van Thuan.

            ¿Cómo llegar a esta intensidad de amor en el momento presente? Pienso que debo vivir cada día, cada minuto, como el último de mi vida. Dejar todo lo que es accesorio, concentrarme sólo en lo esencial. Cada palabra, cada gesto, cada conversación telefónica, cada decisión es la cosa más bella de mi vida; reservo para todos mi amor, mi sonrisa; tengo miedo de perder un segundo viviendo sin sentido”.

            Cuando yo le saludé con una profunda inclinación de cabeza, Van Thuan sonreía.

                                                                                  Ernesto Juliá Díaz

                                                                                  ernesto.julia@gmail.com     

             

 

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El lenguaje de los hechos: una familia

Mayo 10, 2012

El lenguaje de los hechos: una familia

 

            Todos tenemos claros ejemplos de la capacidad del hombre de manipular el lenguaje. Conseguimos hacer cambiar de sentido a las palabras según nuestras conveniencias, y acabamos cualquier intento de diálogo, en un simple – y ridículo- monólogo. Y  el caso de la palabra “familia” es un buen ejemplo de manipulación. A algunos ya solo les queda reclamar “derechos” para la “familia” que constituyen en unión con su animal preferido; sea perro, gato, caballo; y no sería ningún progreso.  Después de todo, ya Calígula nombró senador a su caballo.

            Los hechos son más difíciles de manipular, y por eso, muchas veces y en un ambiente de enrarecimiento de las palabras,  tienen más fuerza de convicción, y hablan con verdad y realidad.

            Esta es una familia.

            Chiara, 28 años. Está embarazada de su tercer hijo. Los otros dos anteriores han muerto, la primera ha vivido apenas 30 minutos después del parto; y fue bautizada con el nombre de María. El segundo, David, murió pocas horas después del parto por problemas en todo el organismo. Por supuesto, en los dos casos, los médicos les hablaron del “derecho a abortar”. Chiara, y su marido prefirieron no matar a sus hijos, “no interrumpir el embarazo” -otra manipulación del lenguaje-, y verlos nacer, y verlos subir al Cielo.

            Chiara ha sido diagnosticada de un carcinoma a los pocos meses de estar embarazada. Comenzar el tratamiento suponía serios peligros para la criatura. Prefirió seguir adelante, y esperar a después del parto para comenzar. El proceso del cáncer precipitó, y cuando nazca Francesco -son italianos-, Chiara apenas tendrá unos meses para gozar de su criatura en la tierra; si el Señor no dispone otra cosa.

            Está gozosa de lo que ha hecho; y ha comentado a su marido el programa de la familia para el futuro: ella se ocupará de María y David en el cielo; él correrá con la tarea de sacar adelante a Francesco, en la tierra. Un día se reunirán todos en el Cielo. Ni que decir, que a Benedicto XVI se le debieron nublar los ojos al darles la bendición.

            Este es el inequívoco lenguaje de los hechos.

            Y en contraste, la manipulación de las palabras. Los organismos de las Naciones Unidas están en constante batalla para librarse de los asaltos de manipuladores del lenguaje, que quieren introducir en documentos, que luego pretenden imponer por distintos caminos a los Estados miembros, textos legales que defiendan derechos a “decidir libre y responsablemente sobre cuestiones relacionadas con la…sexualidad”; y por supuesto, una lista de “derecho sexuales y reproductivos”; y todos estos “derechos” aplicables a “jóvenes y adolescentes”, comprendidos entre los “10 y 24 años”.

            Estos grupos sostenidos por grupos que se autoproclaman homosexuales y lesbianas, se molestan porque una serie de Estados han rechazado ese “lenguaje”, porque no quieren que sus ciudadanos de 10, 11, 12,.., años sean introducidos en el mercado del turismo sexual con el patrocinio de la “letra”, del “lenguaje” de las Naciones Unidas.

            Manipulación del lenguaje que en este, y en tantos otros casos, es sencillamente una estratagema para cubrir verdaderas aberraciones contra el ser humano.

            Y mientras, sigue el gran lenguaje de los hechos.

            En Corea del Sur, uno de los países que se opone a esas manipulaciones en las Naciones Unidas, la Iglesia Católica sigue creciendo, y transmitiendo la luz de la Verdad, la luz de Cristo.

            El año 2011, 109.000 adultos se bautizaron, y fueron acompañados de 26.000 niños. En 1960 apenas 250 sacerdotes se ocupaban de la atención espiritual todos los fieles católicos en el país. Hoy, son 5.000 sacerdotes, y los seminarios están llenos.           

            Quizá la manipulación del lenguaje sea una de los hechos más graves, y de mayores consecuencias culturales y sociales, que está ocurriendo hoy en el mundo occidental.

 

                                                           Ernesto Juliá Díaz

                                                           ernesto.julia@gmail.com

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Un viaje de Esperanza

Marzo 31, 2012

Un viaje de Esperanza

 

            Así lo calificó el mismo Benedicto XVI antes de salir de Roma. Y comenzó el viaje a México y a Cuba bajo el signo de la esperanza. Regresará a Roma con la conciencia de haber hecho una buena siembra.

            Ha predicado la fuerza y la luz de la Resurrección de Cristo, que nos preparamos todos los cristianos para celebrar el Domingo de Resurrección; y ha alentado a “quienes sostienen esta siembra de fe y de esperanza “entre espinas, unas en forma de persecución, otras de marginación o menosprecio”, a proseguir en el empeño, sin dejarse dominar por el mal.

            El mal tienta al hombre con la desesperanza, con la desilusión, con el desánimo; con el abandono, en definitiva, de la misión recibida del Señor. Benedicto XVI tiene en el corazón las insidias que sobre la Iglesia, y sobre su persona, se levantan aquí y allá, dentro y fuera de la Iglesia, y conoce también los problemas de la Iglesia y de la sociedad en México, en Cuba, en Latinoamérica. ¿Cabe el desaliento en el corazón de un Papa, llamado por Cristo a sostener la Fe? Sin duda; y a la vez, sabe muy bien donde está la “fuerza” que e sostiene.

            Acude a la Virgen María, “esperanza nuestra”, “porque nos ha mostrado a Jesús y transmitido las grandezas que Dios ha hecho y hace con la humanidad, de una manera sencilla, como explicándolas a los pequeños de la casa”.

            ¿Qué grandezas? Las recuerda Benedicto XVI, después de  contemplar el  monumento a Cristo Rey, en el alto del Cubilete, en la ciudad mexicana de León.

            “Pero las coronas que le acompañan, una de soberano y otra de espinas, indican que su realeza no es como muchos la entendieron y la entienden . Su reinado no consiste en el poder de sus ejércitos para someter a los demás por la fuerza o la violencia. Se funda en un poder más grande que gana los corazones: el amor de Dios que Él ha traído al mundo con su sacrificio y la verdad de la que ha dado testimonio. Éste es su señorío, que nadie le podrá quitar ni nadie debe olvidar. Por eso es justo que, por encima de todo este santuario sea un lugar de peregrinación, de oración ferviente, de conversión, de reconciliación, de búsqueda de la verdad y acogida de la gracia.  A Él, a Cristo, le pedimos que reine en nuestros corazones haciéndolos puros, dóciles, esperanzados y valientes en la propia humildad”.

            El “amor de Dios”. Esa es nuestra grandeza, ha venido a decirles el Papa a los mexicanos, y con ellos, a todos los cristianos en estos momentos. Nuestra grandeza, nuestra esperanza, nuestra fortaleza. El mal nunca vence definitivamente al bien, aunque en algún momento las apariencias quieran decir lo contrario.

            “El discípulo de Jesús no responde al mal con el mal -les recordó a los niños en Guanajuato-, sino que es siempre instrumento del bien, heraldo del perdón, portador de la alegría, servidor de la unidad”; y a los obispos mexicanos les manifestó así una de esas grandezas de  Dios que sostienen nuestra esperanza: “Los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Cristo, pero, al condenarlo a muerte dieron cumplimiento de hecho a las palabras de los profetas. Sí, la maldad y la ignorancia de los hombres no es capaz de frenar el plan divino de salvación de redención. El mal no puede tanto”.

            Benedicto XVI conoce bien la fuerza civilizadora de las palabras que pronuncia. Sabe que no se quedan en un mensaje de invitación a la piedad, a la práctica religiosa, que también, lógicamente. Manifiestan, muy especialmente,  la invitación a un cambio de mentalidad, en la convicción de que el amor de Dios eterno participa en la historia de los hombres; y participa de manera muy particular por la acción personal y comunitaria de los cristianos.

            “Otra maravilla de Dios nos la recuerda -y sigue hablando a los obispos- el segundo salmo que acabamos de recitar: Las ‘peñas’ se transforman en ‘estanques, el pedernal en manantiales de agua’ Lo que podría ser piedra de tropiezo y de escándalo, con el triunfo de Jesús sobre la muerte se convierte en piedra angular: “Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”. No hay motivos, pues, para rendirse al despotismo del mal. Y pidamos al Señor Resucitado que manifieste sus fuerza en nuestras debilidades y penurias”. 

            A lo largo del viaje ha exhortado “a seguir abriendo los tesoros del Evangelio, a fin de que se conviertan en potencia de esperanza, libertad y salvación para todos los hombres. Y sean también fieles testigos e intérpretes de la palabra del Hijo de Dios encarnado, que vivió para cumplir la voluntad del Padre y, siendo hombre con los hombres, se desvivió por ellos hasta la muerte”.

             La Iglesia en Cuba y en México ha dado, especialmente en los últimos tiempos, un testimonio de esperanza en medio e vejaciones, persecuciones, obstáculos de todo tipo..Ha sabido responder al mal con el bien. Ha sembrado los gérmenes de una nueva sociedad. Y hoy, Benedicto XVI tiene la alegría de bendecir, con la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, esos frutos de la esperanza.

                                                                       Ernesto Juliá Díaz

                                                                       ernesto.julia@gmail.com

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Canto a la Verdad

Marzo 31, 2012

Canto a la Verdad

 

“Caminemos a la luz de Cristo, que es Quien puede destruir las tiniebla del error. Supliquémosle que, con el valor y la reciedumbre de los santos, lleguemos a dar una respuesta libre, generosa y coherente a Dios, sin miedos ni rencores”.

El Papa habla siempre para todos los creyentes, y  los no creyentes. Le escucharemos con más o menos atención, y quizá hay algunos que no le quieren escuchar en absoluto. No importa. Él tiene que seguir anunciando a Cristo, “con ocasión y sin ella”, y él sabe que siempre es ocasión para anunciar Cristo, que es “Camino, Verdad y Vida”:

 “Sí, soy anciano, dicen que le comentó a Fidel Castro, pero puedo todavía realizar mi deber”. Y lo realiza.

Y con Cristo, anuncia siempre la Verdad de Dios, la Verdad del hombre; el Camino del hombre hacia Dios; la Vida del hombre con Dios.

“La verdad sobre el hombre es un presupuesto ineludible para alcanzar la libertad, pues en ella descubrimos los fundamentos de una ética con la que todos pueden confrontarse, y que contiene formulaciones claras y precisas sobre la vida y la muerte, los deberes y los derechos, el matrimonio, la familia y la sociedad, en definitiva, sobre la dignidad inviolable del ser humano”.

“El cristianismo, al resaltar los valores que sustentan la ética, no impone, sino que propone la invitación de Cristo a conocer la Verdad que hace libres. El creyente está llamado a ofrecerla a sus contemporáneos, como lo hizo el Señor, incluso ante el sombrío presagio del rechazo y de la cruz”.

Con la Verdad de Cristo, Hijo de Dios hecho hombre,  -no un hombre “divinizado” por quienes vivieron con él-, con Quien viviremos estos días el asombroso misterio de su Muerte y de su Resurrección, ha querido recordar también Benedicto XVI en Cuba la fuerza y la dignidad de la familia:

“El misterio de la encarnación, en el que Dios se hace cercano a nosotros, nos muestra también la dignidad incomparable de toda vida humana. Por eso, en su proyecto de amor, desde la creación, Dios ha encomendado a la familia fundada en el matrimonio la altísima misión de ser célula fundamental de la sociedad y verdadera Iglesia doméstica. Con esta certeza, queridos esposos, han de ser, de modo especial para sus hijos, signo real y visible del amor de Cristo por la Iglesia. Cuba tiene necesidad del testimonio de su fidelidad, de su unidad, de su capacidad de acoger la vida humana, especialmente la más indefensa y necesitada”.

Y, como era de esperar, el canto a la Verdad fue unido con el canto a la Libertad, que no deja de anunciar también “con ocasión y sin ella”; y siempre es ocasión.

“Vine aquí como testigo de Jesucristo, convencido de que, donde Él llega, el desaliento deja paso a la esperanza, la bondad despeja incertidumbres y una fuerza vigorosa abre el horizonte a inusitadas y beneficiosas perspectivas. En Su nombre, y como Sucesor del apóstol Pedro, he querido recordar Su mensaje de Salvación”.

Y, lógicamente, no podía concluir sus mensajes sin una solicitud amable a la libertad religiosa:

“El derecho a la libertad religiosa, tanto en su dimensión individual como comunitaria, manifiesta la unidad de la persona humana, que es ciudadano y creyente a la vez (…) Cuando la Iglesia pone de relieve este derecho, no está reclamando privilegio alguno. Pretende sólo ser fiel al mandato de su divino Fundador, consciente de que donde Cristo se hace presente, el hombre crece en humanidad y encuentra su consistencia”.

Quizá el aroma de la Isla llegó también al corazón alemán, universal, cristiano, de Benedicto XVI, que se despidió de los cubanos con estas palabras tan entrañables y familiares:

“¡Hasta siempre, Cuba, tierra embellecida por la presencia materna de María! Que Dios bendiga tus destinos. Muchas gracias”.

                                                           Ernesto Juliá Díaz

                                                           ernesto.julia@gmail.com

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Teología, Ciencia, Sabiduría

Marzo 31, 2012

Teología, Ciencia, Sabiduría

 

Una de las grandes tareas que han desarrollado  los últimos Papas en su misión de transmitir la “inefable profundidad de la Verdad de Dios”, es la de recordar a toda la Iglesia que la Fe y la Razón  han de caminar unidas, respetándose mutuamente y a la vez, abriéndose horizontes la una a la otra.

            “Una recta razón manifiesta los fundamentos de la Fe, e iluminada por la luz de la Fe, avanza en el entendimiento de las cosas divinas. A la vez, la Fe protege a la razón de posibles errores y le abre un gran horizonte de nuevas perspectivas”.

            El documento de la Comisión Teológica Internacional, que ya comentamos en el escrito precedente, vuelve sobre esta cuestión fundamental, en la esperanza de no desvincular la Fe y la Razón; desunión que siempre acaba arrinconando la Fe como un simple sentimiento, una emoción, si acaso una intuición, que sólo se sostiene en la receptibilidad de cada creyente.

            “La verdad de Dios, aceptada por la Fe y en la Fe, encuentra la razón humana.  Creada a imagen y semejanza de Dios, la persona humana es capaz, por la luz de la razón, de penetrar más allá de las apariencias de la realidad y abrirse a la realidad universal”.

            Dios dialoga con su criatura. El abismo entre Dios y su criatura existe y está siempre presente en el misterio que, en cualquier circunstancia, rodeará nuestro conocimiento de Dios hasta que lo veamos “cara a cara”. Este hecho no es un obstáculo; es una invitación al creyente a valerse de todas sus facultades para acercarse al Misterio de Dios.

            “El diálogo entre Fe y Razón, entre teología y filosofía, es exigido no sólo por la Fe sino también por la Razón.”.

            Descubrir, con la razón, las huellas, las señales, de Dios en toda la creación, en la realidad de la naturaleza que se nos presenta como objeto de investigación, de estudio, y nos invita siempre a escudriñarla más y más; es algo al alcance de cualquier razón humana que no establezca, para sí misma y gratuitamente, el principio de que “lo que no comprendo, lo que no veo, lo que no puedo dominar con mis fuerzas, no existe”.

            Ese “pre-juicio” ha diezmado muchas energías a la inteligencia de no pocos pensadores insignes, desde Descartes, Kant y Hume hasta nuestros días; y ha dejado alguna huella también en la mente de los teólogos que no han afrontado adecuadamente la tarea de hacer de la Teología –que trabaja con la Revelación- una verdadera “ciencia de Dios”.

            “La Teología es ciencia de Dios en la medida en que es una participación racional en el conocimiento que Dios tiene de Sí mismo y de todas las cosas”. Y, a la vez, recuerda el documento,  “como ciencia de Dios”, la teología busca entender racional y sistemáticamente la Verdad salvadora de Dios”.

 La Teología  es verdadera “ciencia de la fe”. Y como tal es un verdadero reto, que todos los grandes pensadores cristianos han afrontado con la humildad que requiere una empresa semejante, conscientes de que la razón nunca podrá llegar a “razonar” todas las profundidades del misterio de Dios. Y conscientes, también, de que para que la razón se mueva adecuadamente en estos caminos, necesita recibir la luz que le viene al hombre de la Adoración.

Todos los grandes teólogos han sido grandes y humildes adoradores. Y así recibieron el don de la Sabiduría  

                                                           Ernesto Juliá Díaz

                                                           ernesto.julia@gmail.com

 

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Los cauces del teologizar

Marzo 31, 2012

Los cauces del teologizar

 

Una vez más, desde la Santa Sede, han visto oportuno recordar a los teólogos los cauces del buen teologizar. Y digo “buen teologizar”, porque nadie mejor que un teólogo sabe de la pretensión del intelecto humano de establecer por su cuenta y riesgos esos cauces del buen pensar “a Dios, sobre Dios, de Dios, acerca de Dios”.

            Nadie mejor que un teólogo es consciente de que el “Misterio de Dios revelado en Cristo” es no sólo inagotable en su profundidad, sino, y muy especialmente, inaccesible, en la hondura de su misterio. Aunque el Espíritu Santo derrame en nuestros corazones, y por ende, en nuestras inteligencias, “los infinitos tesoros del amor de Dios”,  la realidad viva de Dios, Uno y Trino es inabarcable a la inteligencia humana. ¿Cómo puede la criatura penetrar la mente del Creador; y no sólo la mente, sino al Creador en su vivir más íntimo?

La Comisión Teológica Internacional ha publicado un documento que quiere ser una luz guía, de ayuda, en el pensar de los teólogos al servicio de la Fe del pueblo de Dios. “Teología Hoy: Perspectivas, Principios y Criterios”. ¿Qué les recuerda?

            Unos puntos de referencia que toda persona ocupada en reflexiones teológicas conoce bien, aunque después, en no pocas ocasiones, sienta la tentación de olvidarlas, y abrir otros cauces. Pasado un tiempo, descubre que esos “otros cauces” son estériles, no le conducen a ningún sitio, si apenas le devuelven al punto de partida.

            Me limito a recordar algunos de los criterios que el documento subraya, quizá para llamar la atención a los intentos de “nuevas teologías posibles” que pululan aquí y allá, y que apenas sirven para dejar de manifiesto la falta de humildad, y de inteligencia de quienes mueren en el intento de querer dominar los insondables misterios de Dios, reduciéndolos a los estrechos límites de sus capacidades mentales.

            El teólogo ha de reconocer la primacía de la Palabra de Dios, que se expresa de muchas maneras: la creación, los profetas y los sabios, la sagrada Escritura y, definitivamente, en la vida, la muerte, la resurrección de Jesucristo, la Palabra hecha carne.

            El documento recuerda que la teología es “ciencia de la Fe” –fe que busca la inteligencia-. La Teología se esfuerza en entender racionalmente –hasta donde es posible- lo que la Iglesia cree, porque cree, y todo “sub specie Dei”. Pretender reducir Dios a los límites de la inteligencia humana, pretender que sólo lo que entendemos es creíble, es construir algo que no es “teología”, “pensamiento de Dios”.

            Una llamada de atención muy particular a la situación actual de la exégesis. El texto recuerda lo que repetidamente viene diciendo Benedicto XVI: “Sólo cuando se unen los dos niveles metodológicos, el histórico-cultural y el teológico, se puede hablar de exégesis teológica, una exégesis digna de ese nombre”.

            Cristo ha nacido en la historia de los hombres; y aquí en la tierra permanece. Fidelidad a la tradición apostólica es un criterio que ningún teólogo puede olvidar. La tradición de la Iglesia es vida, es riqueza de vida “con Cristo, por Cristo, en Cristo”. “Donde no hay verdadera tradición hay plagio”; y no le falta razón a este dicho. El hombre que intenta comenzar de cero la historia siempre plagia; siempre repite los errores del pasado: ni novedad, ni progreso, ni originalidad: simple copia, y cadavérica.

             Y esta tradición lleva consigo, indica el documento: “un estudio de la Escritura, la liturgia, los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia, y la atención a las enseñanzas del Magisterio”.

            Cauces que nunca son ni angostos, ni anticuados; cauces perennes porque suponen siempre un reto a la inteligencia de los teólogos para profundizar, ahondar en los “misterios de Dios”, y porque les ayudan a no perder el contacto vital con Pedro, la única persona, y para toda la Iglesia, que ha recibido el encargo de Cristo de “confirmar en la Fe a sus hermanos”, dentro de los que se incluyen, lógicamente, los teólogos.  

                                                           Ernesto Juliá Díaz

                                                           ernesto.julia@gmail.com

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La escondida vida en la muerte

Marzo 12, 2012

La escondida vida en la muerte

 

El hermano Pedro Manuel cae exhausto sobre la arena de la playa. Su corazón ha dejado de latir. La escondida vida en la muerte se abre camino hacia la eternidad.

            Una tarde de sol, unas horas de luz, un tiempo de descanso, se convierten en tragedia. ¿En tragedia, realmente?

            Uno a uno. Los siete niños que la ola arrastró mar adentro, fueron rescatados por Pedro Manuel. No conozco nada de la vida de este miembro de la Familia Eclesial Hogar de Nazaret, consagrado al cuidado y la atención de niños desamparados. De Chiclana de la Frontera hasta Quinindé, Ecuador. Y desde allí, a la casa del Padre.

            “El hermano Pedro Manuel, a pesar del respeto que solí tener al mar, no dudó en lanzarse al agua diciendo: “tengo que salvar a mis niños” y los fue sacando uno a uno”.

            Una noticia que resiste apenas el paso de unos días en los medios de comunicación, antes de caer completamente en el olvido. Solo en la Escuela-Colegio Sagrada Familia de Nazaret, en un rincón de Ecuador, y en los hogares de sus parientes y amigos de Chiclana de la Frontera, se recordará siempre.

¿Se agota en ese pequeño círculo geográfico la importancia de la noticia? Sin duda; No.

Dar la propia vida por salvar la de siete niños que se perderían para siempre en el océano es una noticia que abre las puertas a la esperanza, a una nueva civilización del amor, y cierra las puertas a cualquier civilización “de la muerte”. Es una de esas noticias que nos recuerdan a todos los cristianos que Cristo está vivo en nosotros, entre nosotros, y que hemos de despertarlo para verlo calmar las tormentas.

En el mensaje de Cuaresma, Benedicto XVI invita a todos los católicos a preocuparse de los demás, con las palabras de la carta a los Hebreos: “Estemos pendientes los unos de los otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras” (10, 24).

Pedro Manuel estuvo pendiente de la misión recibida: cuidar de aquellas criaturas encomendadas a su custodia; y en el cumplimiento de esa tarea ofreció su vida; realizó su gran obra de caridad, que estimulará para siempre la caridad en el espíritu de los niños salvados y de todos nosotros.

Pedro Manuel no midió sus fuerzas; no pensó en sí mismo; y sólo cuando dejó a salvo al último pequeño sobre la arena, se dio cuenta de que sus fuerzas habían llegado al final. Y, sin duda, al verse morir, al verse arrebatado por el amor de Dios, se habrá alegrado en lo más hondo de su alma: ha dado su vida por los demás, por sus amigos, con Cristo.

Y lo ha hecho gratuitamente; como el buen samaritano, que además paga de su bolsillo al dueño de la posada para que cuide al enfermo. La ola del mar asaltó a los niños, y los dejó en trance de muerte. Pedro Manuel arrancó de las manos de la muerte a sus víctimas, y las dejó al cuidado del Hogar de Nazaret.

No pocas personas en la sociedad actual prefieren olvidarse enseguida de estos signos de amor, de generosidad, de fe, de esperanza. Les cuesta aceptar esta grandeza de corazón, la capacidad de amar que puede esconderse en el corazón de un hombre. En definitiva, el miedo que a veces inunda el alma de tantos seres humanos es sencillamente un miedo a amar, a comprometerse con la persona, con las personas amadas, a jugarse la vida a un amor que dura eternamente.

Me vienen a la cabeza estos versos de Quevedo:

Basta ver una vez grande hermosura;

que, una vez vista, eternamente enciende,

y en el alma impresa eternamente dura.

Llama que a la inmortal vida trasciende,

ni teme con el cuerpo sepultura,

ni el tiempo la marchita, ni la ofende.

 

Pedro Manuel vio esa “grande hermosura”; y la “llama inmortal” que ha tascendido su vida, ni muere en el sepulcro, ni se marchita en el tiempo. Vive ya en la eternidad, en Dios.

                                               Ernesto Juliá Díaz

                                               ernesto.julia@gmail.com

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Un joven de 85 años

Marzo 12, 2012

Un joven de 85 años

 

Juan Pablo II se presentó en el Jubileo del año 2000 como “un joven de 80 años”. Benedicto XVI no hará ningún gesto semejante, aunque allá en el fondo de su corazón puede hacer suyas –y con toda propiedad- las palabras de su predecesor, ahora que se acaba de convertir en el sexto Papa más longevo de la historia de la Iglesia.

Rumores de curia, rumores de enfermedad y de proyectos de abdicar;  traiciones de  colaboradores, no sólo alguno de sus más cercanos,  sino también de personas a los que tiene que cesar en sus cargos y encargos de obispos, sacerdotes; rechazos de ofrecimientos de paz y reconciliación que, en su gran corazón, no deja de seguir ofreciendo a rebeldes a la luz del Espíritu; a rebeldes que conocen muy bien el significado,  preciso y completo, de la frase que san Agustín recordó a los donatistas: “fuera de la Iglesia no tenéis salvación”.

El espíritu joven de Benedicto sigue vivo, y todos los cristianos pedimos a Dios que continúe vivo hasta el último suspiro, cuando rezamos al Altísimo para que  custodie y vivifique al Papa, le de la paz y lo haga bienaventurado en la tierra y lo libre de las manos de sus enemigos.

Y Benedicto XVI hombre de Fe, de Esperanza y de Caridad, sabe que el Cielo está verdaderamente empeñado en que siga su misión.

Como hombre de Fe, sigue sembrando ansias de que Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, sea conocido, amado; porque en Él “sucede algo nuevo: Dios habla al hombre de una manera inesperada, con una cercanía única, concreta, llena de amor; Dios se encarna y entra en el mundo del hombre a tomar sobre sí el pecado, para vencer el mal y traer a la persona al mundo de Dios”.

Como hombre de Esperanza, no cesa  de animar a los jóvenes a vivir en unión con Cristo Sacramentado; a los ancianos a transmitir la Fe a sus nietos; a los jóvenes, a vivir castamente y llegar célibes y vírgenes al matrimonio; a ser valientes para responder a las llamadas que reciban de Dios; a las familias para que acojan a los hijos y les formen en la generosidad y en el amor a Dios.

Y da esos “ánimos”, sin dejar de ser consciente del desierto cultural y espiritual que el cristiano puede encontrarse por doquier: “el “desierto” es el aspecto negativo de la realidad que nos rodea: la aridez, la pobreza de palabras de vida y de valores, el secularismo y la cultura materialista, que encierra a la persona en el horizonte mundano del existir, sin ninguna referencia a la trascendencia”. Y sin pesimismo alguno, porque “para la Iglesia de hoy, el tiempo del desierto puede transformarse en un tiempo de gracia, porque tenemos la certeza de que incluso de la roca más dura, Dios puede hacer brotar el agua viva que refresca y restaura”.

Quizá Benedicto XVI no vea la vuelta de Europa a sus fundamentos cristianos. No importa. Esa Europa ya ha muerto, y de las raíces cristianas de los creyentes europeos nacerá otra cultura, otra civilización. Y las conversiones a Cristo en la India, Vietnam, China, Nigeria, Congo, Australia, Francia, España, Rusia…,  seguirán sosteniendo la Esperanza de la Iglesia.

Como hombre de Caridad,  no deja de reclamar el derecho a la libertad religiosa en todos los países del mundo, para que la Iglesia pueda transmitir a todos los hombres el amor de Dios al Mundo. Lo ha recordado desde su primera encíclica:

“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida”. “Mi deseo es insistir sobre algunos elementos fundamentales, para suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino”.

¿Ha conseguido su deseo? Quizá no consiga que la cultura europea vuelva a enriquecer sus razones con la luz de la Fe; quizá no consiga que hasta el último científico admita que Dios está ahí; quizá no veo volver al redil de la Iglesia a cristianos rebeldes y obstinados en sus posiciones, quizá…

Ser joven hasta que el Señor le llame a ser joven eternamente, si lo alcanzará.

                                                           Ernesto Juliá Díaz

                                                           ernesto.julia@gmail.com

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Biografía

Ernesto Juliá Díaz (Ferrol, 1934). Abogado y ordenado sacerdote en 1962, su labor pastoral le ha llevado a distintos países del mundo: Italia, donde ha residido desde 1956 hasta 1992, Australia, Filipinas, Taiwan, Kenya, Nigeria, Estados Unidos, Puerto Rico, Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, Portugal, Suiza. Ha escrito en medios de comunicación italianos y españoles. Colaboró semanalmente en ABC durante ocho años. Ha publicado varios coleccionables en “Mundo Cristiano”. Ha participado en congresos y reuniones de espiritualidad, con profesores de la talla de Giovanni Colombo, Ignacio de la Potterie; Hans Urs von Baltasar, Inos Biffi, José Luis Illanes, Eugenio Corecco, etc. Tiene entre otros libros: Un anhelo de vida y El renacer de cada día. Ensayos y relatos breves además de varios libros de espiritualidad: Reflexiones sobre la Navidad, Cuatro encuentros con Cristo, Con Cristo resucitado. Y algunas ediciones de bolsillo como Josemaría Escrivá: vivencias y recuerdos, Conversiones de un santo, Porque casarse en la Iglesia y Letanías de la Virgen. En el año 2008 publicó también, Confesiones de Judas y La Biblia. Una lectura para cada día del año. En Cobel Ediciones ha publicado recientemente "Anotaciones de un converso. Cronica de un re-encuentro con Dios Padre". "El santo de lo ordinario (san Josemaría Escrivá), "La cita del amanecer. Anotaciones de un cristiano ingenuo". "Pararse a pensar no da dolor de cabeza".

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